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—¡Sube el volumen, Elliot! —exclamó Catherine desde el asiento trasero al reconocer en la radio su canción favorita de esos días. Estaba sacudiendo la melena rubia con los ojos cerrados, encajada casi por completo detrás del asiento del copiloto.
Elliot giró el botón dos dedos y ni un milímetro más. Danielle lo miró de reojo y sonrió. Él fingía que esa música le parecía una tontería, pero llevaba el pulgar marcando el ritmo contra el volante desde que había comenzado a sonar la canción.
Faltaban veinticinco minutos para las seis y ella todavía no había encontrado la manera de soltarles a sus dos mejores amigos la mentira que llevaba tres días ensayando, o al menos a Elliot, porque Catherine sí sabía del asunto. ¿Cómo se suponía que lo dijera, con él sentado al volante? Miró el reloj de su muñeca por enésima vez, sin que las manecillas se apiadaran de ella.
Catherine sacó un cigarrillo del bolso y lo encendió. El espejo retrovisor la delató de inmediato.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le reclamó Elliot—. Apaga eso ahora mismo. Vas a dejarme el auto apestando una semana entera.
Elliot amaba con la vida ese auto, y Danielle jamás le habría dicho en voz alta que no entendía cómo aquella cosa se había escapado de la chatarrería. Pero Catherine no tenía esa clase de escrúpulos.
—¡Tú fumas más que yo, idiota! —protestó ella.
—Sí, pero afuera —replicó él sin apartar la vista del camino—. Aquí el humo se pega a los asientos y después no hay manera de sacarlo.
—Ay, por favor... —bufó Catherine—. ¡Si este pedazo de mierda apesta de todas maneras!
Ups...
Danielle cerró los ojos un instante. Catherine decía siempre lo primero que se le venía a la cabeza, y esa había sido, sin lugar a dudas, la peor elección de palabras posible.
—¡¿Qué acabas de decir?! —chilló Elliot.
—¡Lo que escuchaste! —le respondió ella, incorporándose entre los dos asientos delanteros—. Dije la verd...
—¡Ni se les ocurra! —intervino Danielle, volteándose en el asiento—. Apágalo, Catherine.
—No.
—Es su auto y él no quiere humo adentro. Punto final.
Si no los detenía, aquello duraría hasta la puerta de su casa, y ella no tenía tiempo. No esa tarde. Catherine la miró con odio fingido tres segundos y tiró el cigarrillo por la ventanilla.
—No conozco a nadie más aburrido que ustedes dos —se quejó—. Deberían casarse. Son igual de insoportables.
—Al menos yo no pretendo casarme con un zombi hippie —replicó Danielle.
—¡Luke y yo nos amamos! —chilló Catherine, indignadísima.
Elliot soltó una carcajada y Catherine le dio un manotazo en el hombro desde atrás. Danielle aprovechó el desorden para mirar otra vez el reloj. Las cinco y treinta y ocho.
—Déjame aquí, Elliot —dijo de repente, señalando la esquina que tenían delante.
El auto perdió velocidad. Los dos la miraron como si acabara de anunciar que pensaba bajarse en marcha.
—¿Aquí? —preguntó él, echando un vistazo a la calle—. Danielle, todavía faltan como diez cuadras para tu casa.
—Ya lo sé —respondió ella, y se acomodó la correa del bolso para tener las manos ocupadas en algo—. Es que... necesito pasar por la biblioteca antes de ir a casa.
—¿Cuál biblioteca?
—¡Ah! —exclamó Catherine, que tardó medio segundo en comprender y otro medio en meterse en el papel—. ¿Es por lo del trabajo extra de Historia?
—Ese mismo —asintió Danielle.
¿Desde cuándo mentía tan bien? Le había salido perfecto, sin un solo tropiezo, y eso era lo que menos le gustaba de todo el asunto.
Elliot frunció el ceño. Él no era Catherine: él siempre hacía una pregunta más de las que hacían falta.
—No sabía que había una biblioteca por esta zona.
—Es pequeña y no la conoce nadie —le explicó ella—. Solo tienen libros viejos.
Sin embargo, Elliot estacionó junto a la acera y le abrió el seguro de la puerta.
—¿Quieres que te esperemos? —le preguntó.
—No, puedo tardar... Váyanse tranquilos.
—Esta parte de la ciudad no me gusta y va a oscurecer en un rato —insistió él—. Podemos entrar contigo, no es ninguna molestia.
—¡Ay, déjala en paz, «papá»! —bufó Catherine—. Está grandecita.
Danielle bajó y se apoyó en la ventanilla con las dos manos.
—Estaré bien, de verdad... Hasta mañana. Y no se maten el uno al otro en el camino.
—Cuídate, ¿sí? —le respondió Elliot. No había dejado de mirarla con esa expresión suya de estar poco convencido.
—Chao, cariño —canturreó Catherine, y le lanzó un beso con la mano.
El auto arrancó y ella se quedó parada en la acera hasta que dobló la esquina. Solo entonces soltó el aire que llevaba aguantando.
Odiaba mentirle a Elliot y no recordaba haberlo hecho nunca. Sin embargo, en dos días él cumplía veintidós años y ella llevaba tres semanas dándole vueltas al mismo asunto.
Cada año le regalaba calcetines. Había empezado como una broma cuando tenían dieciséis y se había convertido en una tradición estúpida que ninguno de los dos se atrevía a romper. Pero ese año Danielle no quería que fuera gracioso.
Elliot era el que aparecía. Cuando su padre había pasado tres meses entrando y saliendo del hospital, Elliot había aparecido. Cuando ella había reprobado Estadística y se había encerrado una semana sin querer ver a nadie, había aparecido con dos cafés y no había abierto la boca hasta que ella había hablado primero. Jamás pedía nada a cambio, y a Danielle le parecía profundamente injusto que la única persona que nunca pedía nada fuera también la única a la que ella nunca le había dado algo que valiera la pena.
¿Cómo se pagaba eso? ¿Con calcetines?
De cualquier modo, no pensaba ponerse sentimental en plena calle. Era solo un regalo. Catherine le había dado la dirección de una tienda de antigüedades cerca del puerto que administraba un pescador de la zona. Cerraba a las seis, así que Danielle apuró el paso.
El olor a sal la acompañó desde la primera esquina. A esa hora los locales del puerto ya estaban recogiendo, así que apuró todavía más el paso, convencida de que iba a llegar tarde.
Encontró la tienda al final de la cuadra y no le pareció ni remotamente la maravilla que Catherine le había descrito. Quizás Catherine no había entrado nunca, o quizás solo tenía mal gusto en general. Empujó la puerta de cristal y una campanita anunció su entrada.
Adentro olía a polvo y a madera vieja. Danielle recorrió los estantes despacio y a los diez minutos vio el regalo perfecto: una estatuilla pequeña de un samurái, de bronce, con la hoja apenas desenvainada. La levantó contra la luz y la vio sobre el escritorio de Elliot, entre los libros y la lamparita. A él le fascinaba todo lo que viniera de Asia. La iba a amar, y Danielle lo supo mientras la pagaba.
Salió con la bolsa apretada contra el costado, decidida a correr a su casa a envolverla. Sin embargo, se detuvo en seco frente al local de al lado.
Vendían mariscos, y a Elliot lo volvían loco los camarones. Danielle miró el reloj, eran las seis menos siete. Si compraba algunos, Catherine podía prepararlos, porque a ella se le daban bien esas cosas sofisticadas y a Danielle no se le daba bien cocinar nada.
Empujó la puerta.
El local seguía abierto, aunque ya estaban recogiendo. Quedaban dos vendedores, una cajera y un solo cliente: un hombre de mediana edad que discutía con uno de ellos el precio de unos ostiones con una terquedad admirable. Danielle se acercó al mostrador y revisó lo que quedaba. Todo se veía fresco a pesar de la hora.
Fue entonces cuando notó el acento.
Los dos vendedores hablaban entre ellos mientras vaciaban un puesto, y no eran estadounidenses. Danielle no logró identificar el idioma, pero le resultó áspero y bonito al mismo tiempo, lleno de consonantes que se pisaban unas a otras. Se quedó escuchándolos con curiosidad mientras esperaba su turno.
Afuera chirriaron las gomas de un auto. Fue un sonido corto y violento. Danielle puso los ojos en blanco y resopló, últimamente le daban la licencia de conducción a cualquiera.
La cajera levantó la vista hacia la puerta. En cuestión de segundos, se desató el infierno.
Tres hombres entraron al local. Iban vestidos de negro y llevaban pañuelos atados sobre la mitad inferior del rostro. Ninguno gritó, ninguno pidió nada, ninguno dijo una sola palabra. Y esa fue la parte que Danielle no alcanzó a entender a tiempo, porque los asaltos que ella había visto en el cine siempre empezaban con alguien gritando.
El primero levantó el brazo y le disparó a la cajera en el pecho. La mujer cayó hacia atrás contra el estante y arrastró consigo una bandeja metálica que reventó contra el piso. Danielle escuchó el estruendo mucho después de haberlo visto, como si el sonido hubiera llegado por otro camino.
Nadie había levantado la voz. Nadie había pedido dinero. Nadie iba a pedirlo. ¿Y qué clase de ladrón entraba a un local sin exigir nada?
Ninguno. Porque aquellos hombres no habían entrado a robar: habían entrado a matar a todo el mundo.
