Capítulo 8 8
—Porque si leías esas cartas, Gabriel, ibas a escogerla a ella aunque te hubieras quedado sin carrera.
Valentina sintió que la frase le caía encima como agua helada.
Gabriel no se movió.
Su madre tampoco.
Durante unos segundos, el pasillo entero pareció contener la respiración. Al fondo, los gritos de la prensa seguían golpeando las puertas, pero ahí dentro solo importaba una cosa: alguien había decidido por ellos cuando ambos estaban demasiado rotos para defenderse.
—¿Y eso te dio derecho? —preguntó Gabriel.
Su madre levantó la barbilla.
—Me dio obligación.
Valentina dio un paso hacia atrás.
—No voy a meterme en esto.
Gabriel giró apenas la cabeza.
—Quédate.
No fue una orden.
Sonó como una petición dicha por alguien que no sabía pedir.
Eso fue lo que la detuvo.
La madre de Gabriel apretó el bolso contra su cuerpo.
—No la conviertas en víctima.
Valentina bajó la mirada.
Gabriel no.
—No hables por mí.
—Yo fui quien te cuidó cuando no podías levantarte.
—Y también fuiste quien decidió que mi dolor necesitaba un culpable.
—Lo tenía.
La palabra salió rápida.
Cruel.
Valentina cerró los ojos.
Gabriel respiró hondo.
—Dame las cartas.
Su madre palideció apenas.
—No.
—Dámelas.
—Gabriel…
—Si las destruiste, dilo.
El silencio respondió primero.
Valentina sintió que el estómago se le cerraba.
La madre de Gabriel bajó la mirada al bolso.
—Las primeras sí.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—¿Las rompiste?
—Las quemé.
Valentina sintió una risa seca atorarse en su garganta. No salió.
Gabriel miró a su madre como si acabara de verla sin piel.
—¿Y la última?
Ella tardó demasiado en contestar.
—La guardé.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Qué?
La mujer metió la mano en el bolso y sacó un sobre amarillento, doblado en las esquinas.
—No entendí por qué escribiste eso —dijo, mirando a Valentina—.
Gabriel extendió la mano.
Su madre no se lo dio de inmediato.
—No va a cambiar nada.
—Eso ya no lo decides tú.
Ella le entregó el sobre.
Gabriel lo sostuvo. Miró el nombre escrito al frente. Su nombre. La letra de Valentina.
Luego la miró a ella.
—¿Puedo leerla?
Valentina sintió que el pecho se le cerraba.
—La mujer que escribió eso ya no existe.
—Yo tampoco soy el hombre que debía recibirla.
—Entonces quizá ya no sirve.
Gabriel bajó la vista al sobre.
—Quizá sirve para saber cuánto nos mintieron.
Valentina tragó saliva.
—Léela.
Él abrió la carta con cuidado.
Sus ojos bajaron por la primera línea y algo en su rostro cambió.
—“No voy a pedirte que me perdones” —leyó—. “Sería insultante pedirle paz a alguien que todavía no puede ponerse de pie.”
La madre de Gabriel apartó la mirada.
Valentina no respiró.
Gabriel siguió leyendo en silencio.
Después de unos segundos, volvió a leer en voz alta:
—“Ódiame si necesitas odiarme. Úsame si necesitas ponerle mi nombre a todo lo que duele. Pero no dejes que tu odio por mí sea la razón por la que dejes de vivir.”
Valentina sintió que las lágrimas le subían sin permiso.
Gabriel levantó la mirada hacia ella.
—Tú escribiste esto.
—Sí.
—No me pediste que te eligiera.
—No tenía derecho.
—Me pediste que viviera.
—Era lo único que podía pedirte.
La madre de Gabriel dio un paso al frente.
—Ella sabía cómo manipularte.
Gabriel giró hacia ella.
—No.
La palabra fue tan fría que su madre se quedó quieta.
—Esto no me habría destruido.
Levantó la carta.
—Esto me habría dolido. Pero no me habría dejado solo.
Su madre tensó la boca.
—Yo no te dejé solo.
—Sí lo hiciste.
Gabriel se golpeó el pecho con la carta.
—Me dejaste creer que la única persona a la que quería ver había elegido desaparecer.
—Te estaba protegiendo.
—No. Estabas fabricando una versión de mí que pudiera sobrevivir sin hacer preguntas.
Valentina dio un paso hacia la pared.
Martín apareció al final del pasillo.
—La federación quiere separarlos.
Gabriel soltó una risa amarga.
—Qué obsesión tienen todos con separarnos.
Valentina lo miró.
—No uses eso para pelear con ella.
Él giró hacia ella.
—¿Qué?
—No me pongas en medio.
—No estoy haciendo eso.
—Sí. Y lo entiendo, pero no voy a ser el arma de nadie.
Gabriel apretó la carta.
La madre de Gabriel la miró con desprecio.
—Al menos en algo maduraste.
Valentina sostuvo su mirada.
—No gracias a usted.
La mujer dio un paso hacia ella, pero Gabriel se interpuso.
—No.
—¿Ahora la defiendes?
—Ahora me defiendo de la mentira que me dejaste como herencia.
Su madre abrió la boca.
La cerró.
Martín señaló la salida opuesta.
—Tienen dos minutos.
La madre de Gabriel miró a su hijo.
—Si sales con ella, la prensa no volverá a hablar de tu recuperación.
Gabriel sostuvo la carta contra su costado.
—Hace dos años dejaste que esa fuera la única historia que yo creyera.
Su madre tragó saliva.
—Gabriel…
—Vete.
La palabra no fue un grito.
La mujer miró a Valentina una última vez. Luego se marchó.
Martín la siguió.
El pasillo quedó en silencio.
Gabriel y Valentina quedaron solos.
Gabriel bajó la mirada a la carta.
—¿Por qué escribiste “vive” y no “perdóname”?
Valentina se pasó la lengua por los labios secos.
—Porque perdonarme era demasiado para pedírselo a alguien que acababa de perder su cuerpo.
Él cerró los ojos.
—Todavía te odio.
Valentina asintió.
—Lo sé.
—Pero ya no sé si te odio igual.
Eso dolió de una forma distinta.
—No digas eso como si fuera un regalo.
Gabriel abrió los ojos.
—No lo es.
Ella miró la puerta por donde su madre se había ido.
—Entonces no lo conviertas en deuda.
—Valentina.
—No.
Su voz se quebró apenas.
—No puedo sostener tu odio, tu culpa y ahora también tus dudas.
Gabriel dio un paso hacia ella.
Se detuvo antes de invadirla.
—Necesito preguntarte algo.
—No.
—Todavía no sabes qué es.
—Sí lo sé.
Su pecho empezó a subir y bajar más rápido.
Gabriel la observó.
—¿Qué pasó esa noche después de que te fuiste?
Valentina se quedó helada.
Ella caminó hacia la salida.
Gabriel no la tocó.
Solo se colocó en el marco de la puerta.
—Dime la verdad —pidió.
Valentina apretó los dedos contra la correa de su bolso.
—No quieres escucharla.
—Ya no quiero que otros la cuenten por ti.
Ella levantó la mirada.
Los ojos de Gabriel seguían heridos.
Pero por primera vez en dos años, no la estaban condenando antes de escucharla.
—Hazte a un lado.
—No hasta que me digas por qué estás temblando.
Valentina soltó una risa rota.
—Porque si te digo lo que pasó esa noche, Gabriel, vas a odiarme por algo peor.
