Capítulo 6 El hombre detrás del arma
Los dedos de Andrés continuaban rodeando el cuello de Daniela con una firmeza que no buscaba lastimarla, sino anclarla al suelo en medio de la tormenta que ambos habían desatado. La respiración de la joven chocaba directo contra el pecho de su captor, y cada latido de su corazón resonaba en la madera de la pared a su espalda. Estaban tan cerca que el dolor, la furia y la súbita oleada de lujuria se mezclaban en un aire denso, casi imposible de respirar.
Daniela sostuvo la mirada del exagente. El temblor de sus piernas ya no era producto del pánico al secuestrador, sino de una debilidad biológica y primitiva que la empujaba hacia él. Había descubierto al hombre detrás del arma: un ser devastado por la traición, una máquina de matar que guardaba en su interior el cadáver de un padre y un esposo. Ese conocimiento no la alejaba; por el contrario, la arrastraba hacia un abismo de complicidad irracional.
—Me miras como si me tuvieras lástima —dijo Andrés, con la voz rota por una aspereza salvaje. Su pulgar rozó la línea de la mandíbula de Daniela, una caricia áspera que la hizo jadear—. No me tengas lástima, contadora. Soy el hombre que te metió en una pesadilla.
—No te tengo lástima —respondió Daniela, su voz naciendo desde el fondo de su garganta, cargada de una madurez que lo sorprendió—. Te tengo miedo por lo que eres capaz de hacer, pero entiendo por qué estás muerto por dentro.
El cumplido, o la cruda verdad de sus palabras, rompió el último eslabón del control de Andrés. Aquel hombre que había pasado dos años calculando perímetros, frecuencias de radio y rutas de escape, se vio de pronto desarmado por la mirada limpia y desnuda de una mujer que se suponía era solo un estorbo en su tablero.
Con un gemido sordo que pareció un rugido de dolor y rendición, Andrés acortó la distancia que los separaba. Sus labios se estamparon contra los de Daniela con una ferocidad hambrienta. No fue un beso tierno; fue un asalto cargado de desesperación, el choque violento de dos almas que necesitaban desesperadamente una tregua del infierno.
Daniela abrió la boca con un suspiro ahogado, recibiendo la lengua de Andrés que la invadía con una posesividad absoluta. Sabor a café amargo, a sal de lágrimas viejas y a una hombría rústica que la hizo gemir contra sus labios. Sus manos, que antes empujaban tímidamente los hombros de su captor, se deslizaron hacia arriba, enredándose en el cabello corto y oscuro de Andrés, atrayéndolo más hacia ella, borrando cualquier vestigio de racionalidad.
Andrés la pegó contra la pared. El peso de su cuerpo musculoso la aplastó con una fuerza que, lejos de asustarla, encendió un fuego líquido entre las piernas de Daniela. Las manos enguantadas del exagente bajaron con urgencia, desgarrando casi el tejido fino de la camiseta gris que la cubría. Sus dedos grandes y calientes se enterraron en las nalgas de la joven, levantándola del suelo sin el menor esfuerzo.
Daniela rodeó la cintura de Andrés con sus piernas desnudas, aferrándose a él como si fuera el único cabo suelto que flotaba en un mar de traición. El roce de su intimidad húmeda a través del algodón de sus bragas contra el duro relieve del pantalón táctico de Andrés arrancó un gemido explícito de la boca de ambos. El deseo ya no era una sugerencia; era un dictador implacable.
Andrés caminó tres pasos sin romper el beso, arrastrándola hasta la mesa de madera donde yacían los mapas y las piezas del rifle. De un manotazo violento, arrojó los papeles y los utensilios al suelo, provocando un estrépito metálico que se perdió en el eco del viento exterior. Sentó a Daniela en el borde de la mesa alta, abriendo sus piernas de par en par.
Con movimientos torpes por la urgencia y la lujuria acumulada, Andrés se deshizo de sus guantes y bajó la cremallera de su pantalón. Su hombría, erecta, gruesa y palpitante, quedó al descubierto, buscando el calor que la estancia y el cuerpo de la mujer le prometían. Daniela, con los ojos nublados por el deseo y las mejillas encendidas, se deshizo de su propia ropa interior con un movimiento rápido, arrojando la prenda al suelo.
—Mírame, Daniela —ordenó Andrés, su voz un susurro de mando que la estremeció—. Mírate conmigo. No hay vuelta atrás.
Daniela lo miró a los ojos, fijos y oscuros, encontrando en ellos una promesa de posesión total. Él la tomó por las caderas, acomodó la punta de su miembro en la entrada de su feminidad húmeda y estrecha, y con un solo empuje largo y firme, se hundió por completo dentro de ella.
El impacto hizo que Daniela echara la cabeza hacia atrás, soltando un grito de placer puro que rebotó en las vigas del techo. La penetración fue tan profunda que sintió el choque en el centro de su vientre. Estaba llena de él, estirada al límite por la anatomía imponente del exagente. Andrés se quedó inmóvil por un segundo, conteniendo el aliento, con los ojos cerrados mientras los músculos de su mandíbula se contraían por el esfuerzo de no perder el control de inmediato ante la presión ardiente e increíblemente estrecha de Daniela.
—Dios, Daniela... —gruñó él, comenzando a moverse.
Las embestidas se volvieron rápidas, rítmicas y pesadas. El sonido de la carne chocando con la carne llenó el silencio de la cabaña, un eco carnal y explícito de su rendición mutua. Daniela se aferraba al borde de la mesa de madera, con los dedos enterrándose en las vetas del pino, mientras el cuerpo de Andrés la golpeaba con una cadencia brutal y deliciosa. Cada estocada la llevaba al borde del delirio, haciéndola retorcerse y clavar las uñas en la espalda del hombre, justo encima de las cicatrices que ahora cobraban un sentido trágico.
La desesperación de sus vidas se convirtió en el combustible de su orgasmo. Andrés la tomaba con la furia de quien sabe que no tiene mañana, y Daniela se entregaba con la pasión de quien ha descubierto que el monstruo que la custodia es el único que puede mantenerla viva.
El clímax los alcanzó casi al mismo tiempo. Daniela sintió una oleada de calor interno que contrajo sus músculos vaginales en espasmos violentos y repetidos, arrancándole espasmos de placer que la hicieron llorar de puro éxtasis. Al sentir la contracción salvaje de la joven, Andrés emitió un rugido ronco y profundo, hundiéndose una última vez hasta el fondo, donde vertió su semilla con chorros calientes que inundaron el interior de Daniela.
Se quedaron así durante minutos, unidos por la carne y el sudor, con los pechos subiendo y bajando en una respiración agitada. La lámpara de gas seguía parpadeando, pero el mundo exterior ya no importaba. En esa mesa de madera, entre mapas descartados y armas de fuego, la contadora y el exagente habían firmado un pacto implícito de sangre y deseo.
