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Vladimir avanzó despacio hacia el hombre que lo había amenazado. No tenía prisa: el tipo estaba atado a una silla y no tenía a dónde ir. Le acercó el filo al cuello. Al Morozov le estaba temblando todo el cuerpo ante la cercanía de aquel pedazo de metal afilado, y Vladimir se regodeó en cada segundo...

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