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Vladimir se ajustó el pañuelo negro sobre el puente de la nariz, empujó la puerta del local a las seis menos cinco y supo, apenas puso un pie adentro, que aquello iba a durar menos de cinco minutos.

Había hecho ese cálculo un centenar de veces en su vida y jamás se equivocaba. Había dos vendedores, una cajera, un cliente discutiendo por unos malditos ostiones y una chica de espaldas junto al mostrador. Cinco personas. Había una puerta al fondo que daba a la cámara fría y ninguna otra salida. Sus dos hombres detrás de él. La calle estaba vacía y la policía a doce minutos largos de allí, si es que alguien se molestaba en llamarla, cosa que en esa parte del puerto nadie hacía nunca.

Le había prometido a su padre que no habría sobrevivientes ni testigos, y esa era la clase de promesa que Vladimir cumplía sin pensarlo. Levantó el brazo y disparó primero contra la cajera, porque la cajera era la que tenía el teléfono del local cerca de la mano.

Después de eso todo se movió muy rápido, tal como debía ser.

Uno de los bastardos resultó tener más agallas de las que aparentaba y sacó una pistola de debajo del mostrador. Alcanzó a soltar tres tiros y uno de ellos le entró a Yuri en el hombro derecho, lo que le arrancó una sarta de maldiciones en ruso que se escucharon por encima del ruido. Aquellos hijos de perra vendían pescado, se suponía que ninguno iba armado. Vladimir ni siquiera se agachó. Giró sobre el talón izquierdo, apuntó y le puso una bala en la cabeza al tipo antes de que este pudiera corregir la mano.

El cuerpo se fue hacia atrás y reventó el cristal del armario. Luego todo se quedó en silencio por unos doce segundos, quizás quince.

Vladimir bajó el arma. El local olía a pólvora, a mar y a sangre, y a él ese olor no le decía nada. Hacía años que había dejado de decirle algo. En eso se parecía a su padre más de lo que ninguno de los dos habría admitido en voz alta.

—Rematen —ordenó en ruso.

Yuri empezó por el vendedor caído, sujetándose el hombro con la mano libre y soltando un juramento entre dientes cada vez que apretaba el gatillo. Vladimir avanzó hacia el fondo por encima del hielo y de los pedazos de vidrio, pasó junto al cliente muerto y llegó hasta donde estaba la chica.

Ella se había arrastrado hasta el rincón. Estaba hecha un ovillo contra la pared, con las rodillas contra el pecho y las manos apretadas sobre la boca. Le estaban temblando tanto los hombros que de lejos habría parecido que se estaba riendo. Tenía la palma derecha abierta por un corte, sangre ajena en la falda y los ojos cerrados con todas sus fuerzas.

Vladimir la miró y calculó lo mismo que calculaba siempre.

No era nadie. No trabajaba allí, no era Morozov, no tenía la menor relación con nada de aquello. Solo había cometido el error monumental de entrar a comprar pescado a las seis de la tarde. Era, con toda probabilidad, una estudiante que vivía a unas cuadras y que había ido a hacer un mandado.

Nada de eso importaba, maldita sea. No era la primera persona sin nada que ver que se cruzaba en el camino de un trabajo suyo, y jamás había sido un problema. Los testigos no eran personas: eran cabos sueltos. Su padre se lo había explicado a los quince años con una calma que a Vladimir todavía le parecía la lección más útil que había recibido nunca.

Levantó el arma. Y entonces ella abrió los ojos.

Lo miró de frente, eso fue todo. No suplicó, no habló, no levantó las manos para cubrirse la cara como hacían casi todos. Simplemente levantó la cabeza y lo miró a los ojos, temblando de arriba abajo, con la barbilla mojada de lágrimas y una expresión que Vladimir tardó un segundo entero en identificar porque no estaba acostumbrado a verla en ese momento concreto. No era miedo. O no era solamente miedo.

Era rabia.

Aquella chica que no llegaba a los sesenta kilos y que estaba aterrorizada en el suelo de una pescadería había decidido que iba a morir mirándolo a la cara. Que él tendría que hacerlo con los ojos de ella encima. ¿De dónde sacaba ese valor? Vladimir apuntó al centro del pecho de la chica y el dedo se le detuvo sobre el gatillo.

«Aprieta», se ordenó.

Pero no lo hizo.

Fue medio segundo, quizás menos, un espacio de tiempo tan pequeño que ninguno de sus hombres lo notó. Sin embargo, para Vladimir duró una eternidad entera, porque en ese medio segundo el cuerpo le tomó una decisión que la cabeza no había autorizado: la mano se le fue hacia un lado. Tres centímetros, tal vez cuatro. Lo justo para que la bala entrara alto, lejos del centro del pecho.

—¡Vladimir, acaba de una vez...! —le gritó Yuri desde la entrada—. ¡Hay que salir de aquí!

Y eso fue lo que lo hizo apretar el gatillo. No fue la decisión ni el entrenamiento: fue un grito impaciente a unos metros de distancia, en ruso, con su nombre por delante.

El impacto la lanzó contra la pared y la dejó tirada de costado sobre los cristales. Vladimir supo exactamente dónde había entrado la bala, porque él siempre sabía dónde entraban sus balas. Y supo también, en ese mismo instante, que había entrado limpia y alta, lejos de todo lo que importaba, y que si aquella chica llegaba a un quirófano en la próxima hora saldría caminando de él.

Se quedó allí parado, mirándola. No se había movido de su sitio y no estaba haciendo nada de lo que debía estar haciendo. Bastaba con bajar el cañón diez grados y soltar un segundo tiro. Un segundo tiro y aquello no habría pasado nunca. Un segundo tiro y él seguiría siendo el mismo hombre que había cruzado esa jodida puerta un minuto antes.

—¡Vladimir!

Aquello lo sacó del trance como un cubo de agua fría. Bajó el brazo, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta sin volver a mirar el rincón.

—Vámonos —ordenó.

Afuera ya se escuchaban voces en la calle y alguien gritaba desde una ventana, así que los tres se metieron en el auto y arrancaron. Vladimir tomó la primera salida del puerto, lejos del agua, con las manos firmes sobre el volante y la respiración tranquila.

Yuri no paraba de maldecir en el asiento trasero mientras se apretaba el hombro con un trapo.

—Limpio... —comentó el otro, en ruso, encendiendo un cigarrillo—. Menos de cuatro minutos. Su padre va a estar contento.

Vladimir se limitó a asentir. Menos de cuatro minutos. Cinco personas. Nadie había visto una cara, nadie podía identificar un auto. Era un trabajo perfecto, del tipo que él llevaba haciendo desde los diecinueve años, y en cualquier otra tarde de su vida estaría saboreándolo en ese preciso momento.

Sin embargo, tenía la mandíbula tan apretada que empezaba a dolerle el cuello.

No era el miedo a su padre. Viktor era la única persona del mundo capaz de asustarlo de verdad, pero ese no era el problema, o no era el problema todavía. Un balazo era un balazo, la gente se desangraba, la gente se moría de camino al hospital, y había maneras de arreglar un asunto así antes de que llegara a convertirse en un inconveniente real.

El problema era mucho peor que eso y Vladimir lo sabía mientras conducía. El problema era que él no fallaba. Nunca. ¿Y qué clase de hombre era entonces, si acababa de hacerlo?

Le había disparado a hombres que le rogaban con la voz rota, a un tipo que le había enseñado la foto de su hija, a un viejo que se había orinado encima del miedo en un estacionamiento hacía tres inviernos. Vladimir Volkov no dudaba, y eso no era una virtud ni un defecto: era, sencillamente, lo que él era. Lo único que era.

Y hacía diez minutos había movido la mano. Volvió a ver aquellos ojos mirándolo desde el suelo, llenos de lágrimas y de furia.

—¿Todo bien, jefe? —le preguntó Yuri desde atrás.

—Todo bien... —respondió Vladimir sin apartar la vista de la calle.

Era la primera mentira que decía en años, y ni siquiera era la que le preocupaba. La que le preocupaba era la que tendría que decirle a su padre esa misma noche.

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