Capítulo 4 4
—¿Todavía piensas seguirme?
Gabriel ni siquiera volteó a verla.
Caminaba con la mochila al hombro atravesando el complejo deportivo mientras periodistas, fotógrafos y curiosos intentaban acercarse a él. El ruido era ensordecedor: preguntas lanzadas al aire, cámaras chocando entre sí, pasos apresurados intentando alcanzarlo.
Desde el accidente, cada aparición pública era exactamente igual.
—¡Gabriel!
—¿Es verdad que volverás a competir?
—¿Quién tuvo la culpa del accidente?
—¿Es cierto que demandas a la federación?
Él siguió caminando.
No respondió una sola pregunta.
Su mandíbula estaba tensa, los ojos fijos al frente, como si ignorar todo aquello fuera la única forma de no romperse.
Valentina avanzaba varios metros detrás.
No porque quisiera perseguirlo.
Sino porque necesitaba decirle algo.
Cualquier cosa.
Aunque él no quisiera escucharla.
Había ensayado mil veces ese momento en su cabeza. Ninguna versión terminaba bien.
—Gabriel.
Él se detuvo de golpe.
Se giró.
La miró con una frialdad que le hizo desear no haber pronunciado su nombre.
—¿No entiendes el significado de "vete"?
Algunos periodistas reconocieron inmediatamente a Valentina.
Los flashes comenzaron a dispararse.
—¡Es ella!
—¡La nadadora del accidente!
—¡Mírenlos!
En cuestión de segundos había más de veinte cámaras apuntándolos.
El aire se volvió pesado.
Gabriel soltó una risa amarga.
—Perfecto.
Justo lo que me faltaba.
Valentina sintió que el estómago se le cerraba.
—Yo no llamé a la prensa.
—No hace falta.
Siempre apareces cuando mi vida está a punto de empeorar.
Aquellas palabras dolieron.
Pero no tanto como las siguientes.
—¿Sabes cuál fue mi mayor error?
Ella negó lentamente.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—Enamorarme de ti.
Silencio.
Los fotógrafos seguían tomando imágenes.
Ninguno entendía lo que estaba ocurriendo.
Pero sabían que había dolor.
Y eso vendía.
—Gabriel...
—No.
Ahora me escuchas tú.
Otro paso.
—Me quitaste mi carrera.
Otro.
—Me quitaste el futuro que llevaba construyendo desde que era un niño.
Otro más.
Ahora apenas unos centímetros los separaban.
Valentina sintió que las piernas le temblaban.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza.
—No pasa un solo día...
Su voz empezó a quebrarse.
Por primera vez.
—...sin que recuerde ese maldito accidente.
Ella levantó una mano.
Quiso tocarlo.
Él la apartó con brusquedad.
—No me toques.
La fuerza del movimiento hizo que Valentina perdiera ligeramente el equilibrio.
Los fotógrafos no dejaron de disparar.
—¡Miren aquí!
—¡Otra foto!
Valentina sintió la humillación caer sobre ella.
Las personas murmuraban.
La señalaban.
Otra vez.
Como hacía dos años.
El mismo juicio silencioso.
La misma condena.
—Lo siento.
Sus labios apenas pudieron pronunciar aquellas palabras.
Gabriel cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Como si intentara contener toda la rabia acumulada durante dos años.
Cuando volvió a abrirlos...
había lágrimas.
No de tristeza.
De impotencia.
—Deja de pedirme perdón.
Porque cada vez que lo haces...
recuerdo todo lo que perdí.
Aquello terminó de romper algo dentro de Valentina.
Sin pensar.
Sin medir las consecuencias.
Le dio una bofetada.
El sonido fue seco.
Todo el estacionamiento quedó en silencio.
Los fotógrafos dejaron incluso de hablar durante un segundo.
Valentina respiraba con dificultad.
Las lágrimas corrían libremente por su rostro.
—¡Estoy intentando arreglar lo que destruí!
gritó por primera vez.
—¡Llevo dos años castigándome todos los días!
Gabriel permanecía inmóvil.
La mejilla enrojecida.
La mirada fija sobre ella.
—¿Crees que no me odio?
La voz de Valentina se rompió.
—Porque yo también perdí mi vida ese día.
Él dio un paso.
Ella otro hacia atrás.
—No.
murmuró Gabriel.
—Tú no la perdiste.
La elegiste.
Valentina sintió que aquellas cuatro palabras la atravesaban por completo.
Como si le arrancaran el aire.
—No tienes idea de cuánto te odio.
Ella dejó escapar una lágrima más.
—Lo sé.
—No.
Él negó lentamente.
Su respiración era cada vez más agitada.
Más desordenada.
Como si estuviera peleando contra algo mucho más grande que la rabia.
—No lo sabes.
Porque si realmente lo supieras...
entenderías por qué llevo dos años intentando olvidarte...
Y todavía no puedo.
Valentina dejó de respirar.
Gabriel también.
Los dos se quedaron mirándose.
Demasiado cerca.
Demasiado rotos.
Demasiado cansados de luchar contra todo aquello.
Fue Gabriel quien terminó con la distancia.
No con suavidad.
No con ternura.
La sujetó del rostro con ambas manos.
Y la besó.
Un beso desesperado.
Violento.
Torpe.
Como si no supiera si quería besarla o destruirla.
Valentina tardó apenas un segundo en reaccionar.
Y terminó correspondiéndolo.
Con la misma intensidad.
Con la misma desesperación.
Como si durante esos dos años hubiera estado conteniendo ese momento.
Sus manos se aferraron a su camiseta.
Arrugándola.
Tirando de él.
Como si necesitara sentir que era real.
Que no iba a desaparecer otra vez.
—¡Sigan grabando!
—¡No paren!
—¡Esto es oro!
Los flashes explotaron a su alrededor.
Más cerca.
Más agresivos.
Alguien empujó.
Otro gritó.
Un micrófono chocó contra el hombro de Gabriel.
Él gruñó contra sus labios.
Pero no se separó.
La sostuvo con más fuerza.
Sus dedos se clavaron en su rostro.
Como si alguien fuera a arrancársela.
Valentina tampoco.
Se aferró a él con desesperación.
Sus uñas se hundieron en su espalda.
Su respiración se volvió errática.
Casi dolorosa.
—¡Gabriel, responde!
—¡Valentina, míranos!
—¡¿Siguen juntos?!
Un empujón más fuerte los hizo tambalearse.
Gabriel giró el cuerpo.
La protegió instintivamente.
Recibiendo el golpe de la multitud en su espalda.
—¡Atrás!
—¡Retrocedan!
Un guardia intentó abrirse paso entre la multitud.
Otro empujó a los fotógrafos.
Pero nadie retrocedía.
El caos crecía.
Los gritos se mezclaban.
Las cámaras chocaban.
Los cuerpos se apretaban.
Y aun así…
ellos no se separaban.
El beso se volvió más intenso.
Más urgente.
Más desesperado.
Como si fuera el último.
Como si el mundo estuviera a punto de romperse.
Gabriel la apretó contra su pecho.
Valentina se aferró a él como si se estuviera ahogando.
Sin aire.
Sin control.
Sin pensar.
Solo sintiendo.
Solo cayendo.
Solo ardiendo.
En medio del ruido.
Del caos.
De las luces.
De las voces.
Ellos eran lo único real.
Y por primera vez en dos años…
ninguno de los dos quiso soltarse.
Hasta que Valentina abrió los ojos.
Y recordó.
Recordó el accidente.
Recordó el dolor.
Recordó todo lo que él había perdido.
Y todo lo que ella había destruido.
Su expresión cambió.
El beso se rompió de golpe.
Y antes de que Gabriel pudiera reaccionar—
¡Paf!
La bofetada resonó aún más fuerte que la anterior.
Directa.
Sin dudar.
Frente a todas las cámaras.
Los flashes explotaron como una tormenta.
—¡¿Qué acaba de pasar?!
—¡Graben eso!
—¡No corten!
Gabriel quedó inmóvil.
La cabeza ligeramente girada por el impacto.
La mejilla ardiendo.
Valentina lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
Pero esta vez no había duda en ellos.
—Esto…
su voz tembló, pero no retrocedió.
—Esto no arregla nada.
Dio un paso atrás.
Luego otro.
Mientras las cámaras seguían capturándolo todo.
—No puedes besarme como si nada hubiera pasado.
Gabriel no respondió.
No podía.
—Ni yo puedo seguir cayendo contigo.
