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A Anastasia se le escapó una risita nerviosa.

—Sí —respondió, y dejó la bolsa de las compras en el suelo—. ¡Te dije que lo haría!

—Esta vez sí le pongo el azúcar. —Él le guiñó un ojo.

—Y esta vez lo pago yo —replicó ella, sacando el monedero antes de que él pudiera adelantarse.

—¿Pagar? —Elliot ...

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