Capítulo 1 No fue un accidente
Si alguien me hubiera dicho hace un año que terminaría caminando por un campus ridículamente enorme al otro lado del continente, arrastrando dos maletas que parecían pesar más que mi estabilidad emocional y una mochila contra mi espalda que parecía albergar lo poco que quedaba de mi paciencia en todo ese largo viaje probablemente me habría reído en su cara y aun así, ahí estaba frente a Novera University.
Respiraba el aire frío por primera vez en mi vida de finales de invierno mientras intentaba no perder la poca dignidad que me quedaba después de casi diecisiete horas entre vuelos, escalas y él café horrible de aeropuerto.
Mis dedos estaban congelados alrededor del mango de la maleta cuando levanté la vista hacia el enorme arco de entrada del campus como si ya su tamaño no fuera suficiente.
Las letras doradas brillaban bajo el cielo grisáceo de Massachusetts, rodeadas de edificios antiguos cubiertos parcialmente por enredaderas y árboles enormes que parecían sacados de una película universitaria pretenciosa.
Todo se veía demasiado perfecto, demasiado limpio, demasiado caro y yo me veía como alguien que claramente necesitaba dormir durante tres días seguidos.
El teléfono vibró en mi mano justo a tiempo, allí había un mensaje de Camila así que sonreí apenas.
Abrí el chat mientras seguía caminando.
Camila:
¿Ya llegaste?
Yo:
Estoy oficialmente congelándome viva.
La respuesta llegó casi al instante.
Camila:
Bienvenida a Massachusetts, bebé.
Rodé los ojos al instante intentando no reírme.
Había conocido a Camila Rivas meses atrás en el foro estudiantil de Novera cuando ambas buscábamos información sobre Elaris Hall.
Ella ya llevaba medio año viviendo en el campus por un programa previo y, honestamente, era la única razón por la que no estaba entrando en pánico absoluto, bueno, la principal razón, porque la otra seguía resonando en mi cabeza con la voz exacta de mi madre.
— “Respira antes de responder, Valeria.”
Suspiré, sí, eso también.
Mi madre llevaba dieciocho años intentando evitar que mi problema con la verborrea me metiera en problemas graves sin éxito alguno, claramente.
Todavía podía verla unas horas atrás en el Aeropuerto Internacional de Las Américas acomodándome el cuello de la chaqueta como si yo todavía tuviera diez años.
— Vas a estar bien — había dicho mi padrastro Esteban mientras sostenía uno de mis equipajes.
— Claro que va a estar bien — contestó mi madre inmediatamente. — Mi preocupación no es ella, mi preocupación es la gente que se cruce con ella cuando se moleste.
— ¡Mamá!
— Valeria escúchame bien, debes de respira antes de hablar te lo estoy diciendo en serio.
— No conviertas el campus en un campo de guerra — añadió mi padrastro entre risas.
Mi madre le dio un golpe en el brazo y justo yo había rodado los ojos.
— No soy tan mala.
Ambos me miraron exactamente igual y honestamente eso fue ofensivo aunque no incorrecto porque cuando me molestaba mi cerebro dejaba de filtrar absolutamente todo y las palabras simplemente salían directas, afiladas y sin misericordia.
El teléfono volvió a vibrar.
Camila:
¿Ya entraste al campus?
Yo:
Sí, y creo que accidentalmente elegí una universidad para millonarios emocionalmente inestables.
Ella reaccionó con siete emojis de risa y seguí caminando entre estudiantes moviéndose de un lado a otro, por donde quiera habían cajas, maletas, padres llorando, grupos riendo, parejas besándose como si fueran protagonistas de Netflix.
Era un desastre elegante, sí, así podía definir a Novera.
El viento movió mi cabello mientras buscaba el mapa del campus en el celular y justo me di cuenta de que la Residencia de Elaris Hall quedaba al otro lado.
Perfecto.
Porque aparentemente el sufrimiento físico era obligatorio para entrar aquí así que apreté el paso y fue exactamente ahí cuando ocurrió.
Choqué brutalmente contra alguien y el impacto fue tan fuerte que una de mis maletas se inclinó peligrosamente hacia un lado.
— ¡Mierda!
Levanté la vista automáticamente y por un segundo mi cerebro dejó de funcionar correctamente.
Era un chico alto, demasiado alto, trigueño claro, cabello oscuro desordenado, sudadera negra, mandíbula absurdamente marcada y unos ojos marrón oscuro que parecían permanentemente irritados con la existencia humana.
El desconocido apenas me miró y ni siquiera intentó de ayudarme con la maleta, ni dijo un “lo siento,” no hizo absolutamente nada y simplemente siguió caminando.
Parpadeé una vez, dos a lo mucho.
¡Ah!
No.
No, no, no.
Era un hecho, lo poco de control que me quedaba se me fue por el caño porque el cansancio no me había quitado la dignidad todavía.
— ¿Perdón? — solté, girándome hacia él.
El chico se detuvo apenas, breve y apenas lo justo para mirarme por encima del hombro.
— ¿Qué?
Por lo cielos, ese tono seco y molesto como si yo estuviera interrumpiendo algo importante.
Cuando lo escuche sentí algo dentro de mí activarse instantáneamente y ese pequeño interruptor mental que mi madre llevaba años intentando desactivar con su frase de “respira antes de hablar, Valeria” sí, ese mismo se desconecto con un clic.
— ¿Qué “qué”? — repetí — ¿Nunca te enseñaron a disculparte después de atropellar personas o es un defecto de fábrica?
Alrededor nuestro el ruido pareció bajar apenas, varias personas miraron y el chico también lo notó porque sus ojos volvieron lentamente hacia mí ahora sí completamente y justo había algo peligrosamente intenso en la forma en que me observaba como si estuviera evaluándome.
— ¿Idiota? — repitió lentamente.
— Sí, idiota. Lo escuchaste bastante claro en realidad. Felicidades.
Escuché a alguien murmurar — mierda…
Y aun así eso no me alerto porque yo ya estaba demasiado irritada para detenerme.
El desconocido soltó una risa seca no divertida de esas que vienen antes de un problema.
— Tú chocaste conmigo.
— Porque vienes caminando como si fueras dueño del campus.
— Tal vez lo soy.
— Entonces deberían reconsiderar el sistema administrativo de esta universidad.
Un par de estudiantes se quedaron mirándonos abiertamente ahora y fue ahí cuando noté algo curioso.
La tensión rara alrededor de él como si nadie esperara que alguien le hablara así.
El chico dio un paso hacia mí y de la nada todo pareció empeorar porque de repente había quedado absurdamente cerca de mí.
— ¿Siempre hablas tanto? — preguntó.
— ¿Siempre eres tan imbécil?
Sus ojos oscuros bajaron apenas hacia mis labios antes de volver a mirarme y si, todo gritaba error.
Mi corazón hizo algo extraño dio un vuelco y eso me irritó todavía más.
— Primer día en Novera y ya estás insultando personas — dijo.
— Primer día en Novera y ya conocí al rey de los idiotas, de hecho sí supongo vamos bastante bien.
Esta vez sí escuché algunas risas alrededor así que el chico pasó la lengua por el interior de su mejilla evidentemente molesto, definitivamente molesto y extrañamente eso me dio satisfacción hasta que alguien apareció detrás de él.
— Vega ¿Vas a venir o qué?
