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Uno de los vendedores sacó un arma de debajo del mostrador y devolvió el fuego. El otro no llegó a intentarlo siquiera: se desplomó de costado y Danielle no necesitó mirarlo dos veces para saber que estaba muerto.
Entonces el local entero se convirtió en ruido. Los disparos se multiplicaron, reventaron cristales, hicieron saltar astillas de los estantes y arrancaron pedazos de yeso de las paredes. Danielle trató de correr hacia la puerta y comprendió, en el mismo movimiento, que la puerta era justo el lugar donde estaban ellos.
No había salida. Estaba encerrada allí adentro con todos ellos.
Se lanzó al suelo en un acto de pura desesperación y rezó por que ninguna bala perdida la encontrara. Se arrastró hacia el fondo entre hielo derretido, pescado y vidrio roto. Se abrió la palma de la mano con algo, sintió el ardor y siguió avanzando, porque aquella era, con muchísima diferencia, la menor de sus preocupaciones.
El otro cliente había quedado tirado a un metro de ella. Danielle vio el hilo de sangre que le bajaba desde el pecho hasta el piso y el charco espeso que crecía debajo del cuerpo, y tuvo que morderse la mano para no gritar.
«Ese hombre estaba discutiendo por unos ostiones hace un minuto», pensó, y la idea le pareció tan absurda y tan monstruosa que estuvo a punto de reírse. Ella no podía morir así. No allí, no de esa manera, no a esa edad. Le quedaban demasiadas cosas por hacer.
Uno de los enmascarados soltó un gruñido y se llevó la mano al hombro derecho. El vendedor le había acertado. Sin embargo, otro de ellos giró con una calma que no tenía nada de humana y le disparó al vendedor en la cabeza. La sangre salpicó el cristal del armario que tenía detrás y los últimos paquetes de ostiones que quedaban adentro.
Después de eso, vino el silencio.
Duró apenas unos segundos y fue peor que todo lo anterior. Danielle se hizo un ovillo en un rincón, con la espalda contra la pared y las rodillas apretadas contra el pecho, y escuchó los gritos que empezaban a llegar desde la calle. Alguien había oído. Alguien vendría.
Pero ¿cuánto tardaría alguien en llegar? ¿Cuánto se tardaba en cruzar dos cuadras cuando se habían escuchado como quince disparos en pleno puerto?
«Váyanse —suplicó en silencio, apretando los párpados—. Ya está, ya lo hicieron, váyanse de una vez».
Uno de ellos habló. Tenía una voz ronca y dijo algo corto en aquel idioma áspero que Danielle había estado escuchando cinco minutos antes sin saber que sería lo último que escucharía en su vida. No hizo falta traducirlo: vio de reojo cómo el hombre del hombro herido caminaba entre los cuerpos y se detenía junto a cada uno.
Un disparo. Otro. Los estaba rematando uno por uno, y no quedaba nadie más que ella.
No pudo contener el sollozo. Le salió del pecho más alto de lo que habría querido y el temblor se le fue por todo el cuerpo sin que pudiera hacer nada por detenerlo. Cerró los ojos con toda su fuerza. No iba a mirar. No pensaba mirarle la cara a la muerte.
No iba a graduarse. No iba a darle a Elliot el regalo que llevaba en la bolsa, tirada a dos metros de ella con la estatuilla adentro. Ni siquiera iba a llegar a cenar esa noche con sus padres. No habría más clases, ni más discusiones en el auto, ni más canciones en la radio, ni más nada.
Nada... No habría más nada.
Sería un número en la sección de sucesos, una fotografía del anuario en un periódico que la gente doblaría para envolver otra cosa. ¿Cuánto duraba una noticia así? ¿Dos días? Y lo peor, lo verdaderamente insoportable, no era su propia muerte, sino poder ver con una nitidez atroz el cementerio, el llanto de su madre y su padre, la cara de Catherine y la de Elliot cuando se lo dijeran. Ellos tendrían que seguir viviendo con eso. Ella no.
Unos pasos se detuvieron justo delante de ella. Danielle permaneció encogida en el suelo, rodeada de cristales y de sangre ajena, sin nada con que defenderse. Suspiró y dejó que las lágrimas le corrieran por la cara sin secárselas. Ya no tenía sentido.
Entonces uno de los otros dos le gritó algo al que la tenía delante, en el mismo idioma de antes. Fueron cuatro o cinco palabras rápidas, impacientes, y a Danielle le pareció distinguir un nombre al principio de todas ellas.
Vladimir... ¿O acaso se lo estaba inventando? ¿Podía una cabeza a punto de apagarse armar una palabra conocida con los pedazos de un idioma que no entendía? De cualquier modo, aquello la hizo abrir los ojos.
Y si iba a morir, decidió Danielle, ese desgraciado se iría de allí cargando con su mirada. Que se llevara su miedo y su odio. Que le costara algo, aunque fuera muy poco, aunque fuera solo un segundo de incomodidad en toda su miserable vida de asesino.
Alzó la cabeza y lo miró de frente. Era alto y ancho de hombros, y el pañuelo negro le cubría desde el puente de la nariz. Tenía el pelo castaño oscuro y brillante, con algunos mechones caídos sobre la frente. La cicatriz de un corte viejo le partía la ceja izquierda en dos.
Y más abajo estaban los ojos. Eran de un azul imposible, como un mar antes de una tormenta, y eran los más fascinantes y los más fríos que Danielle había visto jamás. La miraron sin curiosidad, sin odio, sin nada. La miraron como se mira una silla que hay que sacar de una habitación.
Esos serían los últimos ojos que ella vería...
Él levantó el arma y le apuntó sin la menor vacilación. Danielle no apartó la vista, aunque el corazón le estaba latiendo a un ritmo frenético.
Y entonces, en la última fracción de segundo, ocurrió algo que Danielle no supo interpretar: el cañón se movió.
Fue un desplazamiento mínimo, de dos o tres centímetros, tan pequeño que ella habría jurado después que se lo había imaginado. Pero los ojos azules cambiaron en ese mismo instante. Cambiaron como cambia la cara de quien acaba de perder una discusión consigo mismo.
El estruendo le llenó la cabeza. Un dolor imposible le atravesó el pecho, se le fue todo el aire de los pulmones y el suelo se inclinó hacia un costado. Danielle escuchó cómo su propia respiración se convertía en un silbido roto y lejano.
Lo último que vio, antes de que todo se apagara, fue aquella figura vestida de negro que seguía de pie frente a ella. No se había movido. No la estaba rematando.
Solo se había quedado mirándola mientras ella se desangraba.
