Capítulo 2 ¡Sexista de mierd4!

Emma

Las siete de la mañana en punto. 

El espejo del ascensor privado de la torre corporativa de Sterling Luxury me devuelve el reflejo de una mujer que parece estar caminando hacia su propia ejecución.

Aprovecho los últimos segundos del viaje para detallarme. Mi cabello castaño, habitualmente indomable, está rígidamente recogido en una coleta alta que intenta gritar profesionalismo. Tengo unos ojos grandes y expresivos, enmarcados por pestañas oscuras que hoy solo transmiten pánico, y mis labios, pintados con el labial mate de tono nude que exige el protocolo de la empresa, están resecos de tanto morderlos por los nervios. Llevo el uniforme de la tienda insignia: una blusa blanca de seda impecable que resalta mis curvas sin perder la elegancia, una falda de tubo negra de cintura alta que llega justo por encima de mis rodillas, y tacones. 

Unos malditos tacones que hoy se sienten como grilletes.

Nunca he visto al CEO, Ian Sterling, en persona. Bueno miento, si lo vi, en una de las fiestas de fin de año de la empresa, pero fueron a lo mucho dos minutos en mis dos años trabajando aquí, y pude notar esa aura prepotente y superior, como si todos olieramos mal a su alrededor.

Dede que llegué siempre he lidiado con el gerente directo de la tienda, un hombre de mediana edad que se desmaya si una joya se raya un milímetro. Pero el "príncipe de los cretinos", el dueño absoluto del imperio, era solo un mito. Hasta anoche.

El ascensor se abre con un sutil bip directamente en el piso de la presidencia. El suelo es de mármol negro pulido y los ventanales muestran una vista panorámica de la ciudad que marea. Mis manos tiemblan. No puedo perder este trabajo. Simplemente no puedo. Si me despiden con un escándalo de este tamaño y sin una carta de recomendación, estoy arruinada. Debo meses de alquiler, las tarjetas de crédito me están asfixiando y tengo deudas urgentes que no me dejan dormir por las noches. Si me echan hoy, Óscar Antonio y yo terminaremos en la calle antes de que termine el mes.

—Señorita Vance, el señor Sterling la espera. Pase de inmediato —me dice una secretaria con voz de robot, señalando unas imponentes puertas de madera de roble oscuro.

Trago saliva, me acomodo la falda y empujo las puertas.

El despacho es enorme, minimalista y frío. Y detrás de un escritorio de cristal templado, de pie y mirando hacia el ventanal, está él.

Cuando se gira al escuchar mis pasos, el aire se me escapa de los pulmones. Maldita sea. Sabía que era un magnate poderoso, pero nadie me advirtió que el tipo parecía esculpido por los mismos dioses. Es ridículamente apuesto. Alto, de hombros anchos que llenan a la perfección un traje de sastre gris marengo hecho a medida. Su mandíbula es afilada, cubierta por una barba de tres días perfectamente recortada, y sus labios son finos, apretados en una línea implacable. Pero lo que me congela son sus ojos. Son de un gris claro, como el granizo, intensos y desprovistos de cualquier rastro de calidez humana.

—Llega a tiempo, señorita Vance, al menos la puntualidad no es un problema —su voz es un barítono profundo que reverbera en mi pecho. Camina hacia mí con la elegancia 

peligrosa de un depredador—. Supongo que sabe perfectamente por qué está aquí.

Oh Dios… esto realmente está pasando.

—Señor Sterling... —mi voz suena más pequeña de lo que me gustaría. Me obligo a enderezar la espalda—. Sé lo que está circulando en las redes sociales, pero necesito que me escuche. Las cosas no pasaron como dicen esas publicaciones. Ese hombre, Derek Sterling, me intimidó. Me acosó descaradamente, me tocó sin mi consentimiento e intentó sobrepasarse conmigo en la tienda. Yo solo...

Me detengo un segundo, primero porque mi voz me traiciona y siento que se rompe, lo último que quiero es llorar delante de él.

Y lo segundo es  porque noto un sutil destello en sus ojos grises. Por una milésima de segundo, juro que veo una sombra de duda, un cambio casi imperceptible en su expresión, como si el nombre de su hermanastro tocara una fibra sensible. ¿Me va a creer?, pienso con una chispa de esperanza.

Pero la ilusión se evapora al instante. Su rostro vuelve a quedar impasible, duro como la piedra.

—Responda a mi pregunta, señorita Vance —dice, ignorando por completo mi alegato, con una frialdad que me hiela la sangre—. ¿Es verdad que agredió físicamente a un cliente y no ha cualquiera, sino a un miembro de la familia Sterling dentro de mi propiedad? ¿Sí o no?

La rabia empieza a abrirse paso entre mi miedo. ¿En serio no le importa lo que me hizo?

—Ya le he explicado que él….

—No estoy preguntando que hizo él, le estoy haciendo una maldit4 pregunta que se contesta con SI o No. Ahora responda.

La rabia hace que me quemen las mejillas y la prudencia se va a volar.

—¡Sí! —exclamo, apretando los puños—. Le di un rodillazo porque me estaba lastimando el brazo. ¡Era defensa propia!

Ian Sterling lleva sus ojos de inmediato a mi brazo y veo como aprieta la quijada, espero, realmente espero que sea racional, que mire que no ha sido mi culpa, pero eso es demasiado pedir para el príncipe cretino.

Estalla.

No grita, pero la furia fría que emana de él es mil veces peor. Golpea el escritorio con una mano, haciendo que el cristal vibre.

—¡¿Tienes idea de lo que has hecho?! El error que has cometido —brama, sus ojos de granizo inyectados en rabia—. ¡Has puesto mi cabeza en una bandeja de plata! Ese maldito infeliz está usando este escándalo mediático para destruir el prestigio de mi tienda insignia. ¡La fusión internacional que llevo años construyendo está pendiendo de un hilo por tu culpa! ¡Ya tengo tres de mis clientes más importantes retirando sus cuentas esta mañana porque los medios nos tachan de salvajes!

NO LO PUEDO CREER.

¿Su fusión? ¿Sus clientes? —el piso se me mueve, pero esta vez no es por miedo, es por la indignación pura que me quema las venas. La humillación me desborda

—¿Eso es lo que le importa? ¡Ese hombre me atacó! ¿Acaso mi integridad no vale nada para esta maldita empresa?

Veo como ese rostro se vuelve granito cuando me dice:

—Tal vez la atacó, pero lo que debió hacer fue llamar al vigilante, que de paso se ha ducho no debió estar ausente, o oprimir el botón del pánico que les hemos daro, no actuar como una salvaje. Recuerde, señorita Vance que para esta empresa, tú solo eres una vendedora reemplazable que no supo controlar sus impulsos —me insulta, mirándome con desprecio absoluto.

¡Hasta aquí llegué! Me importa una mierda el maldito alquiler, me importa una mierda el dinero. Nadie me pisotea de esta manera.

—¡Es usted un sexista de mierda! —le grito en la cara, dando un paso al frente. Los ojos de Ian se dilatan por la sorpresa y la furia—. ¡Claro, como es un Sterling, el pobrecito magnate es la víctima! Usted es exactamente igual a su hermano. La misma clase de basura arrogante que cree que las mujeres somos objetos que vienen incluidos con el inventario de sus joyerías. ¡Son idénticos!

El rostro de Ian se deforma en una mueca de furia ciega, casi animal. El insulto sobre su hermano ha tocado el peor de sus traumas.

—¡SUFICIENTE! ESTÁ DESPEDIDA —ruge.

El suelo se mueve bajo mis pies y el miedo me muerde sin piedad para hacerme ver lo que he causado.

—No… no puede hacer eso, ¡yo solo me defendí!

—Lo acabo de hacer.

—¡No lo acepto! Por favor…. necesito el trabajo, por favor…

Pero él parece harto de mí.

Avanza hacia mí de forma intimidante, gigante, cubriendo toda mi visión. Su presencia es tan abrumadora y su furia tan real que el instinto de supervivencia se activa tarde. Asustada por su avance, intento dar un paso atrás con rapidez para alejarme de él.

Pero mis tacones me traicionan.

El pie izquierdo se me dobla por completo sobre el mármol pulido. Pierdo el equilibrio de golpe. Siento el vacío y mi cuerpo cae hacia atrás con violencia. Intento meter las manos, pero mi cabeza impacta de lleno contra la esquina afilada de una pesada mesa auxiliar de mármol que está junto a los sofás de la oficina.

¡CRACK!

Un dolor sordo, agudo y cegador estalla en mi cráneo. El mundo se vuelve blanco por un segundo.

Siento el impacto frío del suelo contra mi espalda. Intento respirar, pero mi cuerpo no responde. El sonido de la oficina empieza a desvanecerse, transformándose en un pitido ensordecedor. Una calidez pegajosa empieza a correr rápidamente desde mi nuca, empapando mi cabello y el suelo.

Mis párpados pesan una tonelada. Trato de mantenerlos abiertos, luchando contra la oscuridad que me arrastra. 

Lo último que alcanzo a registrar, justo antes de perder por completo el conocimiento, es el rostro de Ian Sterling.

El CEO implacable está inclinado sobre mí, con sus facciones apuéstamente perfectas desencajadas por el pánico, y esos ojos grises, antes enfurecidos, ahora fijos en la sangre que empieza a rodearme.

Y entonces, todo se vuelve negro.

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