Capítulo 7 7
—¡Explique eso, Valentina!
La sala de prensa se convirtió en una jaula.
Los reporteros se pusieron de pie. Las cámaras avanzaron. La mujer de prensa de la federación se lanzó hacia los micrófonos y apagó el de Valentina.
Demasiado tarde.
Gabriel seguía mirando el recibo de visitante sobre la mesa.
Su nombre.
La fecha.
El hospital.
La prueba de que Valentina había estado ahí cuando él juraba que no.
—Gabriel, tenemos que salir —dijo Martín.
Gabriel no se movió.
—Tres veces.
Valentina tragó saliva.
—Sí.
—Dijiste que fuiste tres veces.
—Sí.
La sala rugía, pero entre ellos se abrió un silencio propio.
Gabriel levantó el recibo.
—¿Y las cartas?
Valentina apretó los dedos contra la mesa.
—No.
—¿No qué?
—No voy a hablar de eso aquí.
—Acabas de decirle a medio país que me escribiste.
—Porque me preguntaron por qué no fui al hospital.
—Y ahora yo te estoy preguntando qué decían esas cartas.
Valentina lo miró de frente.
—Las escribí cuando todavía creía que el dolor podía meterse en un sobre.
Gabriel tensó la mandíbula.
—No conviertas esto en poesía.
—No lo estoy haciendo. Estoy evitando darte más palabras para romperme con ellas.
Aquello lo frenó.
Martín puso una mano sobre el hombro de Gabriel.
—Nos vamos. Ahora.
La mujer de prensa se plantó frente a ellos.
—No pueden abandonar la conferencia así.
Gabriel la miró.
—Mírame hacerlo.
Se levantó.
Valentina también.
Los reporteros empujaron la línea de seguridad.
—¡Gabriel! ¿Su madre sabía de las visitas?
Él se detuvo.
Valentina cerró los ojos.
Martín soltó una maldición.
—Caminen.
Los sacaron por una puerta lateral. El pasillo olía a desinfectante. Al otro lado, los gritos de la prensa seguían golpeando.
Gabriel caminaba delante, con el recibo apretado en la mano.
Valentina iba detrás.
Al doblar la esquina, Gabriel se detuvo tan de golpe que ella casi chocó.
—Mi madre te dijo que no quería verte.
Valentina sostuvo la mirada.
—Sí.
—¿Con esas palabras?
—Me dijo que habías pedido que no me dejaran pasar.
Gabriel soltó una risa sin aire.
—Yo no sabía ni qué día era.
—También me dijo que, si de verdad me quedaba algo de decencia, no debía destruir lo poco que te quedaba.
La mano de Gabriel se cerró con más fuerza sobre el papel.
—¿Y le creíste?
Valentina parpadeó.
—Tenías la pierna rota, Gabriel. Yo era la última persona con derecho a exigir entrar.
Él se acercó un paso.
—Yo despertaba esperando verte.
La frase cayó entre ambos.
Valentina perdió color.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque yo estaba detrás de una puerta pensando que me odiabas.
Gabriel apartó la mirada.
El pasillo se quedó demasiado quieto.
Martín habló desde unos metros.
—Esto no puede ser aquí.
—Entonces vete —dijo Gabriel.
—No voy a dejarte solo.
—No estoy solo.
Valentina levantó la vista.
Gabriel también pareció darse cuenta.
No corrigió.
Martín respiró hondo y se alejó unos pasos.
Valentina aprovechó para retroceder.
—Yo debería irme.
Gabriel giró hacia ella.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Soltar una bomba y correr.
—No corrí hace dos años.
—No llegaste a mí.
—Porque no me dejaron.
—Pudiste insistir.
Valentina soltó una risa rota.
—Fui tres veces. Dejé cartas. Me paré en una sala de espera mientras tu madre me miraba como si yo hubiera firmado tu sentencia. ¿Qué más querías?
Gabriel dio un paso hacia ella.
—Sí.
Ella se quedó muda.
Él tragó saliva.
—Tal vez quería que alguien peleara por mí.
La rabia de Valentina se deshizo.
—Yo peleé por ti como pude.
—¿Qué decía la última carta?
Ella negó.
—Gabriel…
—Dímelo.
—No.
—Valentina.
—Decía que si querías odiarme, iba a quedarme para que pudieras hacerlo mirándome a la cara.
Él dejó de respirar.
Ella siguió.
—Decía que no tenías que perdonarme. Solo tenías que despertar sabiendo que alguien estaba ahí.
Gabriel bajó la mirada al recibo.
—Yo desperté solo.
Valentina apretó los labios.
—Lo sé.
—No lo sabes.
—Sí lo sé. Porque yo también estaba sola.
Él levantó una mano.
Por un instante pareció que iba a tocarle la mejilla.
Valentina no se movió.
Gabriel tampoco terminó el gesto.
La mano cayó.
Valentina tomó el recibo, lo dobló y se lo puso contra el pecho.
—Quédatelo.
—No quiero tu prueba.
—No es para ti. Es para que recuerdes que sí fui.
Dio un paso atrás.
—Y no voy a suplicarte que me creas.
Unos tacones resonaron al final del corredor.
Gabriel se giró.
Su madre apareció acompañada por dos asistentes. Elegante, rígida.
Valentina la reconoció.
El cuerpo se le tensó.
La madre de Gabriel también la reconoció.
—Tú.
Gabriel avanzó hacia ella.
—¿Sabías que fue al hospital?
Su madre miró el papel doblado.
—Gabriel, ahora no.
—¿Sabías que dejó cartas?
—Hay cámaras afuera.
—¿Las tomaste?
Valentina sintió que el pasillo se estrechaba.
La madre de Gabriel levantó la barbilla.
—Estabas saliendo de una cirugía.
—Te pregunté si las tomaste.
—Sí.
La respuesta fue tan seca que nadie habló.
Gabriel retrocedió apenas.
—¿Por qué?
—Porque necesitabas recuperarte.
—Necesitaba saber la verdad.
—No. Necesitabas volver a caminar.
—No decidas qué necesitaba.
La mujer miró a Valentina.
—Ella ya había hecho suficiente.
Valentina dio media vuelta.
—Me voy.
Gabriel habló sin mirarla.
—Quédate.
Ella se detuvo.
Su madre se volvió hacia él.
—No cometas otra vez el mismo error.
Gabriel dejó escapar una risa baja.
—¿El error fue enamorarme o enterarme de que me mentiste?
—El error fue dejar que ella te volviera débil.
Valentina cerró los ojos.
Gabriel levantó la cabeza.
—Odiarla no me hizo fuerte.
Su madre apretó la mandíbula.
—Te mantuvo vivo.
—No. Me mantuvo vacío.
El silencio que siguió fue distinto.
La madre de Gabriel miró el recibo, luego a Valentina, luego a su hijo.
—Yo hice lo que cualquier madre habría hecho.
—No —dijo Gabriel—. Tú elegiste por mí.
—Sí.
—¿Por qué?
Ella sostuvo su mirada.
—Porque si leías esas cartas, Gabriel, ibas a escogerla a ella aunque te hubieras quedado sin carrera.
