Capítulo 5 5
—¡Suéltame!
Valentina intentó zafarse del guardia que la sujetaba del brazo, pero el hombre no aflojó. La multitud rugía detrás de ella.
—Señorita, tiene que salir de aquí.
—¡No me arrastres!
—Entonces camine.
La frase no vino del guardia.
Vino de Gabriel.
Él estaba a pocos pasos, con la mejilla marcada por la bofetada y la mirada fija en la mano que todavía la retenía.
—Quítele la mano de encima —dijo.
El guardia obedeció.
Valentina se liberó, pero el alivio le duró poco. Las cámaras seguían disparando. Alguien pidió que se besaran otra vez, como si su dolor fuera un espectáculo.
Gabriel dio un paso hacia ella.
Valentina retrocedió.
—No.
Él se detuvo.
—No iba a tocarte.
—Hace dos minutos tampoco ibas a besarme.
La mandíbula de Gabriel se tensó.
Un empujón sacudió la barrera de seguridad. Un micrófono casi golpeó a Valentina en la boca. Gabriel se movió antes de pensarlo y la cubrió con el cuerpo.
—¡Atrás! —rugió.
Esa voz logró lo que los guardias no habían conseguido.
Los periodistas retrocedieron apenas lo suficiente para que seguridad los metiera por una puerta lateral y la cerrara de golpe.
El silencio del pasillo cayó sobre ellos con violencia.
Valentina se apoyó en la pared, con los dedos temblando y los labios todavía ardiendo por un beso que odiaba haber querido.
—No vuelvas a hacer eso —dijo ella.
Él soltó una risa seca.
—¿Protegerte?
—Besarme.
La palabra quedó entre ambos, sucia de cámaras, culpa y deseo.
Gabriel bajó la mirada a su boca.
Lo hizo apenas un instante, pero Valentina lo vio.
—Tú me correspondiste.
Valentina sintió el golpe en el estómago.
—No uses eso contra mí.
—¿Por qué no? Tú usaste mi cara contra tu mano dos veces.
Ella apretó los puños.
—Te lo ganaste.
—Sí —admitió—. La primera.
Gabriel abrió la puerta de un vestidor vacío y señaló el interior.
—Entra.
—No recibo órdenes tuyas.
—Perfecto. Entonces quédate aquí y deja que el primer periodista que encuentre esta puerta te pregunte si siempre besas al hombre al que arruinaste.
Valentina sintió que el color le abandonaba el rostro.
Gabriel cerró los ojos.
—No debí decir eso.
—Pero lo dijiste.
—Porque soy un idiota.
—No —murmuró ella—. Porque sigues queriendo hacerme sangrar.
Él la miró.
Esa vez no tuvo respuesta.
Valentina entró al vestidor antes de quebrarse frente a él.
El lugar olía a cloro, jabón barato y madera húmeda.
Gabriel cerró la puerta.
El sonido del pestillo hizo que Valentina levantara la cabeza.
—Ábrela.
—No.
—Gabriel.
—Si la abro, entran.
—Entonces quédate lejos.
Él obedeció. Se apoyó al otro lado del cuarto, con las manos a la vista.
Eso la enfureció más.
Porque una parte de ella todavía recordaba esas manos en su rostro.
Su teléfono empezó a vibrar dentro del bolso.
Una vez.
Cinco.
Diez.
Valentina lo sacó con los dedos torpes. La pantalla estaba llena de videos, etiquetas y titulares.
Abrió uno sin querer.
El beso apareció en pantalla.
Luego la bofetada.
Luego su propia voz diciendo que eso no arreglaba nada.
Debajo, un titular circulaba en letras enormes:
LA NADADORA DEL ACCIDENTE Y GABRIEL FERRER: BESO, GOLPE Y ESCÁNDALO.
Valentina apagó el teléfono como si quemara.
Gabriel no necesitó preguntar.
—Ya subió.
Ella asintió.
—Todo.
—Claro que todo. A nadie le interesa lo que pasó antes. Solo el golpe. El beso. La sangre si pueden inventarla.
—No había sangre.
—Dales una hora.
El teléfono de Gabriel vibró. Él contestó con fastidio.
—¿Qué?
Escuchó en silencio. Su expresión se cerró.
—No voy a dar ninguna declaración.
Otra pausa.
—Porque no soy un animal de exhibición, Martín.
Valentina levantó la vista al escuchar el nombre.
—No me importa lo que pida la federación.
Colgó.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada que te importe.
—Si mi nombre está en ese video, sí me importa.
Gabriel soltó aire por la nariz.
—La federación quiere una declaración conjunta hoy.
Valentina parpadeó.
—¿Conjunta?
—Les conviene vender orden donde solo hay desastre.
—No podemos hacer eso.
—Por fin estamos de acuerdo en algo.
Ella caminó hacia la puerta.
Gabriel se interpuso sin tocarla.
—¿A dónde vas?
—A decir que fue mi culpa.
Él se quedó inmóvil.
—No.
—Gabriel, si yo salgo y acepto...
—No.
Esta vez la palabra sonó más baja.
—¿Ahora te preocupa mi reputación?
—Me preocupa que sigas usando la culpa como si fuera una cuerda para ahorcarte.
Valentina sintió la frase en un lugar demasiado hondo.
—No hables como si me conocieras.
—Te conozco lo suficiente.
—Me conociste tres días.
—Y en esos tres días te vi más de lo que tú te has permitido mirarte en dos años.
Ella lo empujó con ambas manos. No fuerte. Suficiente para obligarlo a retroceder.
—No tienes derecho.
—Lo sé.
—No tienes derecho a odiarme y luego protegerme.
—Lo sé.
—No tienes derecho a besarme y después recordarme que te destruí.
La respiración de Gabriel se quebró apenas.
—También lo sé.
Valentina sintió que la rabia se le deshacía entre los dedos.
—Entonces dime qué quieres de mí.
Gabriel la miró como si esa pregunta le hubiera quitado el último refugio.
—Quiero que te vayas.
Ella asintió, con la garganta cerrada, y dio un paso hacia la puerta.
Gabriel habló antes de que pudiera abrirla.
—Y quiero que no te vayas.
Valentina se quedó quieta, con el picaporte frío bajo la mano.
—No puedes pedirme las dos cosas.
—No te estoy pidiendo nada.
—Eso es mentira.
Detrás de la puerta, los pasos de seguridad corrían de un lado a otro. Afuera, el mundo ya había decidido convertirlos en noticia. Adentro, ellos seguían atrapados en algo mucho más viejo que un titular.
Valentina abrió.
Martín Rivas estaba al otro lado, con el celular en la mano y una cara de cansancio que no alcanzaba para esconder la preocupación.
Era el antiguo entrenador de Gabriel.
El hombre que había estado en el hospital aquella noche.
El único que no miró a Valentina como si fuera una asesina, pero tampoco como si fuera inocente.
—Los dos van a escucharme bien —dijo Martín—. El video ya está en todos lados. La federación adelantó la conferencia.
Gabriel dio un paso al frente.
—No voy.
Martín lo miró sin pestañear.
—Sí vas.
—No puedes obligarme.
—No —respondió Martín—. Pero ellos acaban de filtrar una parte del reporte del accidente.
Valentina sintió que el piso se movía.
Gabriel se tensó.
—¿Qué parte?
Martín miró primero a él.
Luego a ella.
—La parte que dice que Valentina fue la última persona que estuvo contigo antes de que todo saliera mal.
El aire se rompió.
Gabriel giró lentamente hacia Valentina.
Martín guardó el celular.
—Si no salen juntos a hablar ahora, ella va a cargar sola con todo.
Valentina abrió la boca, pero Gabriel la cortó antes de que pudiera decir una palabra.
—Entonces salimos juntos.
Ella lo miró.
—No tienes que hacer esto.
Gabriel sostuvo su mirada con la mejilla aún roja, los labios tensos y el corazón convertido en una guerra que ninguno de los dos sabía ganar.
—No lo hago por ti, Valentina. Lo hago porque esta vez, si el mundo va a destruirte, quiero estar mirando cuando digas la verdad.
