Capítulo 6 Capítulo 6
Donde sea que miren mis ojos me detengo a ver lo perfecto que es el malnacido. Alexander es lo que toda mujer desearía tener.
— ¿Tienes que hacer todo tan dramático, Alexander? Podrías haberte cambiado en el vestidor o en el baño como una persona normal. ¿Ahora eres stripper?
Exagero en un tono sarcástico, olvidando por completo lo de la luna de miel. Me distraigo… demasiado.
Sonriendo de manera arrogante, sigue con la tarea de quitarse la camisa.
— ¿Perderme el placer de tu reacción? No, gracias. Además, ¿no deberías estar agradeciéndome? Después de todo, estás presenciando un espectáculo que muy pocas tienen el privilegio de ver.
Con la fama de “folla y deja” que tiene, dudo mucho que lo vean mucho tiempo vestido.
Finjo indiferencia. No le demostraré que me gusta la vista. Lo bueno que está no compensa lo maldito, idiota y arrogante que es.
—Oh, sí, claro. Un espectáculo de vanidad masculina. ¡Qué suerte la mía! Es una pena que no seas muda, en ese caso serías el hombre perfecto.
—Si no te gusta lo que ves, simplemente cierra los ojos. Pero, como siempre... minutos. Tus ojos negros brillan, y eso es porque les gusta lo que ven. Siempre te he gustado. Reconocerlo, no te hará daño.
Lo miro fijamente, con odio. Los cuatro años que estuve sola en Alemania —aunque no lo parezca— me han ayudado a forjar mi carácter. Ya no soy la niña tonta a la que amedrentaba cuando éramos niños.
—¿De verdad crees que a alguien le importa tu exhibicionismo? Ni siquiera llama tanto la atención como el ex novio que dejó en Berlín.
Se detiene por un momento con actitud desafiante y… hay algo nuevo en sus ojos. No sé qué será, pero definitivamente no le gustó mi comentario. ¿Celos? ¿O solo le molesta saber que alguien más toco mi cuerpo?
—Si vas a mentirme en la cara, procura que tus expresiones sean convincentes, calabacita. —Detesto el apodo que me dio cuando éramos niños. — Y sobre ese chico, Antón… más bien diría que se vio forzado a abandonarte al saber que el anillo en tu dedo era mío. Quedaste como una mentirosa con ese idiota. ¿Acaso no lo sabías? ¿No te dijo que se sintió engañado? ¿Que se llevó un cheque con cinco ceros solo por dejarte ir? ¿Te dijo que ya no te quería? Porque así se lo exigí. ¿Lloraste mucho después de que te dejara?
No llore tanto como el imagina, pero ahora con Alexander frente a mi, intentando provocarme como hace años, me hace olvidarlo todo. ¿Por qué? No lo se, es un jodido misterio. Siempre fue igual...pierdo el cerebro no se donde cuando estoy en su presencia.
Serán unos largos dos años.
Me pica la mano por reventarle la mejilla de un guantazo. Respiro hondo guardándome para mí misma mis emociones y sonándome como si lo que acaba de decirme no me afectará.
Lo hace.
La sonrisa que me muestra después de decirme que Antón recibió un cheque por dejarme golpear como un ladrillazo en el pecho.
—¡¿Qué acabas de decir?! ¡Mientes! —Suelto una risita amarga mientras camino por la habitación finciendo observar los muebles, aunque el temblor de mis manos me delata y me cruzo de brazos para que no las vea.
Su camisa termina sobre la cama. Ahora Alexander mira su propio abdomen marcado y acaricia el tatuaje de dragón que serpentea desde sus costillas hasta perderse en su cadera, escondiéndose más abajo bajo sus pantalones.
Es ardiente. Demasiado. Me distrae, más y más, y caigo como una maldita tonta.
—No te desenfoques, Bárbara. Estamos hablando de algo importante y me observa como a un pedazo de carne. Y no, no miento. —Su voz es firme, cortante. — Personalmente le dije que te dejara o lo iba a pasar mal por estar con una mujer comprometida.
Ahora entiendo por qué me dejó. Solo me dio una excusa barata. Pasé horas enteras preguntándome qué demonios hice mal, qué había dicho o hecho para que me cortara de esa manera. Me dijo que se había acabado, que ya no me quería.
Y yo lo creí.
—Pensaste que te dejaría ir y no iba a saber qué hacías, con quién dormías ya dónde ibas? —Se lleva las manos a la hebilla del cinturón y la manipula despacio, con esa calma que me hiela la sangre y calienta en partes iguales. — Ese tipo no tuvo oportunidad de nada cuando me vio llegar a su apartamento el día antes de exigirle a John tu regreso. Le dejé una suma considerable por “cuidar de ti” los últimos dos años y con eso olvidó todo el amor que supuestamente te tenía. No te amaba realmente, Bárbara.
—¿Por qué te tomaste tantas molestias por alguien a quien supuestamente odias? ¿Antón trabajaba para ti? —mi voz tiembla de rabia.
Si descubro que se burló de mí, que se río de cada beso, cada caricia, de los dos malditos años juntos, juro por dios que no dudaré en volver a Berlín solo para cortarle las malditas bolas.
—No, ese idiota no trabajó para mí jamás le pagaría a alguien para que toque lo que es mío. —Alexander sonríe con suficiencia mientras suelta la hebilla de su cinturón. — Ahora cámbiate, tenemos que salir en una hora. Y sobre mi físico, reconoce que ni en tus sueños él es mejor que yo. Es un flacucho lleno de pecas.
Lo odio. Lo odio tanto. Pero mis ojos no dejan de recorrer ese cuerpo deforme de perfección.
—Que Antón no tenga el físico de un adicto al gimnasio y al sexo no lo hace un flacucho, pero eso es lo de menos, follaba como un dios del sexo y tenía unos ricos 23 cm que me llenaban de maravilla. — Le guiño un ojo, segura de haberlo enardecido. — Jamás lo olvidare, aunque sea un idiota igual que tú.
—No me importa, ahora, en este momento, se nota que te gusta lo que ves, esposa. —Se pasa el pulgar por la comisura de su labio, divertido. — Tienes un poco de baba… límpiatela.
Lo ignoro, aunque tenga ganas de reírme, pero siento el calor subiendo a mis mejillas, obligándome a mirar cualquier cosa menos a él. Maldito presumido. No me quitaré el vestido delante de él. Ni siquiera tengo que hacerlo… Y sí, me gusta lo que veo, pero no pienso admitirlo en voz alta; Eso solo elevaría su ego.
—No iré a ningún lado contigo. Tienes un ego gigantesco y un cerebro diminuto. Apuesto a que, si hiciera lo mismo que tú y me desvistiera como una desnudista, también me mirarías igual.
Alexander, con una sonrisa burlona, da un paso adelante y se planta frente a mí, demasiado cerca para mi gusto.
Creo… no sé, siempre me pone nervioso.
