Capítulo 32 Mundo dominante.

Él no tenía prisa. Se reclinó ligeramente en el asiento de cuero, obligándome a quedar a horcajadas sobre él, manteniendo sus manos quietas un segundo solo para dejar que el silencio y la cercanía hicieran su trabajo.

—Mírame, Rissa —ordenó, y su voz sonó como un látigo de seda—. No cierres los ojo...

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