Capítulo 3 3

Dos años después

—Si ella no hubiera aparecido en mi vida... hoy seguiría compitiendo.

Las palabras atravesaron el gimnasio como un golpe seco, rebotando contra las paredes vacías y cayendo con todo su peso sobre Valentina.

Se quedó inmóvil en la puerta.

No sabía que Gabriel estaba allí.

Mucho menos que estaba hablando de ella.

El olor a cloro le quemó la garganta. Durante un segundo pensó en retroceder, en fingir que nunca había venido, en seguir viviendo con la culpa en silencio.

Pero ya era tarde.

—Gabriel...

Su voz salió más débil de lo que esperaba.

Él levantó la cabeza lentamente.

Sus ojos ya no eran los mismos que recordaba en Buenos Aires.

Habían perdido la luz.

La calidez.

La curiosidad que la había hecho quedarse mirándolo más tiempo del que debía.

Ahora solo quedaba cansancio.

Y algo mucho peor.

Resentimiento.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta fue fría.

Cortante.

Como si hablarle le costara un esfuerzo enorme.

Valentina tragó saliva.

Habían pasado dos años desde la última vez que se vieron.

Dos años desde el accidente.

Dos años intentando reunir el valor suficiente para buscarlo.

Dos años repitiéndose que tenía que enfrentarlo.

—Necesitaba hablar contigo.

Gabriel soltó una risa amarga, sin humor.

—Qué casualidad.

Se pasó una mano por el cabello, como si quisiera borrar algo de su mente.

—Yo llevo dos años intentando olvidarte.

El aire pareció desaparecer.

Valentina dio un paso hacia él, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.

—Déjame explicarte...

—¿Explicarme qué?

Él dejó la carpeta que llevaba en las manos sobre un banco con demasiada fuerza. El sonido seco hizo eco en el lugar.

—¿Que el accidente fue una coincidencia?

—Gabriel...

—¿Que perder mi carrera era parte del destino?

Cada palabra era más dura que la anterior.

Más pesada.

Más imposible de soportar.

Ella sintió un nudo en la garganta.

Porque ninguna explicación podía devolverle aquello.

Porque ninguna disculpa podía cambiar lo que había pasado.

—Lo siento.

Las palabras salieron quebradas.

Insuficientes.

Gabriel volvió a reír.

Pero esta vez sonó peor.

Vacío.

—¿Sabes cuántas veces escuché esa frase en el hospital?

Silencio.

El eco de su voz parecía llenar cada rincón.

—Mi entrenador.

Los médicos.

Los periodistas.

Mi familia.

Hizo una pausa, mirándola fijamente.

—Todos decían que lo sentían.

Como si eso pudiera hacer que mi pierna volviera a funcionar igual.

Valentina bajó la mirada.

Las lágrimas empezaban a acumularse, pero se obligó a no llorar.

No tenía derecho.

—Nunca quise que pasara.

—Claro que no.

La respuesta llegó inmediatamente.

Sin duda.

Sin compasión.

—Nadie quiere arruinarle la vida a otra persona.

Simplemente ocurre.

Ella respiró hondo.

Había imaginado aquel encuentro cientos de veces.

En ninguna versión Gabriel la miraba con tanto desprecio.

En ninguna versión su voz sonaba tan rota.

—Solo quiero saber cómo estás.

Él dio un paso hacia ella.

Lo suficiente para obligarla a levantar la cabeza.

Lo suficiente para que sintiera el peso de su presencia.

—¿De verdad quieres saberlo?

Ella asintió, incapaz de hablar.

Gabriel sonrió.

Pero aquella sonrisa no tenía nada que ver con la del hombre que había conocido en Buenos Aires.

Era una sonrisa rota.

Cansada.

—Cada mañana despierto recordando que ya nunca volveré a competir.

Su voz bajó, pero cada palabra se clavó con más fuerza.

—Cada vez que veo una piscina recuerdo todo lo que perdí.

Valentina sintió cómo el pecho se le cerraba.

—Y cada vez que alguien pronuncia tu nombre...

Él hizo una pausa.

La miró directamente.

—Recuerdo exactamente el momento en que mi vida terminó.

El mundo pareció detenerse.

Valentina sintió que el pecho le ardía.

Porque durante dos años había cargado con la culpa.

Pero escucharlo decirlo...

era mucho peor de lo que había imaginado.

—Si pudiera cambiar ese día...

—No puedes.

La interrumpió sin levantar la voz.

—Y ese es precisamente el problema.

Gabriel apartó la mirada por un segundo, como si incluso sostener ese contacto visual le resultara insoportable.

—¿Sabes qué es lo peor?

Valentina no respondió.

No podía.

—Que yo confiaba en ti.

Su voz se quebró apenas, pero fue suficiente para que doliera más.

—Que te dejé entrar en mi vida cuando todo estaba en juego.

Apretó la mandíbula.

—Y tú...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No fue mi intención...

—Nunca lo es.

La interrumpió otra vez.

—Nadie planea destruir a alguien.

Pero eso no cambia el resultado.

El silencio volvió a caer entre ellos.

Pesado.

Irrespirable.

Valentina dio un paso más cerca.

—Déjame ayudarte ahora.

Gabriel la miró como si no entendiera lo que acababa de decir.

Luego negó lentamente.

—¿Ayudarme?

Soltó una risa corta.

—Llegas dos años tarde.

Sus palabras fueron como una bofetada.

—No necesito tu ayuda.

No necesito tus disculpas.

No necesito nada de ti.

Cada frase era un golpe directo.

Sin suavizar.

Sin piedad.

Valentina sintió que las lágrimas finalmente escapaban.

—Por favor...

—No.

La palabra fue firme.

Definitiva.

Gabriel tomó su mochila del banco.

El movimiento fue brusco, como si necesitara salir de allí antes de perder el control.

Caminó hacia la salida.

Cada paso resonaba en el silencio del gimnasio.

Cuando pasó a su lado, se detuvo apenas un segundo.

Sin mirarla.

Sin tocarla.

Pero lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo.

—Lo peor no fue perder mi carrera.

Valentina dejó de respirar.

—Lo peor fue darme cuenta de que la única mujer de la que me había enamorado...

Su voz bajó.

Más fría.

Más distante.

—También fue la que terminó destruyéndome.

El golpe final.

Sin posibilidad de defensa.

Sin posibilidad de respuesta.

Gabriel se marchó.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido seco que pareció sellar algo definitivo.

Valentina permaneció inmóvil.

El gimnasio volvió a quedar en silencio.

Solo el eco de sus palabras seguía resonando en su cabeza.

Se llevó una mano al pecho, intentando contener el dolor que parecía expandirse sin control.

Había esperado ese momento durante dos años.

Había imaginado mil formas de enfrentarlo.

Pero ninguna la había preparado para esto.

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