Capítulo 5 La historia que no pedí

El crepúsculo cayó sobre la montaña con la rapidez de una guillotina, tiñendo el cielo de un tono violeta espeso que pronto dio paso a la negrura absoluta. En el interior de la cabaña, el fuego de la chimenea era el único testigo del paso de las horas. El calor había estabilizado el ambiente, pero el aire seguía cargado de esa electricidad estática y peligrosa que se intensificaba cada vez que Andrés y Daniela se cruzaban en el reducido espacio.

Andrés no había vuelto a hablar desde su regreso del perímetro. Se había instalado en una esquina de la habitación, limpiando obsesivamente un rifle de precisión de largo alcance. Sus movimientos eran fluidos, casi hipnóticos. Daniela, sentada en el sofá con las piernas cruzadas y envuelta en una manta, simulaba mirar las llamas, pero en realidad sus ojos no se apartaban de él. Lo analizaba como solía analizar las quiebras fraudulentas en su trabajo: buscando la grieta en el sistema, el evento de origen que desata el colapso.

El silencio se volvió insoportable, un muro denso que amenazaba con ahogarla en su propia desesperación.

—¿Por qué lo haces? —preguntó Daniela de repente. Su voz cortó el aire como un cuchillo afilado—. Dijiste que Sandoval destruyó a tu familia. ¿Qué te hizo exactamente para que te convirtieras en esto?

Andrés se congeló. Sus manos, que sostenían el cerrojo del rifle, se detuvieron a medio movimiento. Por un segundo, la cabaña pareció perder varios grados de temperatura. Daniela temió haber cruzado una línea mortal; la mandíbula de Andrés se tensó de tal forma que los músculos de su cuello se marcaron bajo la piel.

—No te concierne, Daniela —respondió él, con una voz tan baja y áspera que pareció surgir del fondo de la tierra.

—Me concierne desde el momento en que me metiste en el maletero de tu auto —replicó ella, poniéndose de pie con valentía, dejando que la manta cayera sobre el sofá. La camiseta gris revelaba el contorno de sus muslos firmes mientras avanzaba dos pasos hacia él—. Estoy atrapada aquí porque buscas venganza. Creo que tengo el derecho humano básico de saber qué clase de monstruo persigues... y en qué clase de monstruo te estás convirtiendo tú.

Andrés se levantó de golpe. Su imponente estatura eclipsó la luz de la chimenea, proyectando una sombra gigantesca sobre Daniela. Dejó el rifle sobre la mesa con un golpe seco y caminó hacia ella. Su proximidad física fue un asalto a los sentidos de la joven: el calor que desprendía su cuerpo, el olor a pólvora y el aroma rústico de su piel la envolvieron por completo. Daniela retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared de madera. Andrés no se detuvo; se plantó a escasos centímetros de ella, apoyando una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de la joven, acorralándola.

—¿Quieres saber? —susurró él, y sus ojos oscuros brillaron con una furia antigua y dolorosa que hizo que a Daniela se le encogiera el corazón—. Quieres la historia que no pediste, contadora. Muy bien. Hace tres años, yo era el jefe de seguridad de un despliegue táctico de la agencia federal. Descubrimos una ruta de lavado de dinero que conectaba a los carteles del sur con los bancos de la capital. El cerebro detrás de todo era Mauricio Sandoval.

Daniela contuvo el aliento. El nombre del hombre resonó en la habitación como una maldición.

—Preparé el informe —continuó Andrés, su rostro tan cerca del de Daniela que ella podía sentir el impacto de su respiración acelerada en sus labios—. Se lo entregué a mi superior directo, un hombre en quien confiaba mi vida. Un hermano de armas. Pero en este juego, todos tienen un precio. Mi superior me traicionó. Le vendió el informe a Sandoval por un par de millones de dólares y mi nombre estaba en la primera página.

La desesperación en la voz de Andrés mutó en algo más oscuro, un dolor tan puro y descarnado que Daniela sintió una punzada de empatía que la horrorizó.

—Sandoval no solo destruyó las pruebas —prosiguió Andrés, y su voz tembló levemente, revelando la grieta en su armadura de hielo—. Quiso enviar un mensaje a cualquiera que intentara rascar su superficie. Una noche, llegué a mi casa. La cerradura no estaba forzada. Entré... y encontré a mi esposa y a mi hija de cinco años en el suelo de la sala. —Él cerró los ojos un instante, y Daniela pudo jurar que vio el reflejo de un infierno entero detrás de sus párpados—. Le habían disparado a quemarropa. Sandoval dejó una nota en la mesa: “Los errores de cálculo se pagan con el capital más valioso”. La agencia encubrió todo como un asalto común. Me dieron una medalla, una baja médica y me pidieron que mirara a otro lado.

Daniela sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, no por miedo a Andrés, sino por el peso insoportable de la tragedia que acababa de escuchar. El drama de su propia situación palidecía ante el horror de esa traición.

—Por eso hago esto —dijo Andrés, abriendo los ojos de nuevo. Su mirada ya no era solo de furia; estaba preñada de un vacío desolador—. Porque no me queda nada. No tengo ley, no tengo futuro, no tengo alma. Solo me queda arrancar el imperio de Sandoval de raíz. Y su hija era el instrumento perfecto.

La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el chisporroteo de la madera quemada. Daniela miró al hombre que la tenía acorralada. Vio al exagente letal, pero también vio al padre roto, al esposo traicionado, al hombre que habitaba un purgatorio de su propia creación.

La distancia entre ellos parecía haberse disuelto. El peligro latente y la vulnerabilidad extrema se fusionaron en el aire, transformando la atmósfera de la cabaña. Daniela respiraba agitadamente, sus pechos subían y bajaban, rozando casi el pecho de Andrés. Un deseo salvaje, irracional y explícito brotó de las cenizas de la historia que acababa de escuchar. Ya no era solo la necesidad de sobrevivir; era una atracción magnética, un magnetismo animal que la empujaba hacia el único pilar sólido en medio de su propio naufragio.

Andrés bajó la mirada hacia los labios de Daniela. El dolor en sus ojos fue sustituido por un hambre voraz, una pulsión primitiva que exigía anestesia contra el sufrimiento. Su mano, que antes estaba apoyada en la pared, bajó lentamente hasta el cuello de Daniela, sus dedos grandes y cálidos rodeando la piel suave, tomándola con una posesividad que la hizo jadear.

—No deberías escuchar estas cosas, Daniela —murmuró él, su voz descendiendo a un tono peligroso y cargado de lujuria—. Te advertí que no querías saber quién era yo.

—Ya es tarde —respondió ella en un susurro, desafiándolo con la mirada, entregándose al magnetismo prohibido que los envolvía a ambos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo