Capítulo 6 6
—No voy a leer eso.
Gabriel dejó la hoja sobre la mesa como si le hubieran entregado algo sucio.
La mujer de prensa de la federación, una rubia con traje gris y sonrisa sin temperatura, apretó los labios. Detrás de ella, Martín revisaba su celular cada veinte segundos. Afuera, el ruido de los periodistas golpeaba las puertas de la sala como lluvia dura.
Valentina estaba sentada al extremo de la mesa, con las manos juntas sobre las rodillas. No miraba el comunicado. Había leído la primera línea y le bastó.
“Ambos atletas lamentan el malentendido ocurrido hace dos años…”
Malentendido.
El accidente que había partido la vida de Gabriel en dos ahora cabía en una palabra limpia.
—No es una sugerencia —dijo la mujer—. Es contención de daños.
Gabriel soltó una risa breve.
—¿Daños? Qué elegante. Deberían ponerlo en una camiseta.
—Gabriel —advirtió Martín.
—No, Martín. Quieren que salga a decir que todo está bien para que el video del beso dure menos de veinticuatro horas. No voy a mentir por ellos.
Valentina levantó la vista.
—Yo tampoco.
Gabriel la miró, desconfiado.
—¿Tú qué vas a decir? ¿Que lo sientes?
Ella se puso de pie despacio.
—No. Ya entendí que esa frase te repugna.
La mujer de prensa intervino antes de que siguieran.
—Lo único que necesitamos es que salgan juntos, lean el comunicado y no respondan preguntas personales.
—Entonces no necesitan personas —respondió Valentina—. Necesitan muebles con voz.
Gabriel la miró de reojo.
Por un segundo, casi pareció el hombre de Buenos Aires. El que se habría reído. El que le habría dicho que tenía una lengua peligrosa.
Pero ese hombre no estaba allí.
No completo.
Martín guardó el celular.
—Se acaba el tiempo. Si no salen ahora, van a llenar el vacío con lo que quieran.
—Ya lo hicieron —murmuró Valentina.
Gabriel tomó la hoja, la rompió en dos y la dejó sobre la mesa.
—Vamos.
La sala de prensa explotó cuando salieron.
Flashes.
Gritos.
Nombres.
Valentina sintió el cuerpo tensarse, pero no bajó la cabeza. Gabriel caminaba a su lado, sin tocarla, tan cerca que el calor de su brazo le rozaba la piel.
Eso era lo peor.
No el odio.
No las cámaras.
La cercanía.
Esa maldita cercanía que su cuerpo seguía reconociendo antes que su razón.
Se sentaron frente a los micrófonos.
La mujer de prensa intentó hablar, pero Gabriel tomó uno antes.
—No vamos a leer ningún comunicado.
El murmullo creció de inmediato.
Valentina giró apenas hacia él.
—¿Ese era tu plan?
—Improvisar.
—Siempre fuiste pésimo para eso.
—Y tú siempre quisiste controlar hasta el clima.
El intercambio fue bajo, pero un micrófono lo captó. Varias cámaras se acercaron.
Una periodista levantó la voz.
—¿El beso de hoy confirma que ustedes retomaron su relación?
Gabriel se quedó quieto.
Valentina respondió antes de que él pudiera convertir la pregunta en veneno.
—No.
La palabra salió firme.
El salón se tensó.
—Ese beso no confirma nada. No somos pareja. No estamos reconciliados. No fue una estrategia.
Otro periodista gritó:
—¿Entonces fue un error?
Gabriel acercó el micrófono.
—Fue mío.
Valentina giró la cabeza.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Usarme de escudo para castigarte.
Él apretó la mandíbula.
—No te estaba protegiendo.
—Claro que sí. Lo haces fatal, pero lo haces.
Un murmullo diferente recorrió la sala. Los periodistas olieron sangre nueva.
—Valentina, ¿usted acepta haber estado con Gabriel minutos antes del accidente?
El golpe llegó.
Silencioso.
Exacto.
Gabriel volvió la cabeza hacia el periodista.
—No responda eso.
Valentina sintió la orden como una mano en el pecho.
—No me digas qué responder.
—No sabes lo que están haciendo.
—Sí lo sé.
Ella tomó el micrófono con ambas manos para que no se notara el temblor.
—Sí. Yo estuve con Gabriel antes del accidente.
El salón estalló.
—¿Discutieron?
—Sí.
Gabriel se volvió hacia ella.
—Valentina.
Ella siguió mirando al frente.
—Discutimos. Nos dijimos cosas que no debimos. Yo me fui. Después ocurrió el accidente.
Las preguntas se atropellaron.
—¿Lo distrajo?
—¿Fue por una pelea de pareja?
—¿Él corrió detrás de usted?
—¿Lo provocó?
Gabriel golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Basta!
El ruido cayó de golpe.
Su respiración estaba alterada. Valentina no lo miró, porque si lo hacía quizá se rompía ahí mismo.
—Pueden preguntarme lo que quieran sobre mi carrera —dijo él—. Pueden hablar de mi lesión. Pueden convertir el beso de hoy en circo si les da hambre. Pero no van a usar una página filtrada para fabricar una sentencia.
Un periodista insistió:
—¿Usted la culpa o no?
Gabriel tardó en responder.
Demasiado.
Valentina sintió cada segundo como un dedo hundiéndose en una herida abierta.
—Sí —dijo finalmente.
El silencio fue brutal.
Ella cerró los ojos.
—La culpo —continuó Gabriel—. Porque soy humano. Porque perdí algo que no sé cómo recuperar. Porque durante dos años necesitaba ponerle un nombre a lo que me dolía.
Valentina abrió los ojos.
Gabriel no la miraba.
—Pero mi odio no es una prueba. Mi dolor no es un documento. Y ustedes no tienen derecho a usarlo para destrozarla.
Valentina tragó el nudo que le subía por la garganta.
No era perdón.
Ni siquiera era defensa limpia.
Era algo peor.
Era Gabriel de pie en medio de su rabia, impidiendo que otros la tocaran.
Una reportera de cabello corto levantó el celular.
—Valentina, se dice que usted nunca fue al hospital. ¿Por qué evitó verlo después del accidente?
Gabriel giró hacia ella.
Esa pregunta no estaba en el reporte.
Valentina sintió que la sala se alejaba.
—Fui.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Fui al hospital.
Martín dejó de mirar su celular.
La reportera aprovechó.
—¿Cuántas veces?
Valentina apretó el micrófono.
—Tres.
Gabriel negó despacio.
—No.
—También dejé cartas.
La frase cayó entre ambos y ya no importaron las cámaras.
Gabriel se inclinó hacia ella, los ojos clavados en los suyos.
—No mientas con eso.
—No estoy mintiendo.
—Yo estuve tres semanas en ese hospital, Valentina. Tres semanas esperando odiarte en persona. Tú no apareciste.
Ella sintió que la voz se le raspaba al salir.
—Tu madre me dijo que no querías verme.
Gabriel palideció.
Martín murmuró su nombre, pero él no lo escuchó.
—Mi madre nunca me dijo que fuiste.
Valentina abrió el bolso con manos torpes y sacó una fotografía doblada, vieja, maltratada. Se la había quedado como castigo. Como prueba de que alguna vez intentó entrar.
La puso sobre la mesa.
Era el recibo de visitantes del hospital, con su nombre escrito a mano.
Gabriel miró el papel.
Luego a ella.
La sala entera desapareció.
—Dejé cuatro cartas —dijo Valentina—. En el hospital, en el club y una en tu casa.
Gabriel no parpadeó.
—A mí nunca me dieron tus cartas.
Valentina sintió que algo, al fin, se rompía en otra dirección.
No hacia ella.
No hacia él.
Hacia los años que les habían robado sin que ninguno supiera dónde buscar.
Se inclinó hacia el micrófono, con la mirada fija en Gabriel.
—Entonces alguien eligió por nosotros antes de que tú pudieras odiarme por tu cuenta.
