Capítulo 6 No perturbes su descanso

—¿Nicholas tiene un tumor cerebral? ¡Cómo es posible que no lo supiera! —Diana apretó con más fuerza la mano de Mike—. Scott, no puedes hablar en serio.

Tenía las manos heladas y temblaba sin control.

Ni en su vida pasada ni en esta había sabido que Nicholas estaba enfermo. 

Alguien en su posición contaba con los mejores médicos privados y se hacía chequeos anuales; ¿cómo pudo pasar desapercibido algo así? 

¡Maldita sea! Él siempre la arrastraba a citas médicas que ella detestaba, y ella armaba un berrinche cada vez.

¿Por qué no se había cuidado a sí mismo?

Scott notó su pánico, miró a Nicholas inconsciente y su voz se volvió sombría.

—Lo descubrimos hace tres años, justo en la época en que empezaste a...

No terminó la frase, pero Diana ató cabos al instante.

Cuando se había enamorado de Derek.

Recién llegada a la universidad, Derek la había cautivado por completo. No era el típico chico guapo, pero había algo magnético en su intensidad melancólica, como si estuviera por encima de todo. Además, no dejaban de encontrarse en todas partes.

Con Mandy moviendo los hilos desde las sombras, Diana había caído rendida rápidamente. Se había hecho aquella ridícula permanente, se había transformado en una especie de personaje de anime e incluso se había aplicado bronceado artificial; cualquier cosa con tal de llamar la atención de Derek y convencerlo de que eran almas gemelas.

Los recuerdos le revolvieron el estómago.

—¿Por qué no lo operaron? Después de tres años, tiene que ser benigno, ¿verdad?

—Lo es, pero está en una mala posición —los hombros de Scott cayeron—. En el lóbulo frontal. Es un tumor pequeño, pero está presionando los nervios. ¿Seguro notaste su cambio de personalidad en esa época?

Diana se quedó paralizada.

Apenas podía recordar al antiguo Nicholas.

Alguna vez, había sido un chico amable y refinado al que se le iluminaba el rostro cada vez que la veía; era todo calidez y ternura.

¿Cuándo se había vuelto tan inestable? ¿Tan intimidante que la gente cruzaba la calle para evitarlo?

Justo en la época en que ella se había obsesionado por completo con el cosplay.

Pero había estado demasiado ocupada guardándole rencor, odiando cómo intentaba impedirle usar esos atuendos, ir a eventos o juntarse con su nuevo grupo de amigos. Nunca se dio cuenta de que él se estaba desmoronando.

Las clases de biología de la secundaria le volvieron a la mente de golpe: los daños en el lóbulo frontal afectaban el juicio, el control emocional y la regulación de los impulsos. Si algo estaba creciendo ahí, la transformación de Nicholas de repente cobraba un sentido terrible.

Al darse cuenta de lo ciega que había estado, demasiado absorta en Derek como para importarle algo más, Diana sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

Scott la vio derrumbarse y se apresuró a tranquilizarla.

—Hay un nuevo medicamento que puede frenar el crecimiento y reducir los desmayos. El médico lo está trayendo ahora mismo.

—¿Alguien lo ha presionado para que se opere? —Diana se acercó a la cama y le aferró la mano mientras sus lágrimas caían sobre la piel de él.

Scott sintió un destello de esperanza. 

Si Nicholas despertara y viera a Diana llorando por él, estaría en las nubes.

Pero la realidad de la situación aplastó su optimismo.

—Es demasiado arriesgado en esa zona. Con la empresa expandiéndose a un ritmo frenético, no quiere arriesgarse a quedar fuera de combate.

—¡Idiota testarudo! —Diana levantó la mano para darle un manotazo, pero se conformó con pellizcarle la mejilla—. ¿Qué importa más, seguir vivo o cerrar negocios?

El médico de la familia regresó, ya completamente imperturbable ante el aspecto de Diana.

Tras administrarle la inyección, todos suspiraron de alivio.

—¿Hay alguna manera de curar esto por completo? —preguntó Diana con cautela.

—La cirugía es la mejor opción —dijo el médico con naturalidad—. A su edad, la recuperación sería óptima. En teoría, también está la acupuntura.

—¿La acupuntura de verdad funciona? —se animó Diana.

El médico aún parecía desconcertado por su maquillaje.

—En teoría, sí, pero necesitarían a un experto. He oído que la antigua familia York tenía técnicas de ese tipo, pero esos secretos probablemente se perdieron hace generaciones.

¿La familia York?

Diana tomó nota mental de ello sin decir nada.

Si podían evitar la cirugía por completo, valía la pena investigarlo.

Nicholas estaría inconsciente por un buen rato, así que Diana se escapó al baño.

La pasión del día anterior había dejado marcas por todo su cuerpo, y le dolía todo. Pensar en la... impresionante anatomía de Nicholas hizo que el rostro le ardiera de vergüenza.

Pero esta vez había sido diferente. Tal vez porque realmente había participado en lugar de limitarse a soportarlo, la experiencia había resultado... sorprendentemente buena.

Diana se sumergió en la bañera de agua caliente, intentando desesperadamente no repasar cada detalle de su encuentro en el auto.

El maquillaje teatral de Mandy se disolvió con facilidad en el agua caliente. Tras enjuagarse varias veces, apareció el verdadero rostro de Diana.

La mujer que le devolvía la mirada desde el espejo no se parecía en nada al espanto de esa mañana.

Piel impecable, proporciones perfectas, facciones delicadas enmarcadas por un cabello brillante que le caía hasta la cintura; una belleza pura y etérea.

En su primer año de universidad, la habían coronado como la diosa indiscutible del campus: rostro inocente y un cuerpo de infarto.

Lástima que nunca hubiera sabido apreciar lo que tenía, permitiendo que Mandy la convenciera de ocultarlo todo bajo capas de disfraces y personajes.

Diana se secó rápidamente por miedo a despertar a Nicholas. Apenas se frotó el cabello con la toalla; no pensaba arriesgarse a encender el secador.

El vestidor era un santuario dedicado a cada fase de la evolución de su estilo.

Nicholas lo había llenado con cualquier cosa por la que ella hubiera mostrado interés alguna vez, incluso los trajes de cosplay que había rechazado.

Tanta atención a los detalles hizo que se le oprimiera el pecho.

Tomó un sencillo vestido de verano blanco y apenas había terminado de ponérselo cuando unas voces resonaron desde el pasillo.

—¿Nicholas? ¡Eh, Nicholas! ¿Desde cuándo duermes la siesta a mitad del día? —Henry Montague irrumpió por la puerta—. ¿Qué estás...? ¡Dios santo!

Henry se quedó boquiabierto.

La visión que tenía ante sí parecía sacada de una revista: ojos luminosos, sonrisa perfecta y un cabello sedoso que caía en cascada sobre unos hombros delicados. Un verdadero ángel.

¿Acaso Nicholas por fin se había deshecho de aquella pesadilla y había ascendido al cielo?

Antes de que pudiera procesarlo, Diana lo empujó de vuelta al pasillo y cerró la puerta con firmeza.

—Hola, preciosa. Soy amigo de Nicholas; necesito verlo para hablar de un asunto.

Toda la actitud de Henry había cambiado al modo de galán seductor.

Estaba tan embelesado con la hermosa desconocida que pasó por alto las expresiones horrorizadas del personal.

Diana lo miró con incredulidad.

Ese era el mismo Henry que normalmente la trataba como si fuera basura pegada en su zapato. ¿Qué le pasaba hoy?

Pero como Nicholas seguía inconsciente, lo empujó hacia las escaleras.

—Necesita descansar. Vuelve más tarde.

Henry parpadeó, con una duda rondándole la cabeza.

¿Por qué le resultaba tan familiar la voz de esa chica?

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