Capítulo 3 ¿Quién demonios es usted?
Emma
Un olor penetrante, químico y estéril es lo primero que me golpea, obligándome a arrugar la nariz. Intento mover la cabeza, pero una punzada ardiente e insoportable estalla en mi nuca, haciéndome soltar un quejido ahogado. Mis párpados se sienten como si pesaran toneladas. Los abro con extrema lentitud, batallando contra una luz blanca y cegadora que me hace parpadear repetidamente.
Bip... bip... bip...
El sonido rítmico y metálico de una máquina resuena a mi lado, confundiéndome por completo. Miro a mi alrededor con el ceño fruncido y la respiración entrecortada. Paredes blancas, cortinas de plástico azul pálido, cables pegados a mi pecho y una vía intravenosa clavada en el dorso de mi mano izquierda.
¿Un hospital? ¿Qué demonios ha pasado? ¿Por qué estoy aquí? El pánico empieza a arañar mi garganta mientras el mareo me revuelve el estómago.
En ese momento, la cortina del cubículo de urgencias se desliza con un chirrido. Un hombre con bata blanca y un estetoscopio al cuello entra revisando una tabla clínica. Al verme despierta, sus ojos se agrandan y me regala una sonrisa reconfortante.
—Por fin ha despertado. Señorita Vance, ¿cómo se siente?
—Yo... —mi voz suena ronca, pastosa, como si no hubiera hablado en días. Trago saliva con dificultad—. Me duele mucho la cabeza. No entiendo... no entiendo qué hago aquí.
El médico frena en seco. Su sonrisa profesional se desvanece y me mira con una atención clínica analítica que solo logra ponerme más nerviosa. Da un paso hacia la camilla.
—Señorita Vance, intente mantener la calma. ¿Qué es lo último que recuerda antes de despertar en esta cama?
Hago un esfuerzo sobrehumano por buscar en mi mente, pero una densa neblina bloquea mis pensamientos. Trato de escarbar detrás del dolor.
—Recuerdo... recuerdo que estaba en mi casa —balbuceo, frunciendo el ceño—. Sí, acababa de salir de trabajar en la joyería. Llegué a mi apartamento, me preparé algo y me senté en el sofá a ver una película... con Óscar Antonio. Eso es todo.
El médico asiente despacio, anotando algo en su tabla con expresión seria. Luego, levanta la mirada y me clava los ojos.
—Dígame, ¿sabe qué día es hoy? ¿Qué año?
Me quedo mirándolo, completamente desconcertada. ¿Qué clase de pregunta es esa?
—¿Por qué me pregunta eso? ¿Qué tiene que ver con que esté aquí? —mi voz empieza a cargarse de impaciencia.
—Por favor, señorita Vance, colabore conmigo. Responda. ¿Qué fecha cree que es hoy?
Antes de que pueda abrir la boca, la cortina se abre de par en par nuevamente.
El aire del cubículo parece congelarse de golpe. Un hombre cruza el umbral. Me lo quedo viendo fija, hipnotizada y asustada, sin tener la menor idea de quién demonios se trata. Es imponente.
Viste un traje gris marengo de tres piezas que grita dinero, poder y estatus. Aunque calculo que me lleva por lo menos unos diez años de diferencia, tiene un atractivo salvaje, masculino y devastador.
Su mandíbula está apretada y sus ojos, de un gris tan claro que parecen granizo, me barren con una intensidad que me hace encoger los hombros. ¿Quién es este millonario y qué hace en mi cubículo de urgencias?
—Señorita Vance, la fecha —insiste el médico, devolviéndome a la realidad.
Parpadeo, apartando la mirada del guapo desconocido, y me concentro en el doctor.
—Es... es 8 de julio del 2025 —respondo, segura de mí misma.
Al pronunciar esas palabras, noto de reojo cómo los ojos grises del hombre del traje se abren con una sorpresa genuina. Sus facciones perfectas se tensan y deja escapar un bufido incrédulo.
—¿Qué mierda? —suelta el tipo, con una voz de barítono profunda y autoritaria que me eriza la piel. Se vuelve hacia el médico con impaciencia—. ¿Qué demonios es esto, doctor?
El médico suspira, mirando de mí al recién llegado con pesar.
—Al parecer, la señorita Vance está teniendo algunas lagunas mentales. Pérdida de memoria —explica el doctor con calma profesional—. Lo cual es bastante normal en estos casos.
—¿En estos casos de qué? —intervengo, desesperada por que me saquen de la ignorancia—. ¿De qué caso estamos hablando? ¿Qué me ha pasado? ¡Por favor, díganme algo!
El hombre del traje se queda completamente callado, mirándome como si intentara descifrar un enigma o... como si buscara una mentira en mi rostro. Pero antes de que el médico pueda responder a mis preguntas, la curiosidad y la desconfianza me ganan. Miro directamente al imponente magnate.
—¿Y usted quién es? —le pregunto con brusquedad.
El tipo enarca una ceja oscura, visiblemente desconcertado por mi tono. Da un paso hacia la camilla, acortando la distancia.
—¿No me recuerdas? —pregunta, con una nota de incredulidad en su voz.
—¿Debería? —le devuelvo la pregunta, sintiendo que el corazón me late a mil por hora. El pánico me nubla el juicio y una idea absurda cruza mi mente—. Por favor... no me diga que cometí una estupidez, me he casado con usted y no lo recuerdo.
El hombre deja salir un resoplido burlón, aunque sus ojos siguen siendo puro hielo.
—Estás ridícula, Vance. Por supuesto que no estamos casados.
Su tono arrogante e insultante enciende una chispa de rabia en mi pecho. Me enderezo en la camilla a pesar del dolor de cabeza.
—Bueno, entonces, si no es mi esposo, ¿quién demonios eres tú para hablarme así?
—Soy Ian Sterling —sentencia, cruzándose de brazos con una superioridad que me enferma—. Trabajas para mí.
Frunzo el ceño, procesando el nombre. Mis ojos se abren de par en par cuando el chip finalmente conecta en mi cerebro.
—¿El señor Sterling? ¿El dueño de la corporación? —pregunto impactada.
Él entrecerra los ojos y asiente ligeramente
—¿Me... me recuerda?
—Pues no lo he olvidado…Quiero decir... yo nunca lo había visto en persona antes, señor. Sé quién es por los memorandos, pero trabajo en la tienda insignia. De hecho, acabo de cumplir un año en la empresa.
Un silencio sepulcral cae sobre el cubículo. Ian Sterling me mira fijamente, rígido como una estatua. Esta vez es el médico quien se aclara la garganta, rompiendo la tensión.
—Señorita Vance... de hecho, lleva mucho más tiempo que eso en la empresa.
—¿A qué se refiere? —pregunto, mirando al doctor con el corazón en un hilo.
—Usted insiste en que hoy es 8 de julio —dice el médico con voz suave, midiendo sus palabras—. Pero no es asi, no estamos en el año 2025. Hoy es 3 de julio de 2026. Usted... tiene amnesia temporal.
