Capítulo 3 El jefe

Los tacones de Arlene hacían ruido al caminar, estaba un poco nerviosa por el asunto, no porque creyera qué fuese una tarea complicada, sino porque no conocía quien y como era el CEO de aquella compañía.

Se había asesorado respecto a la compañía, sabia cuál era su valor en el mercado, la estabilidad de sus acciones y quienes eran sus inversionistas, pero en cuanto al CEO, eso era otro tema.

Lo único que sabia sobre él, es que era dueño y presidente de su propia empresa, soltero e ingeniero en sistemas, pero solo eso y es que mientras investigaba, no creyó qué aquella información fuese realmente relevante, puesto que era impensable el suponer qué en algún momento, ella se topará con él. Se sintió culpable por no averiguar al menos su aspecto, así que decidió buscarlo en Internet, tenía que haber alguna fotografía suya en línea, pero cuando subió al ascensor descubrió que la señal de su compañía telefónica era más que mala, las barritas de su teléfono celular habían desaparecido, así que desistió y torció un poco los labios ante ese pequeño inconveniente, no le quedaba más remedio que preguntar en recepción.

Luego de un par de minutos llego a la planta baja, había varias personas en ese lugar, entre clientes, visitantes y empleados. Por lo general ese sitio no era tan concurrido, pero todo el mundo esperaba la llegada de Jay Winter.

Arlene se aproximó al mostrador en donde atendían dos mujeres de aspecto pulcro y fresco. Ambas eran jóvenes, de sonrisa blanca y amplia, el típico estilo de una recepcionista, así que se acerco a una de ellas, aunque antes de abrir los labios, le dedico una sonrisa tímida, por supuesto, como una disculpa previa por molestarla cuando era claro que estaba ocupada.

—Buenos días—expresó Arlene con un evidente nerviosismo en su tono de voz—soy pasante en el área de mercadeo y ventas. La señorita Quinn me envió a averiguar si el CEO ya arribo a la empresa.

La recepcionista alzó las cejas sorprendida por su franqueza y la forma tan directa de hablarle, cualquier otro pasante se habría abstenido de hablar con ella y esperar al jefe por sí mismos, no había nadie quien no lo conociera, así que, sin que Arlene se lo dijera, intuyo qué debia ser nueva.

—El jefe no debe tardar—se digno a responder, sin olvidar añadir una simpática sonrisa—ahí hay un par de reporteros esperándole, así que podrás reconocerlo cuando ellos se acerquen a él.

—Muchas gracias—respondió Arlene con una sonrisa, pero al menos para la recepcionista era lo menos en que podía ayudarla, era la primera pasante que era amable con ella. La mayoría eran recomendados de algún empleado de la empresa y, por lo tanto, casi se sentían dueños del lugar, aquella chica no era como el resto y se notaba en su ropa, los pasantes, por lo general, no solían vestir tan formal como ella, de hecho parecía toda una ejecutiva, además de que era linda.

Arlene se quedó al lado de una columna, no muy lejos de donde se encontraban los hombres que la recepcionista había señalado como reporteros, estando ahí no sería una molestia para nadie, ademas de que también tenía una buena vista del lugar. Desde su posición, podía observar una sala de espera compuesta de varios sofás de cuero bastante finos, varias plantas y una mesa de cristal donde se encontraban varios catálogos, folletos y más información sobre la empresa, además del desarrollo de la misma.

Luego de posar su vista en los pasillos que se lograban ver desde su posición, Arlene se percató de la llegada de un auto negro bastante lujoso, quiso suponer que le pertenecía al hombre a quien esperaba, pero no fue sino hasta que los periodistas se levantaron de sus asientos que ella también se vio en la necesidad de alzar el cuello con la intención de verlo con mayor claridad antes de que esos hombres obstaculizaran su vista.

Luego de unos segundos, un hombre entro por ambas puertas de cristal que tenían una enorme letra "W" llevaba un traje de color azul, unos zapatos color café oscuros, ademas de que en su cuello y en sus mangas se vislumbraba el pulcro color blanco de su camisa.

Tal y como lo había sospechado, los periodistas no perdieron el tiempo para rodearlo con sus micrófonos, cámaras e incluso teléfonos móviles, así que, en un principio Arlene no logro ver bien su rostro, aunque realmente no hacia falta, se suponía qué la señorita Quinn le había pedido darle la información de la llegada del jefe, pero por lo que logro ver a la distancia, el CEO era bastante joven y quizás atractivo. Al ver que el jefe ya había arribado al edificio, pensó ella también tenía cierta curiosidad por conocerlo, quizás sería la única ocasión en que estaría tan cerca de un hombre bastante importante, aunque debia apresurarse a subir a comunicarle a su jefa inmediata, ya que parecía que intentar ver el rostro del dueño de la empresa sería una tarea imposible.

Así que se dio media vuelta y camino hasta el ascensor, el cual, por suerte estaba desocupado, entro y enseguida oprimió el botón que la llevaría a la oficina de mercadeo y ventas, pero antes de que este terminará de cerrarse, una mano bastante grande y gruesa evito que el ascensor partiera, aquella mano pertenecía a uno de los guardaespaldas del dueño y fundador de la empresa, Jay Winter.

Por lo que cuando Jay cruzo las puertas, los guardaespaldas se quedaron abajo para evitar que los periodistas que no habían sacado una cita previa, no lo molestaran.

Los primeros segundos, Arlene no reconoció al hombre que tenía enfrente, con la ropa lujosa, la colonia para caballero, los zapatos de Egipto, el cabello bien peinado y sus músculos bien moldeados, era imposible reconocer al hombre que alguna vez había sido su esposo, pero cuando Jay se dio cuenta de su presencia y ambos cruzaron miradas, finalmente vio en ese rostro atractivo al mismo hombre que cuatro años atrás había estado unido a su vida.

Ninguno de los dos pudo decir nada, Arlene estaba estupefacta, la última vez que había visto a Jay había sido en los juzgados, el día en que su matrimonio había terminado, pero el hombre que había ido a firmar su acta de divorcio era muy diferente del que tenía enfrente. Se dijo a sí misma que aquello debia ser una confusión o incluso una aparición por no desayunar debidamente, incluso llego a pensar que se había desmayado en alguna parte y su consciencia le estaba jugando una broma bastante pesada, porque eso no podía ser real, no podía ser cierto.

Jay Winter, por otro lado, se sintió incómodo en un primer momento, él había creído que después del divorcio jamás volvería a ver a Arlene, no porque no quisiera, puesto que él, muchas veces había intentado contactarla para convencerla de resolver sus problemas antes de llegar al divorcio, pero Arlene se había marchado del pequeño pueblo en donde habían compartido sus momentos más felices. Verla ahí solo tenía un significado para él, su ex esposa solo estaba ahí para sacar provecho de él.

—¿Qué haces aquí? —bramo Jay tomándola por el brazo con brusquedad y ese comportamiento tan impropio de él, desconcertó y asustó a Arlene a tal grado que ella no pudo pronunciar ni una sola palabra hasta que pudo reaccionar.

—¡Eso no es de tu incumbencia! —logro decir dirigiéndole una mirada mordaz, aunque un segundo más tarde se arrepintió de haber hecho tal estupidez. ¡Él era el jefe!

Jay estuvo a punto de abrir los labios para seguir discutiendo, pero ya que Arlene había oprimido el botón del piso en que bajaría, las puertas se abrieron.

En el pasillo se encontraban algunas personas, en su mayoría personal del edificio de los diferentes departamentos administrativos de la empresa, claro que ninguno se hubiese atrevido hacer algo o cuestionar el trato que el jefe estaba teniendo con la mujer a su lado, pero Jay tenía una reputación qué cuidar, si había aprendido algo del mundo empresarial, era que la reputación era la reputación de su empresa y no iba a tirar todo su esfuerzo, lágrimas, sudor y sangre por esa mujer, así que la soltó y dejo que se marchará.

Mientras tanto, Arlene camino con la cabeza en alto, pero con un tremendo nudo en la garganta, apenas podía creer lo que estaba pasando, aunque todo eso era más bien una horrible pesadilla.

“¿Por qué él?” se preguntó para sus adentros mientras caminaba a toda prisa, tratando de soportar el llanto qué suplicaba por salir.

En vez de ir a su nueva oficina, decidió dirigirse a los baños, los había visto de reojo antes de llegar a la oficina, entro rápidamente al de mujeres, como si su vida o su estómago dependiera de ello y se encerró en uno de los cubículos para tratar de calmarse, aunque el baño no era precisamente el lugar adecuado, pero solo ahí pudo juntar sus manos sobre su rostro para poder llorar, más no de dolor, sino de resentimiento y enfado.

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