Capítulo 4 La barra de chocolate
Arlene caminó por el pasillo sin mirar atrás, en una especie de trance autoinfligido. No podía creer ni comprender lo que estaba pasando o mejor dicho, lo que había visto.
Aquel imponente hombre, atractivo y bien vestido, era el mismo hombre que años atrás la había hecho sufrir como ninguna otra persona en su vida lo había hecho, pero el Jay Winter que ella conocía era muy diferente de aquel hombre que le había dirigido una mirada mordaz y que de haber podido la habría matado en ese mismo momento o al menos así le parecio.
Cuando cruzo la puerta olvido por completo que debia informarle a la señorita Quinn la llegada del CEO, así que se fue directamente al escritorio que se le había asignado y justo ahí, después de sentarse, coloco su cabeza sobre la superficie del escritorio, cerro los ojos y trato de contar hasta diez para tratar de controlar la ansiedad que comenzaba a apoderarse de ella, pero cuando su jefa, quien estaba en el teléfono esperando recibir una noticia del CEO de la empresa, levanto la cabeza y enseguida se percató de su presencia.
Frunció un poco el ceño al verla en esa posición tan extraña y a menos que le doliera la cabeza o el estómago, era extraño ver a algún pasante estar de esa forma, ademas de que era su primer día ¿Por qué habría de sentirse mal?. La señorita Quinn se levantó de su asiento y se aproximó a Arlene con cierta precaución e impaciencia.
—Oye—la toco en el hombro e inmediatamente Arlene alzo la cabeza. Cuando la señorita Quinn la vio, se percató de que su rostro se había tornado pálido como si hubiese visto a algún fantasma, entonces al ver su sombrío aspecto, cambio drásticamente la pregunta original que deseaba hacerle a la nueva pasante— ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí, no se preocupe, solo creo que se me bajo un poco la presión—respondió Arlene con un claro tono nervioso en su voz.
—¡Oh!—logro decir su jefa comprendiendo a la perfección como debia sentirse, puesto que ella misma había experimentado esa horrible sensación, así que enseguida se devolvió a su escritorio y de ahí saco de uno de sus cajones una barra de chocolate, para después volver a donde se encontraba Arlene y extendérsela como una muestra de comprensión— aquí tienes.
Arlene miro la barra de chocolate y para su desgracia, aquel acto de buena fe de la señorita Quinn, le recordó a ese ingrato, puesto que ese chocolate era uno de sus dulces favoritos o al menos eso era lo que recordaba. El último año en que habían estado casados, unos meses antes de tomar la decisión de divorciarse, ella le había regalado una barra de ese chocolate, puesto que no tenía dinero suficiente para comprarle nada más. ¿Cómo era posible que ni siquiera su recuerdo la dejara disfrutar de su sufrimiento?
—G-gracias—dijo con voz nerviosa, más lo hizo por cortesía porque no todos los días, tu jefe inmediato tiene compasión de ti y te regala un dulce para que sientas mejor, pero sabia que no lo comería, por nada del mundo.
—Entonces...—enuncio la señorita Quinn, algo avergonzada por tener que insistir en el tema—¿Viste al CEO o no?
Arlene alzó la mirada y de no ser su jefa, le hubiese dirigido una mirada mordaz, pero al no poder, se vio obligada a asentir, pero hacerlo le costó una parte de su orgullo y dignidad.
“Ese maldito” pensó al recordar lo que había pasado en el ascensor.
—Muchas gracias—dijo la señorita Quinn sacando su teléfono móvil para confirmarle a los demás jefes de áreas qué el CEO ya estaba en el edificio, aunque la señorita Quinn no había sido la única en enviar a algún mensajero para confirmar su llegada.
Cuando la señorita Quinn se dio la vuelta, Arlene la observo caminar hasta detenerse junto a su escritorio y justo de uno de los cajones, tomó una carpeta blanca que llevo consigo. Ella intuyó que tal vez la señorita Quinn pretendía
Estando sola, Arlene se atrevió a ocupar la computadora frente a ella para confirmarse a sí misma lo que sus ojos habían visto, pero lo cual era imposible de creer, al menos para ella.
Al abrir un navegador de búsqueda coloco el nombre de su ex-esposo, el cual ahora parecía haber cambiado su vida drásticamente. Cruzó los dedos, deseando que fuera una mentira y que lo que había pasado allá abajo fuese producto de su imaginación o incluso una alusión y lo único que necesitaba era medicarse para estar bien y hacer desaparecer ese fantasma de su pasado, pero cuando la página mostró los resultados, vio con horror varias fotografías de Jay Winter en los últimos años. Él había ganado varios premios por la realización de algunos proyectos en los que había trabajado con algunos estudios que habían logrado ser los mejores bajo su liderazgo, de hecho, por esa razón estaban los reporteros abajo, querían entrevistarlo y felicitarlo por el último premio qué había ganado.
Ahora entendía por qué su jefa se dirigía justo a la oficina de ese patán, quizás para hacer lo mismo que esos reporteros y por un instante, quiso seguirla hasta volver a encontrárselo solo para reclamarle todo lo que había pasado por su culpa y así exponer la verdad al mundo si tenía la oportunidad de hablar con los reporteros, pero su lógica y sensatez le dijo que debía calmarse, pues de nada servía ir a su oficina a hacer todo un escándalo para qué terminarán despidiéndola.
Debia pensar en ella antes que dejarse llevar por su resentimiento. Antes que nada debía terminar su pasantía, muchos de sus compañeros habían hecho la solicitud para obtener el puesto y no solo ellos, sabia que otras universidades habían hecho la postulación para que alguno de sus alumnos obtuviera el puesto, pero de todas esas personas que habían rechazado, ella había resultado la ganadora y no porque Jay Winter fuese su ex-esposo, sino porque ella lo había ganado con su esfuerzo.
No podía darle a Jay la satisfacción de despedirla y claro tampoco podía huir, puesto que se suponía que esa pasantía era el inicio de su camino para tener una nueva vida, así que no se iría por culpa de ese idiota cuando su futuro dependía de ello, pero... ¿Y si él optaba por despedirla?
Arlene movió los dedos por encima de la superficie de su escritorio, tensa y preocupada ante la idea de que Jay se atreviera a tal bajeza, pero teniendo en cuenta lo que había pasado en el ascensor, dedujo que la idea de despedirla sería muy tentadora para su ex-esposo. Era toda una locura que el mismo hombre que alguna vez había sido su incondicional esclavo, se había convertido en su capataz y probablemente, también su verdugo.
Abrió la maldita barra de chocolate y le dio la mordida más grande que pudo, mastico disfrutando su sabor, aunque interiormente, se imaginó que esa barra era su ex y que en esta ocasión, no dejaría que su vida se arruinara por su causa. Así que tomo algunas carpetas y se puso manos a la obra.
Se dijo a sí misma que ese imbécil no merecía que ella trabajara para su compañía, pero iba a demostrarle con su trabajo que ella ya no era la misma mujer que había permitido que le ocasionara tanto dolor. Reviso cada carpeta, cada documentos que estaba regado alrededor de su asiento y para cuando llegaron los demás pasantes. Descubrieron con asombro que la gran pila de documentos, no solo había disminuido, sino que también ya había sido entregado a su lugar correspondiente para su revisión.
No era medio día cuando la señorita Quinn regreso de su reunión improvisada en la que todos los jefes de los departamentos habían organizado para recibir al jefe de jefes. Por supuesto, como todos los demás, se sorprendió de que Arlene hubiese terminado el trabajo de una semana en tan solo un par de horas. Claro que en realidad, el trabajo que Arlene debia realizar no era para nada difícil y solo consistía en revisar los datos que el departamentos tenía con lo que el sistema tenía registrado, pero era trabajo que ninguno de sus pasantes había querido realizar y claro aunque era la jefa de ese departamento, ya que los pasantes no recibían ayuda económica, no podía obligarlos a realizar tareas que realmente la pertenencia a empleados por contrato.
Cuando llego a su escritorio, tomo uno de los documentos que Arlene había dejado para ella, apenas le echo un ojo, pero ese vistazo fue suficiente para saber que esa chica era más que eficiente y aunque seguramente su ánimo por trabajar le traería problemas con otros pasantes, se dijo a sí misma que la observaría y dependiendo de su desempeño, vería si ella valía lo que recursos humanos le había prometido.
