Capítulo 5 Capítulo 5

¿Por qué me toma? No soy una de las tantas mujeres que se arrastran por él solo por su dinero o su apariencia de semidiós griego. Porque sí, es un hombre hermoso, pero con solo abrir la boca arruina todo lo que su impresionante aspecto muestra. 

—No sucederá, pero ten presente que esta es la peor inversión que has hecho en toda tu vida. Si mi vida se convierte en un infierno peor del que ya me pertenece, ten por seguro que haré de la tuya uno mucho peor. 

Firmo el acta, con un nudo en la garganta. 

Por dos años, seré la Señora Harrington. Oficialmente estoy casada con mi trauma de la infancia. 

—Felicidades, señor y señora Harrington.

El juez estrecha la mano con Alexander y los hombres que nos acompañan.

Nora, la madre de Alexander y.. ahora mi suegra, se ve afligida. Al parecer, no tenía idea de que esto pasaría, en cambio su esposo, actúa con naturalidad.

El apellido y la “Señora” hacen eco en mi mente.

Señora Harrington... qué asco. Me llamo Bárbara Caparano, tengo 22 años y juro que no les haré la vida tan sencilla a estos bastardos.

Alexander toma mi mano y rápidamente me arrastra sin delicadeza por la mansión. Al salir, nos detenemos frente a un automóvil. Sube primero y me fulmina con la mirada por tardarme en subir.

El vestido está ajustado y limita mis movimientos. Pero claro, a él no le importa.

Cuatro camionetas con hombres de traje oscuro nos siguen por la carretera, sin que yo tenga idea de a dónde demonios me llevan.

¿Qué pasó con todas esas personas en la mansión? La verdad, no me importa. Ninguno de ellos me quería ahí, solo celebran los millones de libras que recibieron esta tarde.

Alexander no me ha echado ni una mirada ni tampoco me dice una sola palabra en todo el camino. Una hora después, baja del vehículo cuando nos detenemos frente a una lujosa propiedad. Yo, al menos, espero que por cortesía me ayude a bajar, ya que el vestido es incómodo y pesado.

No lo hace.

Se adentra en una mansión aún más grande que la de mi familia y cierra la puerta con tanta fuerza que el ruido me hace dar un pequeño salto en el asiento.

Me quedo quieta, inmóvil, sin tener la menor idea de qué hacer. Pasan unos segundos y, finalmente, uno de sus hombres se acerca. Viste un traje a medida que parece robado de una pasarela de Armani, pero su mirada intensa, casi amenazante, le arruina el glamour. Abre la puerta con una cortesía tan pulida que me desconcierta y me tiende la mano con elegancia.

—La ayudo, señora.

El contraste me descoloca. Afuera, todo parece sacado de un maldito cuento de hadas: jardines interminables, perfectamente cuidados, salpicados de flores rojas que estallan por todos lados. Un paraíso en el infierno. Hermoso, sí, pero a estas alturas, ¿a quién le importa el aspecto de mi prisión?

—Gracias, lo aprecio. —Respondo tomando la mano del modelo siniestro que hace de seguridad o matón, no lo tengo claro aún.

—Permítame acompañarla a su habitación, señora Harrington.

Otra vez esa palabra.

—Solo llámame Bárbara, sin formalidades. No me digas señora, mucho menos uses en mí el asqueroso apellido de tu jefe.

El hombre niega con la cabeza y, cuando iba a decir algo, lo corto levantando la mano.

—Agradezco que me ayudes, al parecer, mi esposo olvidó que estoy aquí. ¿Cómo te llamas?

—Jack, señora. —Ruedo los ojos al darme cuenta de que no dejara de llamarme así.— Lamento no poder llamarla por su nombre, si el señor Alexander se entera, podría despedirme.

Caminamos hasta la puerta de entrada. La abre y me deja pasar primero. Todo lo que hay aquí grita “Dinero viejo”. Pero a mí, esas cosas no me impresionan.

—Solo dime dónde queda mi habitación e iré sola. No hace falta que me acompañe.

El guardaespaldas asiente y lo sigo hasta el pie de la escalera.

—Tercer piso, primera puerta a la izquierda. —Me indica el camino y le agradezco con una sonrisa.

—Gracias, Jack.

—De nada, señora Bárbara. —Sonríe por primera vez y subo las escaleras.

—Sonríe más seguido, Jack. Resalta tu belleza masculina.

Él asiente y desaparece de mi vista.

Subo la escalera peleando con el vestido que me dificulta el ascenso, y lo primero que hago es quitarme los malditos zapatos hasta llegar a la tercera planta de la impresionante mansión de mi poco querido —o apreciado— esposo.

Ninguna de las dos. Lo detesto.

Alexander ya se encuentra adentro. No pensará que compartiré la habitación con él, ¿verdad?

—Bueno, esposa, el asunto entre los dos será así. —Se quita la chaqueta del traje y la deja sobre la cama.— Tú y yo somos un matrimonio, eso quiere decir que irás conmigo a reuniones familiares, eventos sociales y, en ocasiones, a la empresa para que las personas te conozcan. Te diré todo lo que necesitas saber durante el vuelo.

No lo miro. Recorro la habitación con la vista y tengo que reconocer que el interior es precioso. Entra mucha luz y el aire fresco que entra por las ventanas me relaja.

—Escuchaste lo que te acabo de decir o...?

Me giro y se calla, observándome con una ceja enarcada. ¿Lo incomodo?

¡Perfecto!

— ¿De qué vuelo hablas? —lo interrumpo.

—El vuelo que nos llevará a nuestra luna de miel. Tenemos que aparecer, ¿qué esperabas? —Juro que quiero partirle la cara con el tacón de mi zapato. — Tendremos todo un mes para nosotros solos en la isla Harrington.

Alexander se desprende botón por botón de su camisa, despacio, sin prisa y sin quitarme los ojos de encima. No mentiré, es malditamente atractivo. Sus brazos fuertes y horribles amenazan con desgarrar la tela, y su abdomen parece una escultura de algún dios griego. Sus ojos azules son dos glaciares que amenazan con congelarme. Y ni hablar de sus labios: apetitosos, abultados. Su mandíbula perfilada. Es perfecto, una lástima que sea un completo imbécil.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo