Capítulo 7 7

―Si sigues entrando así al viraje, voy a cobrarte cada décima que regales.

Martín sostuvo el cronómetro frente a mí.

―¿Aceptas transferencia?

―Solo efectivo. Tengo principios.

Me reí mientras me quitaba los lentes.

Habíamos terminado la tercera serie y por primera vez desde que volví a ese maldito centro no sentía que cada persona alrededor estuviera esperando que me rompiera. Martín tenía esa habilidad irritante de tratarme como si fuera una atleta normal y no la mujer que había arruinado la carrera de su mejor amigo.

―Otra vez ―dijo una voz detrás de él.

Mi sonrisa desapareció.

Gabriel estaba junto al carril, con los brazos cruzados.

Martín miró el cronómetro.

―Acaba de bajar cuatro décimas.

―La entrada sigue tarde.

―Podrías decir “bien hecho” alguna vez. No provoca alergia.

Gabriel ni siquiera lo miró.

―Otra vez, Valentina.

Salí del agua.

―Se terminó la serie.

―Se termina cuando la ejecución sea correcta.

―La planificación dice tres repeticiones.

―Yo hice la planificación.

―Qué conveniente.

Martín se apartó despacio.

―Voy a fingir que tengo algo urgentísimo que hacer a quince metros de aquí.

―Cobarde ―dije.

―Profesional de la supervivencia.

Se alejó con el cronómetro.

Gabriel siguió mirando el agua.

Yo lo miré a él.

La regla del día anterior había sido idea suya: dentro del centro, trabajo. Nada del accidente. Nada de los dos años separados. Nada de conversaciones que no tuvieran que ver con mi regreso deportivo.

Había aceptado porque sonaba mejor que discutir cada vez que respirábamos cerca.

Duró menos de veinticuatro horas.

―¿Qué te pasa? ―pregunté.

―Tu viraje.

―Mi viraje está bien.

―Puede estar mejor.

―Tu cara también y nadie organiza una intervención.

Sus ojos llegaron a los míos.

―Al agua.

―No.

La palabra pareció sorprenderlo.

A mí me gustó demasiado.

―¿No?

―No voy a repetir una serie correcta porque llegaste de mal humor.

―No estoy de mal humor.

Miré hacia Martín, que hablaba con una fisioterapeuta al otro extremo.

Después volví a Gabriel.

―Claro.

Su mandíbula se endureció.

―¿Qué significa eso?

―Que llevas veinte minutos corrigiendo cosas que hace una hora aprobabas.

―Estoy haciendo mi trabajo.

―Entonces hazlo sin mirar a Martín como si hubiera cometido un delito por hacerme reír.

Silencio.

Hermoso.

Breve.

Gabriel acomodó el peso sobre la pierna sana antes de responder. Conocía ese gesto. Lo hacía cuando llevaba demasiado rato de pie y no quería que nadie lo notara.

―Martín puede hacer lo que quiera.

―Perfecto.

―Mientras no interfiera con tu sesión.

―No interfirió.

―Te distrajo.

―Me hizo un chiste.

―Estabas aquí para entrenar.

―Tú también estabas aquí para entrenarme y lograste convertir un viraje en una crisis diplomática.

Martín levantó la vista desde lejos.

Lo fulminé con los ojos para que ni se le ocurriera acercarse.

Gabriel dio un paso hacia mí.

―Ayer quedamos en mantener esto profesional.

―Exacto. Tú lo pediste.

―Y lo estoy haciendo.

Solté una risa.

―Eres malísimo mintiendo cuando estás celoso.

La palabra quedó entre nosotros.

Gabriel se quedó inmóvil.

―No estoy celoso.

―Entonces deja de mirar hacia allá.

No lo hizo.

Eso fue casi divertido.

―Martín es mi amigo.

―Me alegra saberlo. Temí que estuvieras planeando enterrarlo debajo de la piscina.

―No me interesa con quién hablas.

―Ni con quién me río.

―No.

―Ni con quién salgo.

Esa vez tardó.

Apenas un segundo.

Lo suficiente.

Me crucé de brazos.

―Ahí está.

―¿Qué?

―Eso.

―No dijiste nada.

―No hizo falta.

Gabriel apartó la mirada.

Me habría resultado más fácil si hubiera seguido siendo frío. Si me hubiera tratado con ese desprecio limpio que había perfeccionado desde nuestro reencuentro. La rabia podía contestarse. Aquello era distinto.

Parecía molesto conmigo por estar bien.

―¿Te molesta que pueda reírme? ―pregunté.

Él volvió a mirarme.

―Me molesta que parezca tan fácil.

La respuesta me quitó el aire.

―¿Qué cosa?

―Estar aquí.

Ya no había ironía en su voz.

―No sabes lo difícil que es.

―Te veo entrar, nadar, discutir conmigo, bromear con Martín y marcharte. Parece bastante sencillo.

―Porque no me ves cuando estoy sola.

Algo cambió en su expresión.

No mucho.

Suficiente.

―Tú tampoco me viste ―dijo.

Ahí estaba.

El accidente sentado entre los dos aunque habíamos prometido dejarlo afuera.

Agarré mi toalla.

―Se acabó.

―Valentina.

―Fuiste tú quien puso la regla.

―Lo sé.

―Entonces respétala.

Pasé junto a él.

Gabriel no intentó detenerme.

Me alegré.

También me molestó.

Martín estaba junto a la mesa de material cuando llegué.

―¿Sobrevivimos?

―Tú sí. De momento.

―Excelente. Un grupo va a cenar cerca del hotel. Podrías venir.

Miré por encima de mi hombro.

Gabriel seguía junto al agua.

No estaba mirando hacia nosotros.

Mentira.

Lo estaba haciendo en el reflejo del ventanal.

―Sí ―dije―. Voy.

Martín arqueó una ceja.

―No te invité para provocar un homicidio.

―Te doy permiso de cancelar.

―Jamás. Ahora necesito ver hasta dónde llega esto.

Gabriel apareció detrás de nosotros.

―Mañana, seis de la mañana.

Me giré.

―¿Qué?

―Sesión de control.

―Mi horario dice ocho.

―Cambió.

Martín miró a Gabriel.

―Yo tengo la pista a las seis.

―Ya no.

―Qué eficiente eres cuando estás emocionalmente estable.

Gabriel ignoró el comentario.

―Quiero la piscina vacía.

Eso sí consiguió toda mi atención.

―¿Por qué?

―Necesito corregir el trabajo subacuático sin interferencias.

―Puedes hacerlo a las ocho.

―A las seis.

Martín miró alternativamente a ambos.

―Voy a cenar y fingir que jamás escuché esta conversación.

Se marchó antes de que pudiera detenerlo.

Gabriel y yo quedamos solos.

―No tienes derecho a cambiar mi horario porque te molestó verme hablando con él.

―No lo cambié por Martín.

―Claro que sí.

―Ven a las seis y demuéstralo.

―¿Demostrar qué?

Gabriel avanzó hasta quedar frente a mí.

La cercanía hizo que mi cuerpo recordara cosas que mi cabeza llevaba dos años intentando enterrar.

―Que puedes estar a solas conmigo sin usar a otra persona para respirar.

Apreté la toalla.

―No necesito a nadie para soportarte.

―Perfecto.

―Y sigues rompiendo tu propia regla.

La mirada de Gabriel bajó un instante hacia mi boca antes de regresar a mis ojos.

―Todavía no.

Me quedé quieta.

―Ayer dijiste que entre nosotros solo habría entrenamiento.

―Lo dije.

―Entonces dime qué demonios quieres de mí mañana a las seis.

Gabriel sostuvo mi mirada.

―Romper mi propia regla antes de que sigas fingiendo que entre nosotros ya no queda nada.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo