Capítulo 7 Primer roce
El eco del clímax se disolvió en la penumbra de la cabaña, dejando tras de sí un silencio denso, casi sagrado, que pesaba más que la tormenta exterior. Andrés se apartó lentamente, con los hombros caídos y la respiración aún entrecortada. El fuego de la chimenea proyectaba destellos anaranjados sobre su torso sudoroso, marcando cada relieve de su musculatura. Se subió los pantalones en silencio, dándole la espalda a Daniela en un gesto que destilaba una culpa inmediata, una traición a sus propios votos de frialdad absoluta.
Daniela permaneció sentada en el borde de la mesa de madera, con las piernas colgando y la camiseta gris cubriéndola apenas. Sentía el flujo cálido de él escurriendo entre sus muslos, un recordatorio físico y explícito de la rendición irracional que acababa de ocurrir. La desesperación mutua los había empujado al abismo, pero la realidad regresaba a paso firme, trayendo consigo las preguntas que ninguno de los dos quería responder.
Cuando Andrés intentó dar un paso hacia el arcón de las armas, un leve tropiezo lo traicionó. Soltó un gruñido sordo, un sonido de dolor contenido que no pasó desapercibido para los oídos atentos de Daniela.
—Estás herido —dijo ella, con la voz rota, áspera por los gemidos recientes.
—No es nada —respondió él con brusquedad, sin girarse.
—No me mientas. Te he visto moverte todo el día como si cargaras un peso muerto en el flanco izquierdo. Y ahora... —Daniela bajó de la mesa. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío. Caminó hacia él, ignorando la tensión que volvía a erigir barreras invisibles entre sus cuerpos.
Al ponerse frente a él, obligándolo a mirarla, Daniela bajó la vista hacia su costado. La camiseta táctica de tirantes que vestía Andrés estaba rasgada cerca de la costura lateral, y una mancha oscura y húmeda comenzaba a extenderse sobre el tejido gris. Durante el violento forcejeo en el coche o al cargar la leña, una vieja herida mal curada se había abierto.
—Siéntate —ordenó Daniela. No usó el tono de una prisionera sumisa, sino el de una mujer que tomaba el control de la situación.
Andrés la miró con una mezcla de fastidio y una vulnerabilidad que intentó enmascarar con desdén. Sin embargo, el cansancio acumulado de dos años de fuga y la descarga de adrenalina de los últimos minutos vencieron su resistencia. Se dejó caer pesadamente en la silla de madera junto a la mesa.
Daniela buscó el botiquín de primeros auxilios que había visto en el estante superior de la cocina rústica. Al regresar con la caja metálica, se arrodilló entre las piernas de Andrés. La proximidad volvió a encender un magnetismo animal, pero esta vez estaba desprovisto de la furia carnal de antes; era algo más íntimo, más peligroso para sus mentes racionales.
—Quítate la camiseta —pidió ella en un susurro.
Andrés obedeció con movimientos lentos. Al deslizar la prenda hacia arriba, el drama de su cuerpo quedó expuesto por completo a la luz de la lámpara de gas. No solo eran las cicatrices de bala y metralla en su espalda; en el costado izquierdo, justo sobre las costillas falsas, lucía un corte longitudinal, una línea de carne viva que supuraba una mezcla de sangre fresca y plasma. Era el rastro de un roce de bala reciente, probablemente de su último escape antes de dar con ella.
Daniela abrió el botiquín. Sacó un frasco de alcohol isopropílico, gasas estériles y una pinza metálica. Cuando vertió un chorro de antiséptico sobre la gasa, levantó la mirada hacia los ojos de Andrés. Él la observaba fijamente, con las pupilas dilatadas y la mandíbula apretada, preparándose para el dolor.
Al acercar la gasa a la piel abierta, las manos de Daniela comenzaron a temblar violentamente.
No era un temblor de miedo al hombre que tenía enfrente. Era el impacto retrasado de todo lo que estaba viviendo: el secuestro por error, la traición de su rutina segura, la revelación del pasado trágico de Andrés y el sexo explícito y salvaje que acababa de consumir en esa misma habitación. El peso de la realidad se concentró en la punta de sus dedos. Si sus manos fallaban, si mostraba debilidad, sentía que se rompería en mil pedazos.
—Te tiemblan las manos, contadora —murmuró Andrés, su voz descendiendo a un tono grave que vibró en el pecho de Daniela.
—Cállate y déjame trabajar —respondió ella, intentando estabilizar el pulso.
Andrés, en un movimiento imprevisto, extendió sus grandes manos y rodeó las muñecas de Daniela. Sus dedos curtidos y cálidos ejercieron una presión firme pero increíblemente suave, deteniendo el temblor de la joven de golpe. El contacto envió una descarga eléctrica directo a la pelvis de Daniela, haciendo que sus pezones se endurecieran de inmediato bajo la fina tela de la camiseta. El deseo no había muerto con el clímax; seguía latente, mutando en una necesidad de contacto humano absoluto.
—Hazlo —dijo él, mirándola con una intensidad que le robó el aire—. Puedo soportar el dolor. He soportado cosas peores.
Daniela asintió, tragando saliva. Con las muñecas sostenidas por la firmeza de Andrés, presionó la gasa empapada en alcohol sobre la herida abierta.
Andrés contuvo el aliento con un siseo sordo. Los músculos de su abdomen se contrajeron de forma violenta, volviéndose tan duros como el hormigón bajo los dedos de Daniela. Una gota de sudor frío rodó por la sien del exagente, pero no se movió ni un milímetro. Mantuvo sus ojos clavados en los de ella, compartiendo el sufrimiento físico como antes habían compartido la lujuria.
Con cuidado y una paciencia que no sabía que poseía, Daniela limpió la sangre, retiró los restos de tejido muerto con las pinzas y aplicó una pomada antibiótica. Cada roce de sus dedos sobre la piel caliente de Andrés se sentía como una caricia prohibida. El contraste entre la piel rústica del guerrero y las manos suaves de la contadora creaba una fricción mental que desgastaba la cordura de ambos.
Finalmente, colocó un vendaje limpio, asegurándolo con cinta adhesiva médica. Al terminar, Daniela no se apartó de inmediato. Dejó reposar la palma de su mano derecha sobre el pecho de Andrés, justo encima de los latidos acelerados de su corazón.
—Gracias —dijo Andrés. Las palabras parecieron costarle un esfuerzo sobrehumano, como si el agradecimiento fuera un idioma que ya no recordaba cómo hablar.
—No lo hagas por mí —respondió Daniela, levantando la vista para encontrar sus labios a escasos centímetros de los suyos—. Lo hago porque si te mueres desangrado en esta cabaña, yo me quedo sola en medio de la nada. Te necesito vivo, Andrés. Aunque me cueste la cordura.
Andrés soltó las muñecas de ella, pero solo para subir sus manos hasta el rostro de Daniela, acunando sus mejillas con una devoción inesperada que contrastaba con la violencia de su primer encuentro. El drama de su alianza forzada quedaba sellado. Ya no eran captor y rehén; eran dos náufragos aferrados a la misma balsa, listos para hundirse o salvarse juntos.
