Capítulo 4 Debajo de la superficie

_ Adrián Vega _

La mayoría de las personas creen que ser capitán del equipo de fútbol de Novera University debe sentirse como tener el poder, así que la respuesta debería de ser simple pero la verdad no lo es.

La razón es igual de simple el poder implica libertad y yo no tenía ninguna.

Tengo veinte años, estudio Administración Deportiva porque era la carrera que más sentido tenía y era la única cosa que parecía poder definir toda mi vida, “el fútbol.”

— ¡Vega!

La voz del entrenador Reynolds atravesó todo el campo mientras el balón golpeaba el césped húmedo frente a mí.

Massachusetts estaba ridículamente frío incluso para ser septiembre y, honestamente, odiaba entrenar a las seis de la mañana, pero aparentemente el sufrimiento físico construía carácter o alguna otra estupidez motivacional que los entrenadores repetían desde hacía décadas.

Levanté la vista al escucharlo — ¿Qué?

Reynolds me observó con esa expresión permanente de hombre que probablemente había perdido años de vida intentando controlar universitarios hormonalmente inestables.

— ¿Quieres concentrarte o quieres seguir destruyendo psicológicamente a tus compañeros?

Miré hacia la izquierda, allí estaba Tyler quien seguía en el suelo después de la entrada que le había hecho hacia apenas unos segundos antes.

— ¡Ups!

Noah soltó una carcajada desde el otro extremo del campo — creo que eso responde la pregunta.

Le levanté el dedo medio sin siquiera mirarlo y Reynolds suspiró.

— Cinco minutos, Vega.

— Estoy perfectamente bien.

— Precisamente eso me preocupa.

Las risas no tardaron en aparecer alrededor del campo así que rodé los ojos y me alejé unos metros mientras el entrenamiento continuaba.

El aire frío me golpeó el rostro, perfecto, era molesto pero tal vez así dejaba de sobre pensar aunque sea un rato quizás porque llevaba casi dos días intentando sacar cierta imagen de mi cabeza y claramente mi cerebro había decidido sabotearme.

Cabello oscuro moviéndose con el viento, mirada desafiante y esa respuesta de — "¿Nunca te enseñaron a disculparte o viniste con un defecto de fábrica?"

Solté una risa para mí mismo ante la incredulidad — increíble.

De todas las personas posibles en este campus la única que había decidido insultarme en menos de treinta segundos era exactamente la misma, que ahora no podía sacar de mi cabeza.

— ¡Oh, no!

Noah apareció a mi lado con una botella de agua evidentemente dispuesto a molestar — tienes esa cara otra vez.

— ¿Qué cara?

— La cara de "estoy emocionalmente irritado y voy a arruinarle el día a alguien".

Tomé la botella sin responder.

— Entonces definitivamente estás pensando en la chica nueva.

Le lancé una mirada asesina — no estoy pensando en ella.

Noah sonrió inmediatamente — eso no sonó convincente ni para Dios.

Lo ignoré porque el imbécil tenía razón y eso era exactamente lo que más me molestaba.

Normalmente la gente reaccionaba igual cuando me veía, intentaban agradarme, me evitaban o fingían que yo no existía para no buscarse problemas pero Valeria había hecho exactamente lo contrario, ella me miró como si yo fuera simplemente otro idiota ocupando espacio en el planeta, sin impresionarse, sin miedo, sin intentar caerme bien y para empeorar las cosas, estaba realmente molesta.

— ¿Sabes qué es lo más divertido? — preguntó Noah.

— No me interesa.

— Que te gustó.

Lo miré — ¿Quieres sobrevivir esta temporada o quieres firmar tu acta de defunción hoy mismo?

— Definitivamente te gustó.

Solté una risa seca — me llamó idiota.

— Y llevas al menos veinticuatro horas pensando en eso.

Buen punto y sí, odiaba que tuviera buen punto.

El entrenador volvió a gritar desde el otro lado del campo, Noah terminó alejándose entre risas y una vez se alejo me revolví el cabello mientras observaba los edificios a la distancia.

Novera parecía perfecta desde ahí arriba, demasiado perfecto y eso era precisamente lo más falso de este lugar porque debajo de toda esa arquitectura elegante habían demasiadas personas intentando no romperse, incluyéndome.

Mi historia tampoco era tan sencilla como la gente imaginaba, mi madre siempre decía que tenía el temperamento caribeño fuerte heredado de su parte, mientras mi padre insistía en que había heredado la cabeza dura de los españoles, sí, soy mitad y mitad pero yo solo sabía que durante mis primeros diez años viví con una maleta medio hecha la mitad del tiempo.

Madrid, Santo Domingo, Madrid otra vez y después Estados Unidos y desde que nos establecimos en San Diego nunca volvimos a movernos, al menos no oficialmente.

Ellos seguían viviendo allí a casi cinco mil kilómetros de Massachusetts mientras yo en cambio llevaba dos años en Novera lo suficientemente lejos como para aprender a vivir solo pero no tan lejos como para escapar de las expectativas de mi padre porque esas viajaban mejor que cualquier avión.

Todo el mundo asumía que mi vida era perfecta siendo capitán del equipo, teniendo una beca completa, haciendo campañas publicitarias para la universidad, asumían que como me veían que era el chico que aparecía en las pantallas del estadio todo estaba bien pero la realidad era bastante menos cinematográfica.

Mi padre llevaba tres semanas sin llamarme y mi madre seguía fingiendo que todo estaba perfecto incluso cuando era evidente que no y yo hacía años que sentía que si dejaba de jugar fútbol, probablemente descubriría que no sabía hacer absolutamente nada más.

El teléfono sonó a un costado sobre la banca en mi bulto personal y sí, allí estaba el nombre que no quería ver, papá.

— Perfecto.

Contesté al tercer tono — ¿Qué?

— Qué agradable hijo eres.

— ¿Necesitabas algo?

Hubo un pequeño silencio y como por obra del destino insistió — tu entrenador me llamó.

Claro, porque incluso viviendo al otro lado del país seguía encontrando formas de controlar mi vida.

— ¿Y?

— Dice que estás más agresivo de lo normal.

Solté una risa seca — ¿Eso era todo?

— Adrián.

— Estoy entrenando.

— Lo que no tienes es disciplina emocional.

Ahí estaba justo su frase favorita como si las emociones fueran otro músculo que pudiera entrenarse así que apreté la mandíbula — ¿Terminaste?

— No me hables así.

— Entonces deja de llamarme solo para recordarme que todo lo que hago está mal.

El silencio volvió pesado, incómodo y demasiado familiar.

— Tu beca depende de tu rendimiento.

No de mí, lo dijo claro, de mi rendimiento y siempre era eso porque yo para el no importaba porque a él solo le interesaba lo que pudiera producir.

— Ya lo sé.

Colgué antes de escuchar otra palabra, guardé el teléfono y cerré los ojos unos segundos, el viento atravesó la sudadera húmeda y como si mi cabeza quisiera burlarse de mí, volvió exactamente al mismo lugar, a Valeria justo a su expresión cuando me llamó idiota, la seguridad con la que sostuvo mi mirada, la forma en que discutía absolutamente sobre todo porque ella era desesperante y al mismo tiempo era probablemente la primera persona en mucho tiempo que parecía interesada en enfrentarme antes que impresionarme.

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