Capítulo 2 2
—¿Siempre aceptas cafés de desconocidos?
Gabriel caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos, como si acabáramos de conocernos en circunstancias completamente normales y no después de haberme derramado café encima.
Solté una risa suave, todavía sintiendo el leve calor del incidente en la piel.
—No.
—Entonces hoy es mi día de suerte.
—No te emociones —respondí, mirándolo de reojo—. Solo acepté porque me debes una camisa.
—Y un café.
—Y un café.
Él levantó las manos en señal de rendición, exagerando el gesto como si estuviera frente a un juez.
—Anotado. Prometo cumplir con ambas deudas.
Durante los siguientes minutos caminamos por las calles de Buenos Aires hablando de cualquier cosa menos de nosotros mismos.
Del clima impredecible.
De lo difícil que era encontrar buen café fuera de ciertos barrios.
De las diferencias entre México y Argentina.
De cuál era la mejor cafetería de la ciudad.
Era una conversación ligera.
Tan ligera que me sorprendí riéndome varias veces.
Hacía meses que no me reía con un desconocido.
Hacía meses que no me reía así, sin pensar demasiado, sin medir cada palabra.
Y, por alguna razón, aquello me puso nerviosa.
No por él.
Sino por mí.
—¿Siempre sonríes así?
preguntó Gabriel de repente.
Me detuve en seco.
—¿Así cómo?
Él ladeó la cabeza, observándome con una atención que me incomodó más de lo que debería.
—Como si llevaras mucho tiempo olvidando que sabes hacerlo.
La frase me desarmó.
No era un piropo.
Ni una frase ensayada.
Era una observación.
Y, peor aún...
era cierta.
Sentí un nudo en la garganta que no esperaba.
Para evitar responder, desvié la mirada hacia el tráfico y cambié de tema con rapidez.
—¿A qué te dedicas?
—Entreno.
—¿Qué entrenas?
Él sonrió, como si la pregunta le divirtiera.
—Depende del día.
Hoy, por ejemplo...
estoy intentando convencer a una nadadora de que deje de mirar el reloj cada treinta segundos.
Bajé instintivamente la vista.
Seguía sujetando el cronómetro.
Ni siquiera me había dado cuenta.
Gabriel soltó una carcajada, clara y despreocupada.
—¿Ves?
No puedes desconectarte.
Guardé el cronómetro en el bolsillo con un gesto casi automático.
—Es un mal hábito.
—No.
Él negó con la cabeza, esta vez más serio.
—Es una forma de sobrevivir.
Levanté lentamente la mirada.
Aquella frase me hizo más efecto del que estaba dispuesta a admitir.
Porque nadie me conocía.
Y, sin embargo...
acababa de describirme mejor que muchas personas que llevaban años a mi lado.
Sentí una incomodidad extraña, como si hubiera cruzado una línea invisible sin darme cuenta.
—No creo que sea tan profundo —murmuré, intentando restarle importancia.
—Todo lo que repetimos sin pensar suele serlo —respondió él con calma.
No supe qué decir.
Así que seguimos caminando.
El ruido de la ciudad volvió a llenar el espacio entre nosotros: bocinas, conversaciones, pasos apresurados. Pero, por alguna razón, ya no me sentía tan ajena a todo aquello.
—¿Siempre eres así? —pregunté después de unos segundos.
—¿Así cómo?
—Observador.
Él sonrió de lado.
—Solo cuando algo me llama la atención.
—¿Y qué te llamó la atención?
Gabriel no respondió de inmediato.
Se tomó su tiempo.
Demasiado tiempo.
—Tú.
Sentí que el corazón me daba un pequeño salto, incómodo y fuera de lugar.
—No me conoces.
—No necesito conocerte para notar ciertas cosas.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —admitió sin dudar—. Pero también es interesante.
Negué con la cabeza, intentando ignorar la forma en que sus palabras se quedaban flotando en mi mente.
—Deberías tener cuidado con eso.
—¿Con qué?
—Con creer que entiendes a las personas demasiado rápido.
—¿Y tú? —replicó—. ¿No haces lo mismo?
Abrí la boca para responder, pero me detuve.
Porque tenía razón.
Siempre lo hacía.
Clasificaba.
Analizaba.
Medía.
Era la única forma que conocía de mantener el control.
—Tal vez —admití finalmente.
Gabriel asintió, como si esa respuesta fuera suficiente.
—Entonces estamos en igualdad de condiciones.
Seguimos caminando en silencio durante unos segundos.
Pero no era un silencio incómodo.
Era... distinto.
Más denso.
Más consciente.
Cuando llegamos frente al centro de convenciones, miré la hora.
Habían pasado cuarenta minutos.
Se suponía que solo serían cinco.
El tiempo se había deslizado sin que me diera cuenta.
—Creo que ya pagaste la camisa —dije, intentando recuperar cierta distancia.
Gabriel hizo una mueca exagerada.
—¿Tan rápido me estás despidiendo?
—Tengo una conferencia.
—Entonces te haré una última pregunta.
Crucé los brazos, preparándome para rechazar lo que fuera que viniera.
—¿Cuál?
Él respiró hondo.
Como si la respuesta realmente le importara.
—¿Puedo invitarte a cenar esta noche?
Sentí una punzada de duda.
Era una locura.
Lo conocía desde hacía menos de una hora.
No sabía nada de él.
Ni siquiera su apellido.
Lo lógico era decir que no.
Siempre decía que no.
Siempre elegía lo seguro.
Lo predecible.
Lo correcto.
Pero llevaba demasiado tiempo haciendo únicamente lo lógico.
Y empezaba a cansarme.
Cansarme de medir cada paso.
De controlar cada decisión.
De vivir como si cualquier error fuera irreversible.
Miré a Gabriel.
Seguía ahí, esperando.
Sin presionarme.
Sin insistir.
Solo... esperando.
—Está bien.
La sonrisa de Gabriel apareció tan rápido que no pude evitar sonreír también.
—Perfecto.
—Pero solo una cena.
—Solo una cena.
—Nada de interpretaciones raras.
—Prometido.
—Y tú eliges el lugar.
—Eso suena a trampa.
—Tal vez lo sea.
Él rió.
—Acepto el riesgo.
Asentí, sintiendo una mezcla extraña de emoción y nerviosismo.
—Entonces nos vemos esta noche.
—¿A qué hora?
—A las ocho.
—Estaré ahí.
Dudé un segundo antes de darme la vuelta.
—Gabriel.
—¿Sí?
—Gracias... por el café.
Él sonrió, esta vez más suave.
—Gracias a ti por aceptarlo.
