Capítulo 4 El primer día
La luz del amanecer se filtró por la única ventana de la cabaña, disolviendo las sombras de una noche interminable. Daniela no había dormido más que un par de horas de forma intermitente, sobresaltada por cada crujido de la madera y por la opresiva conciencia de su situación. Se incorporó lentamente sobre el colchón, hundiéndose en las pesadas mantas de lana que desprendían un aroma rústico a pino y tabaco.
Al mirar hacia la puerta, vio que el suelo estaba vacío. La manta que Andrés había usado para pasar la noche junto al umbral estaba perfectamente doblada sobre la silla de madera. Él ya no estaba allí.
El silencio en el interior era absoluto, pero al aguzar el oído, Daniela percibió el eco sordo de un hacha golpeando madera en el exterior. Con cuidado, se deslizó fuera de la cama. El suelo frío le congeló los pies descalzos, recordándole con crudeza la realidad de su encierro. Caminó hacia la ventana y apartó la cortina de lona.
Afuera, la niebla matutina flotaba densa entre los pinos. Andrés estaba de espaldas, partiendo troncos sobre un tocón de madera. Vestía únicamente una camiseta gris de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros anchos y los músculos esculpidos de su espalda, cruzada por un par de cicatrices pálidas que hablaban de un pasado violento. Cada vez que descargaba el hacha, los tendones de sus brazos se tensaban con una fuerza formidable. Daniela se quedó inmóvil, estudiándolo. Había una precisión letal en sus movimientos, pero también una profunda, casi trágica, melancolía en la forma en que se detenía a contemplar el bosque entre golpe y golpe.
No era un criminal común. Daniela, acostumbrada a desentrañar el comportamiento humano a través de las inconsistencias en los libros contables, sabía que los hombres actúan por dos motivos: ambición o desesperación. En los ojos de Andrés, la noche anterior, solo había visto una desesperación fría, pulida por los años y convertida en un arma táctica.
De pronto, como si sintiera el peso de su mirada a través del cristal, Andrés se detuvo. Clavó el hacha en la madera y giró la cabeza hacia la ventana. Daniela soltó la cortina de golpe, retrocediendo un paso, con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta.
Unos minutos después, la puerta de la cabaña se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire gélido y el aroma fresco de la resina. Andrés entró cargando varios maderos. Sus ojos buscaron a Daniela de inmediato; ella se había refugiado cerca de la chimenea apagada, abrazándose a sí misma con la camiseta gris que le servía de vestido.
Él no dijo una sola palabra. Dejó la leña junto al hogar, se arrodilló y comenzó a disponer los troncos pequeños con rapidez. Sacó un encendedor de su bolsillo y, en pocos segundos, una llama brillante comenzó a lamer la madera, inundando la estancia de un calor reconfortante.
—Hay café en la cafetera italiana sobre la estufa de gas —dijo Andrés, levantándose. Su voz era áspera, ronca por el frío matutino. No la miró a los ojos; mantuvo la vista fija en sus propias manos mientras se sacudía el polvo de la madera—. También hay pan y algo de cecina en la alacena. Come.
—Gracias —respondió Daniela, dando un paso al frente.
Andrés la evitó de inmediato. Dio un rodeo largo por la habitación, recogió su chaqueta táctica y se dirigió a la mesa de madera donde el mapa topográfico seguía extendido. Comenzó a revisarlo, trazando líneas con un lápiz, dándole la espalda por completo.
La evitación era tan obvia que resultaba violenta. Daniela caminó hacia la pequeña cocina integrada. Mientras preparaba su taza de café, continuó estudiándolo en silencio. El espacio cerrado de la cabaña amplificaba cada sonido: el tintineo de la taza, el rasgueo del lápiz de Andrés sobre el papel, el siseo de la leña al quemarse. La tensión entre ambos era una presencia física, un hilo invisible que se tensaba con cada segundo de silencio.
Daniela se sentó en el sofá de cuero, sosteniendo la taza caliente entre sus manos para calentarse. Decidió romper la barrera.
—¿Cuánto tiempo crees que tardarán en darse cuenta de que no soy ella? —preguntó con voz clara.
Andrés se tensó visiblemente, pero no dejó de escribir en el mapa.
—Sandoval es un hombre paranoico —respondió tras un largo silencio—. Si sus hombres vigilaban la zona, sabrán que alguien se llevó a una mujer del sector financiero. Tardará veinticuatro horas en confirmar que su hija está a salvo en su campus universitario o en su penthouse. Para entonces, la policía ya tendrá un reporte de tu desaparición.
—¿Y qué harás cuando el mundo entero sepa que cometiste un error?
Andrés dejó el lápiz sobre la mesa de golpe. El sonido fue seco, como un disparo. Se giró lentamente y la miró. El magnetismo oscuro que Daniela había sentido la noche anterior regresó con la fuerza de un vendaval. Sus ojos oscuros devoraban la figura de la joven, deteniéndose en sus piernas desnudas y en la forma en que el calor de la cabaña hacía que sus mejillas recuperaran un tono rosado y vital. El deseo, reprimido y salvaje, flotaba entre ellos como una corriente eléctrica. Andrés la evitaba porque sabía que la proximidad de esa mujer estaba fracturando su control de hierro.
—Haré lo que sé hacer, Daniela. Adaptarme al terreno —dijo, dando un paso hacia ella, aunque se detuvo a un par de metros, como si cruzara una línea invisible de seguridad—. Tu desaparición va a crear ruido. Sandoval pensará que es un ataque indirecto, una advertencia de sus enemigos políticos. Usaré ese ruido a mi favor.
—Me estás usando como un escudo humano —acusó ella, poniéndose de pie. La taza tembló levemente en sus manos. El drama de su situación la golpeó de nuevo; era una pieza de ajedrez olvidada en una guerra de monstruos.
—Te estoy manteniendo viva —corrigió él, dando un paso más. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Daniela pudiera oler el sudor limpio de su piel y el frío de la montaña que aún emanaba de su ropa—. Si te dejo salir por esa puerta, estás muerta. Si te quedas aquí, obedeciendo mis órdenes, saldrás de esto. Tú decides qué tan difícil quieres que sea este encierro.
Daniela lo miró fijamente, desafiando la intimidación física de su postura. Estaba desesperada, atrapada en una cabaña con su captor, pero al mirarlo a los ojos, no vio la crueldad de un asesino. Vio a un hombre roto, consumido por un fuego interno que también amenazaba con devorarla a ella. Las miradas se sostuvieron, pesadas, cargadas de reproche, miedo y una atracción subterránea tan intensa que el aire pareció escasear en la habitación.
Finalmente, Andrés apartó la vista primero, maldiciendo por lo bajo. Se dio la vuelta, tomó su arma del cinturón y caminó hacia la puerta.
—Saldré a revisar los sensores del perímetro —dijo con brusquedad, sin mirarla—. Cierra el cerrojo por dentro. No abras a nadie que no sea yo.
La puerta se cerró tras él, dejando a Daniela sola con el eco de sus palabras y un deseo prohibido que comenzaba a asustarla más que el propio secuestro.
