Capítulo 7 Coqueteo

El zumbido del motor del Mercedes era lo único que llenaba el espacio entre ellos, un ronroneo metálico que apenas lograba disimular que no tenia un tema en comun que no fuera mas alla del trabajo o el hermano de Grace. Para Jay Winter, ese silencio pesaba demasiado, pero era una barrera física que lo aislaba del mundo exterior mientras maniobraba con precisión medida hacia la salida del estacionamiento subterráneo. Sus manos, de nudillos blancos, apretaban el volante de cuero con fuerza innecesaria, como si temiera que, de soltarlo, su realidad entera se desmoronara.

En el asiento del copiloto, Grace mantenía la mirada fija en las luces de la ciudad que comenzaban a desfilar por la ventana, Jay apenas podía notaba su presencia, aunque su fragancia sutil, un aroma a jazmín y papel nuevo, flotaba en el espacio tan reducido que compartian. Su mente, sin embargo, estaba a kilómetros de distancia, atrapada cuatro años atrás.

Se veía a sí mismo en la pequeña casa que habia sido de los abuelos de Jay, un lugar que por dos años fue un hogar hermoso. Recordaba el sonido de las teclas de su vieja computadora y el movimiento de sus dedos a las dos de la mañana tratando de programar sin equivocarse: las facturas de servicios vencidos acumuladas sobre una mesa de cocina que cojeaba. Y sobre todo, recordaba el silencio que la ausencia de Arlene habia dejado al marcharse..

Su nombre golpeaba su pecho como un dolor persistente que se negaba a dejar de lastimarlo. Verla hoy en los pasillos de su empresa, su propio imperio construido sobre las cenizas de su miseria, lo había dejado en un estado de shock absoluto. Llevaba una pase de acceso de la empresa y habia bajado del ascensor moviéndose como una empleada más entre los cientos que trabajaban para él. Por suerte nadie en el edificio sabía que esa mujer de mirada esquiva había sido su esposa, nadie sospechaba que ella, alguna vez habia sido su razon de aquella ambición desmedida que lo habia impulsado a crear una empresa como la que tenia y, simultáneamente, la causa de su desconfianza hacia el mundo.

¿Por qué volviste?, se preguntaba con una amargura que le quemaba la garganta. Suponía, con un cinismo que se había vuelto su segunda piel, que ella finalmente se había enterado de su ascenso. Ella se había marchado cuando él no era más que un hombre con sueños rotos y bolsillos vacíos, en su momento más vulnerable, justo cuando el mundo parecía cerrarse sobre sus hombros como una losa de cemento.

Jay nunca quiso ese divorcio, la amaba con una desesperación que hoy le causaba náuseas de puro resentimiento. Si ella se hubiera quedado solo un par de meses más, si hubiera tenido un gramo de fe en el hombre que dormía a su lado, hoy estarían celebrando juntos esa fortuna que tal vez habia empezado a despreciar cuando era solo una promesa lejana, pero el destino, o quizás esa frialdad calculada que él nunca terminó de comprender en ella, los había separado de forma definitiva, dejando solo cicatrices cubiertas por trajes de sastre caros.

—Estás muy serio, Jay —la voz de Grace, suave pero cargada de una observación aguda, rompió el hilo de sus pensamientos como una cuchilla afilada.

Jay parpadeó, sintiendo cómo sus pupilas se ajustaban a las luces de neón del tráfico. Se obligó a relajar los hombros, liberando la tensión de su espalda, y aflojó el agarre sobre el volante. No podía permitirse que Grace viera dudar al CEO respetable que ella parecia admirar, ademas no era bueno que Grace lo viera asi, cuando ella era tecnisamente los ojos y oidos de su padre y su opinión era vital para mantener a su padre en sus propios negocios sin interferir en los suyos.

—Solo cosas del trabajo, ya sabes cómo es —respondió él, modulando su voz para que sonara profunda y controlada—. El cierre de trimestre siempre trae variables inesperadas, pero no graves, solo me gusta anticiparme.

Intentó esbozar una sonrisa, esa expresion profesional que usaba en las juntas directivas para proyectar un control absoluto del que carecía en ese instante. Grace asintió lentamente, aunque sus ojos oscuros, inteligentes e intuitivos, sugerían que no se tragaba del todo el señuelo. Ella era una mujer de pocas palabras, educada, orgullosa y reservada por naturaleza. Jay siempre había respetado esa distancia, había una elegancia en su timidez que la hacía parecer una figura de porcelana fina, inalcanzable para la mayoría de los hombres que solo veían en ella un apellido influyente.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era distinto, menos agresivo. El tráfico fluía mientras la lluvia empezaba a puntear el parabrisas.

—Hablando de sorpresas —continuó Grace, rompiendo su propia reserva mientras jugueteaba con la correa de su bolso de diseñador—, mi secretaria me dio la noticia oficial esta tarde. Se jubila a finales de mes. Habia trabajado para mi padre más de veinte años, creo que él me la asigno creyendo que duraria otros 20 años mas. Voy a tener que avisar a Recursos Humanos para que inicien el proceso de selección y envíen a alguien pronto. No me gusta que las tareas se acumulen.

Jay asintió en silencio, sin embargo, Grace no se detuvo ahí. Giró levemente la cabeza, buscándole la mirada de reojo, y Jay notó un brillo inusual, casi travieso, en sus pupilas.

—Si me dejaras, te robaría a la tuya —soltó ella con una pequeña sonrisa que mantenía a raya su habitual seriedad—. Tu secretaria tiene una paciencia que yo claramente no poseo para lidiar con ciertos temperamentos... digamos, complicados.

La pequeña broma tomo a Jay totalmente desprevenido. Conociendo lo meticulosa y comedida que solía ser Grace, ver ese destello de picardía, un intento humano de conectar con él fue como una bocanada de aire fresco en medio de los pensamientos intrusivos que involucraban a Arlene. Por un momento, aquello que lo atormentaba pareció empezar a desvanecerse ante la vulnerabilidad de la mujer que tenía al lado.

Jay soltó una carcajada corta y genuina, un sonido que rara vez escapaba de sus labios fuera de un evento social obligado. La risa disipó instantáneamente la tensión que aun se podia sentir en el auto.

—Cuidado, Grace —dijo él, girándose un breve segundo hacia ella mientras frenaba en un semáforo, con una sonrisa que esta vez alcanzó sus ojos—. Si intentas un golpe de estado administrativo en mi oficina, me veré obligado a llamar a tu padre para que intervenga. No creo que ningun socio apruebe el robo de talentos internos.

Grace se sonrojó levemente bajo la luz de los faros, una reacción sutil que delataba su satisfacción por haber logrado romper su muro de hielo. Se acomodó en su asiento, sintiéndose extrañamente triunfante. Por un momento, el fantasma de Arlene y el dolor de la frialdad de Arlene, se desvanecieron, permitiéndole a Jay disfrutar de la calidez de la compañía de Grace mientras la ciudad seguía girando a su alrededor.

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