Capítulo 8 8
―Llegaste.
Gabriel estaba solo junto a la piscina.
Miré el reloj de pared.
Cinco cincuenta y ocho.
―Dijiste seis.
―Pensé que cambiarías de opinión.
Dejé mi mochila sobre la banca.
―Eso habría sido darte demasiada satisfacción.
La piscina estaba vacía. Sin Martín. Sin fisioterapeutas. Sin el ruido de otros atletas entrando y saliendo. Solo el agua, Gabriel y una tensión que había empezado el día anterior y había dormido mejor que yo.
―¿Qué vamos a hacer? ―pregunté.
Gabriel señaló la tabla junto al carril.
―Doscientos suaves. Después trabajo subacuático.
―¿Eso era todo?
―¿Esperabas otra cosa?
Lo miré.
―Tú fuiste quien anunció dramáticamente que rompería una regla.
―Yo no usé la palabra dramáticamente.
―Porque no tienes autoconciencia.
Se le movió la boca.
Casi una sonrisa.
Me lancé al agua antes de que pudiera disfrutarla.
Los primeros metros fueron fáciles. El problema comenzó cuando tuve tiempo de pensar. Gabriel caminaba junto al borde, observando cada brazada. No llevaba cronómetro en la mano.
Eso era raro.
Toqué pared después del doscientos.
―¿Tiempo?
―No lo tomé.
Me quité un lente.
―¿Perdón?
―No era la prueba.
―¿Entonces para qué me hiciste nadar?
Gabriel se agachó frente a mí.
―Para ver cuánto tardabas en preguntarme qué estaba haciendo.
―Eres insufrible.
―Treinta y cuatro segundos desde que tocaste pared.
Le lancé agua.
No alcanzó a esquivarla.
―Eso sí deberías cronometrarlo.
Gabriel se limpió la cara con la camiseta.
―Sal.
―¿Ahora qué?
―Quiero revisar tu entrada.
Subí por la escalerilla.
Gabriel colocó una marca junto al borde y señaló mi postura.
―Estás entrando con el hombro izquierdo demasiado arriba.
―Ramiro dijo que estaba dentro de rango.
―Ramiro no te vio ayer.
―Tú sí. Demasiado, aparentemente.
Sus ojos llegaron a los míos.
―Posición.
Me coloqué.
Gabriel se situó detrás.
Sentí su presencia antes del contacto.
―Baja el hombro.
Lo hice.
―Más.
―Si lo bajo más, voy a besar el piso.
―No sería tu peor decisión.
Giré la cabeza.
―¿Quieres hablar de malas decisiones?
―Mira al frente.
―Cobarde.
Su mano se cerró alrededor de mi muñeca.
El contacto nos dejó quietos a los dos.
Gabriel me había tocado otras veces durante evaluaciones, siempre con alguien alrededor, siempre breve, siempre bajo una excusa técnica.
Esta vez no había nadie.
Y no soltó enseguida.
―Ayer dijiste que no estabas celoso ―murmuré.
Sus dedos se aflojaron.
―No lo estaba.
―Eso sonó convincente.
―Martín no me preocupa.
―Entonces, ¿qué te preocupa?
Gabriel soltó mi muñeca.
―Otra vez.
―No.
―Valentina.
―Me hiciste venir sola. Dijiste que romperías la regla. Aquí estoy.
Se incorporó despacio.
―No juegues conmigo.
―No estoy jugando.
―Ayer aceptaste cenar con Martín mirándome a través del vidrio.
―Sí.
―Lo hiciste a propósito.
―Tal vez.
La respuesta hizo exactamente lo que quería.
Gabriel dio un paso hacia mí.
―¿Por qué?
―Quería comprobar algo.
―¿Qué?
―Si todavía podías sentir algo que no fuera odio.
La mirada se le endureció.
―No uses eso.
―¿Qué cosa?
―Lo que pasó entre nosotros.
―Tú lo usas cada vez que me miras como si hubiera destruido tu vida.
El silencio cambió.
La piscina dejó de sentirse vacía.
Gabriel apoyó una mano sobre el borde.
―Te fuiste.
―Otra vez con eso.
―Te fuiste, Valentina.
―Tú me echaste de tu vida antes.
―Yo estaba en una cama de hospital.
―Y yo tenía veintisiete llamadas sin respuesta.
Gabriel frunció el ceño.
―¿Qué?
Había hablado demasiado.
Agarré mi toalla.
―Se acabó la sesión.
Él se movió hacia un lado, sin bloquearme, pero tampoco dejando morir la conversación.
―¿Veintisiete llamadas a quién?
―No importa.
―A mí.
―Sí.
―Mi teléfono estuvo apagado durante días.
―Ya lo sé.
―Entonces, ¿por qué hablas como si yo hubiera elegido no responderte?
Me puse la sudadera con las manos torpes.
―Porque eso fue lo que entendí.
―¿Por quién?
―Gabriel, basta.
―No.
Lo miré.
Esa palabra había salido distinta.
Sin rabia.
Con miedo.
―Tú querías romper la regla ―dije―. Felicidades.
―Quiero una respuesta.
―Dos años después.
―Sí.
―Qué cómodo.
Gabriel apretó la mandíbula.
―¿Por qué no fuiste al hospital?
La pregunta cayó seca.
Directa.
Era la primera vez que la formulaba de esa manera.
Sentí que algo me apretaba detrás de las costillas.
―No hagas eso.
―¿Qué?
―No conviertas esos días en una prueba que yo reprobé.
―Desperté y pregunté por ti.
Me quedé quieta.
―No.
―Sí.
―No me dijeron eso.
Gabriel frunció el ceño.
―¿Quién tenía que decírtelo?
Miré hacia la puerta.
De pronto el centro parecía demasiado pequeño.
―Me voy.
―Valentina.
Tomé la mochila.
Gabriel no me sujetó. Tampoco volvió a ponerse frente a mí.
Solo habló.
―Desperté después de la segunda cirugía. Pregunté si habías llamado. Nadie sabía nada. Pregunté si habías ido. Me dijeron que no.
El aire dejó de entrar bien.
―Eso no es verdad.
―Fue lo que me dijeron.
―Pues te mintieron.
Gabriel se quedó inmóvil.
―¿Qué dijiste?
El dolor de aquellos días regresó con una precisión desagradable: la sala blanca, el olor a desinfectante, el guardia que no me dejó pasar, las horas sentada con una botella de agua cerrada entre las manos, esperando que alguien cambiara de opinión.
―Fui al hospital.
Gabriel negó una vez.
―Valentina…
―Tres veces.
Su cara perdió color.
―No.
―La primera noche después de que te operaron. A la mañana siguiente. Y otra vez antes de irme de la ciudad.
―Yo nunca te vi.
―Porque no me dejaron entrar.
Gabriel dio un paso hacia mí.
―¿Quién?
―Me dijeron que era orden tuya.
Su expresión cambió de golpe.
―Yo jamás habría pedido eso.
Sentí rabia.
Miedo también.
Porque si él decía la verdad, alguien había construido dos años enteros sobre una mentira.
―Pues alguien lo hizo por ti.
Gabriel respiró hondo.
―¿A qué hora fuiste la primera vez?
La pregunta me desconcertó.
―Cerca de las diez. ¿Por qué?
Se quedó mirándome como si acabara de encontrar una grieta en algo que llevaba años creyendo.
―Porque a las diez yo seguía sedado, Valentina… y no desperté hasta la tarde siguiente.
