Capítulo 5 Heroína
Ian Sterling
Esta situación es una absoluta mierda.
No hay otra forma de describirla. Soy Ian Sterling, el hombre que ha levantado un imperio joyero a base de disciplina de hierro, noches sin dormir y una frialdad matemática. Estoy a punto de cerrar la fusión internacional más importante de la década, y ahora todo mi futuro pende de un hilo por culpa de una empleada inepta a la que estoy a punto de despedir y que termina convirtiéndose en el centro de un circo mediático.
¿Lo peor de todo? Mi hermanastro, el imbécil de Derek, queda como la víctima a ojos de la prensa por culpa del maldito video viral, mientras que yo tengo que comerme con patatas las consecuencias. Y para rematar mi tragedia personal, las cosas dan un giro tan ridículo que ahora me veo obligado a llevarme a esa misma empleada a vivir bajo mi propio techo.
Estoy echando humo por las orejas. Cuento mentalmente hasta diez para no perder la cordura mientras espero a que la susodicha salga del baño del hospital. Sin pensarlo dos veces, saco el teléfono del bolsillo y marco el número de la única persona con la que puedo desahogarme sin filtrar mis palabras.
—Vaya, vaya… Te estabas demorando en llamarme para contarme cómo te fue con mi heroína —saluda Mauricio apenas descuelga, con ese tono socarrón que me da ganas de atravesar la pantalla y estrangularlo.
Pongo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me da un calambre ocular.
—Ya te dije que dejes de llamarla así. No es ninguna heroína —gruño, bajando la voz pero filtrando todo mi veneno—. Ha sido una estúpida que ha puesto a mi empresa en el ojo del huracán, y definitivamente no de la mejor manera posible.
—Piensa lo que quieras, hermano, pero no todo el mundo tiene los cojones de ponerle una mano encima al imbécil de tu hermanastro —responde Mauricio, divertido.
Aprieto los dientes. Aunque me duela admitirlo en voz alta, Mauricio tiene razón. No puedo evitar recordar las palabras de Emma en mi oficina, con los ojos llenos de rabia y la barbilla en alto, asegurándome que el asqueroso de Derek intentó propasarse con ella. Siento un punzante destello de rabia contenida, pero lo aplasto de inmediato.
Dejo salir un largo resoplido de frustración.
—Bueno, supongo que estarás contento al saber que no he podido despedirla. O bueno… sí lo hice, pero no creo que ahora lo recuerde.
Hay un segundo de silencio al otro lado de la línea.
—¿De qué demonios estás hablando, Ian?
—Te lo voy a resumir —digo, masajeándome el puente de la nariz—. Tuvimos una discusión acalorada en mi despacho. La chica retrocede sin mirar por dónde va, tropieza, termina cayéndose en mi maldita oficina y golpeándose la cabeza contra el resquicio de la mesa. Tengo que traerla a este maldito hospital para que despierte con una maldita amnesia.
Un silencio denso flota en la línea durante tres segundos completos. Luego, la carcajada escandalosa de Mauricio casi me perfora el tímpano.
—¡Tienes que estar tomándome el pelo! —exclama entre risas—. ¿Me estás diciendo que la chica no se acuerda de que la despediste?
—Te estoy diciendo que la chica no se acuerda de nada del último año —espeto, desesperado.
—Joder… Eso es grave —murmura Mauricio, cambiando drásticamente a un tono más serio—. Ocurrió en tu oficina, Ian. Cualquier abogado mediocre puede decir que la empujaste.
—¡Ya lo sé, joder! ¡Lo sé perfectamente! —siseo, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie me oye—. Por eso mismo me la estoy llevando a mi casa. No tiene ningún contacto de emergencia registrado y no recuerda a nadie más a quien llamar. El médico me dice bien claro que no puede quedarse sola por las próximas horas. No me atrevo a dejarla tirada; si llega a recordar algo de golpetazo, va a querer demandarme y no voy a permitir que destruya la fusión.
—¿Decidiste llevártela a tu casa? —pregunta Mauricio, y puedo sentir su sonrisa socarrona a través de la red.
—Ya te dije que es idea del médico —aclaro de inmediato, antes de que su mente enferma saque conclusiones.
—Bueno… Supongo que iré a visitarte muy pronto. Ya veré si no hay otro motivo oculto detrás de tanta caridad, amigo mío.
Antes de que pueda responderle y mandarlo al diablo, escucho a alguien aclararse la garganta a mis espaldas. Me giro bruscamente. Emma está allí, con la ropa de hospital cambiada por su vestido arrugado y una palidez que aún me hace sentir una pizca de culpa.
—Ya estoy lista —dice ella, mirándome con cierta cautela—. ¿Dónde está el auto?
—Hablamos luego —le digo al teléfono y cuelgo sin esperar respuesta. Mirando a Emma, trato de recuperar mi postura de jefe e inexpresivo—. Está por aquí. Sígueme.
Nos dirigimos al estacionamiento en un silencio tenso. Subimos al asiento trasero del vehículo negro de la empresa. Mientras el chofer arranca, noto por el rabillo del ojo cómo ella me observa de reojo, incómoda.
—Le repito que no es necesario todo esto, señor Sterling —murmura, jugueteando con los dedos sobre su regazo—. Puedo cuidar de mí misma.
—No vamos a volver a sacar el tema, señorita Valdés —sentencio con voz firme, sin mirarla—. Se queda en mi casa hasta que se recupere, sus recuerdos empiecen a llegar o al menos los médicos confirmen que está fuera de peligro. Fin de la discusión.
Ella aprieta los labios y comienza a mover las manos con evidente inquietud. Veo cómo traga saliva antes de soltar:
—Tenemos que hacer una parada antes de ir a su casa.
La miro de reojo, arqueando una ceja.
—No vamos a hacer ninguna parada. Si empezamos con condiciones, no vamos a ninguna parte.
Grave error. Inhalo profundo, cerrando los ojos un segundo. Paciencia, Ian. No puedes insultarla. No puedes gritarle a una convaleciente. Golpear o maltratar a una mujer es un delito y tú eres un caballero, aunque ella te saque de tus casillas.
Abro los ojos y, haciendo acopio de toda la paciencia que me queda en el cuerpo, pregunto:
—¿Dónde quiere hacer la parada, se puede saber?
Emma me mira fijamente, con la barbilla erguida.
—Tenemos que ir a buscar a Antonio José.
