Capítulo 4 Príncipe cretino

Emma

Esto no puede ser verdad, no hay manera de que lo sea.

Niego con la cabeza de inmediato, soltando una risa nerviosa que se corta cuando veo sus rostros serios.

—No, no, no. Eso no puede ser. Es imposible. Están bromeando, ¿verdad? Es una broma de mal gusto.

—Tuvo una fuerte caída, señorita Vance —interviene el médico, acercándose para revisar mis pupilas con una linterna—. Se golpeó la cabeza de gravedad y estuvo inconsciente durante varias horas. El impacto causó una inflamación cerebral y una contusión severa. Por ende, ahora mismo presenta una amnesia lacunar. Ha olvidado el último año de su vida.

—¿Un año? —un vacío horrible se abre en mi estómago. Siento que me falta el aire—. ¿Me está diciendo que olvidé un año entero de mi vida así como así? ¡Eso es imposible! ¡Es una locura!

—Cálmese, por favor, no altere su presión —me pide el doctor, apoyando una mano en mi hombro—. En estos casos de trauma, lo más probable es que los recuerdos empiecen a regresar por sí solos con el paso de los días.

—¿Van a volver? ¿Está seguro de que van a volver? —le ruego, aferrándome a su bata con desesperación.

—Es lo habitual. Sin embargo, si pasado un tiempo, digamos una semana, no nota ningún cambio, o si empieza a experimentar dolores de cabeza más agudos, mareos constantes o vómitos, debe regresar de inmediato para una revisión neurológica profunda. Por ahora, necesita reposo absoluto y vigilancia permanente.

Me quedo en shock, con la mirada perdida en las sábanas de la camilla, tratando de asimilar que tengo veinticuatro años pero mi mente se quedó atrapada en los veintitrés. Entonces, caigo en cuenta de un detalle. Levanto la vista hacia el fondo del cubículo. Ian Sterling sigue allí, imponente, observando cada uno de mis movimientos.

—Disculpe, señor Sterling... —le digo con timidez y curiosidad—. Pero... ¿puedo saber por qué está usted aquí?

Por primera vez desde que entró, el todopoderoso CEO se ve sutilmente incómodo. Se aclara la garganta, desvía la mirada un milisegundo hacia el ventanal y vuelve a clavar sus ojos de granizo en mí.

—Estabas en mi oficina presidencial cuando te caíste —responde con una frialdad ensayada.

—¿En su oficina? —repito, cada vez más perdida—. ¿Y qué hacía yo en la oficina del dueño de la empresa?

Ian abre y cierra la boca. Por un instante, da la impresión de que ninguna palabra quiere salir de sus labios perfectos, como si estuviera calculando minuciosamente qué decirme.

—Teníamos una reunión —suelta finalmente, cortante.

¿Una reunión? ¿Una simple vendedora con el mismísimo CEO? Nada de esto tiene sentido en mi cabeza. Mi confusión aumenta por segundos, pero el médico interrumpe mis pensamientos volviendo a mirar su reloj.

—Lamento interrumpir, sé que tienen muchas cosas de qué hablar, pero tengo una sala de urgencias llena de pacientes esperándome —dice el doctor, mirando a Ian Sterling—. Señor, le agradecería que me ayude a llenar la ficha de alta. ¿Puedo contar con que usted es la persona que se quedará a cargo de la señorita Vance?

Ian Sterling da un respingo, endureciendo las facciones.

—¿A cargo? ¿De qué demonios está hablando, doctor? —pregunta con voz gélida—. No soy su pareja. Soy su jefe.

El médico lo mira con severidad, sin dejarse intimidar por el aura de millonario de mi jefe.

—Muy bien. Entonces, señorita Vance, necesito que llame a alguien para que venga a recogerla. Hemos intentado comunicarnos con el número que tiene registrado como contacto de emergencia en su ficha de la empresa, pero ha sido imposible localizarlo. El número no existe.

Un frío helado me recorre la espina dorsal. Claro que no existe. El único número que tenía era el de mi padre, un hombre que me abandonó hace años y cuyo teléfono di de baja. 

No tengo a nadie. 

No tengo familia, no tengo amigos lo suficientemente cercanos para este tipo de cosas. Estoy completamente sola en esta maldita ciudad con un gato gordo.

—No... no es necesario que venga nadie —le digo al médico rápidamente, intentando disimular mi incomodidad—. Me siento bien. De verdad. Puedo irme sola a mi apartamento en un taxi.

—Lo siento mucho, pero no puedo autorizar eso —niega el doctor rotundamente—. Bajo ninguna circunstancia puede irse sola, ni estar sola durante las próximas semanas. La contusión fue grave, la inflamación apenas está cediendo y ahora sabemos que ha perdido la memoria. Si sufre una recaída o un desmayo estando sola en su casa, las consecuencias podrían ser fatales.

—¡Le digo que estoy bien! —me impaciento, la frustración me desborda—. Puedo firmar cualquier eximente de responsabilidad, cualquier permiso legal. Yo me haré cargo de lo que me pase, pero déjeme ir.

El médico ignora mis protestas, da una media vuelta y mira fijamente a Ian Sterling.

—Usted fue quien la trajo en su auto privado, señor Sterling. Le recomiendo firmemente que convenza a la señorita de buscar a alguien que la cuide... o mire si usted puede hacerse cargo. Dejarla sola en su estado es una negligencia que puede terminar muy mal.

Contengo el aliento. Miro a Ian Sterling, esperando que se ría en la cara del médico, que me eche de su vista o que llame a recursos humanos para que me saquen de aquí. Pero lo que veo me congela. 

Ian aprieta la quijada con tanta fuerza que un músculo de su mandíbula se tensa visiblemente. Parece sumamente molesto, furioso con la situación, atrapado en un callejón sin salida. 

Su mirada me intimida tanto que me hundo un poco más en la almohada.

¿Desde cuándo yo tengo reuniones con este hombre? ¿Qué pasó en este año que borré de mi mente?

Todas las preguntas se evaporan cuando la voz de Ian Sterling llena el cubículo, sonando como un decreto inquebrantable.

—Vendrá conmigo —sentencia, mirándome fijamente—. Te quedarás en mi casa las semanas que sean necesarias para tu recuperación.

Muevo la cabeza tan rápido para mirarlo que un latigazo de dolor me recorre el cuello.

—¿Qué? ¡No! Señor Sterling, yo no puedo...

—Cámbiese, Vance —me interrumpe, dándome la espalda sin el menor rastro de paciencia—. El chofer nos está esperando abajo. No me haga perder más tiempo.

Y sin decir una sola palabra más, sale del cubículo deslizando la cortina con fuerza, caminando con la arrogancia de un hombre que se sabe el rey del mundo.

Me quedo sola, temblando en la camilla, mirando el espacio vacío que acaba de dejar.

—Maldito príncipe cretino... —murmuro por lo bajo, apretando los dientes antes de quitarme las sábanas y ponerme de pie para empezar a cambiarme. 

No tengo opción. Mi juego en su jaula de oro acaba de comenzar, aunque yo todavía no lo sepa.

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