CAPÍTULO 150

Me quedé en el coche con el motor apagado, las manos aún aferradas al volante, mirando la fachada de la casa como si pudiera darme algún tipo de respuesta. El silencio dentro del coche era pesado, espeso, casi ensordecedor. Todavía podía olerla—aquel perfume mezclado con algo dulce del Museo del Hel...

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