Capítulo 6 El gato de la discordia

Ian

Me la quedo viendo, parpadeando despacio, sin podérmelo creer.

—¿Quién demonios es Antonio?

Ella se encoge de hombros con la mayor naturalidad del mundo.

—Mi gato. No puedo irme a vivir con usted y dejar a mi gato abandonado. Así que vamos a buscarlo.

—Ni hablar —salto de inmediato—. No voy a meter un gato en mi casa.

—Entonces déjeme en la mía. Yo me las puedo apañar sola —replica ella de inmediato, cruzándose de brazos y mirando por la ventana.

Aprieto la mandíbula hasta que me duele. Sé que si la dejo sola y le pasa algo, la responsabilidad cae sobre mí. Estoy contra las cuerdas.

—Dale la dirección al chofer —mascullo, dándome por vencido.

Veinte minutos después, el auto se detiene en un barrio de mala muerte que parece sacado de una película de terror. No puedo evitar hacer una mueca de absoluto disgusto al contemplar el cuchitril donde vive. Es un edificio medio derruido, y su departamento queda justo encima de una tienda de comestibles de aspecto bastante dudoso.

Al entrar detrás de ella, la sorpresa me golpea de lleno. El departamento es minúsculo, pero lo más chocante es que está prácticamente vacío. Lo único que hay en toda la sala de estar es un sofá desgastado y una mesita de centro de plástico. Nada más.

Me quedo evaluando el lugar, perplejo. Noto que Emma también se queda de piedra por un segundo, mirando a su alrededor con una sombra de confusión, pero rápidamente se recompone y camina directo a la cocina. De allí saca lo que parece ser un guacal o jaula de transporte para mascotas.

—¿Es que acaso se metieron los rateros aquí antes de que llegáramos? —pregunto sin pizca de tacto, señalando el vacío de la sala.

Emma se gira, mirándome con frialdad.

—No, no se metieron los rateros. Simplemente… estoy renovando.

—¿Renovando? —repito, mirando las paredes desconchadas.

—Como sea, además no es su problema —corta ella tajantemente. Luego se gira hacia el pasillo y llama a pleno pulmón—: ¡Óscar Antonio!

No puedo evitar soltar un bufido.

—¿Pero qué demonios? ¿Óscar Antonio? ¿No me habías dicho que se llamaba Antonio José hace un minuto? Ese no es nombre de gato, es nombre de una persona.

Emma se cruza de brazos y me desafía con la mirada.

—Es su nombre completo, ¿malo? ¿Acaso no puedo ponerle como me dé la gana?

—Suena ridículo para un animal —mascullo.

Antes de que alguno de los dos pueda seguir discutiendo, un ruido sordo resuena en el pasillo. De la penumbra aparece un enorme gato blanco con manchas negras. Es alarmantemente gordo, mucho más de lo que resulta saludable para cualquier felino, y viene corriendo hacia Emma a una velocidad sorprendente para su peso.

—¡Mi bebé! —exclama Emma, agachándose para levantarlo en brazos con cierto esfuerzo.

Apapacha al enorme animal antes de meterlo a presión en la jaula. Luego, sin pedir permiso, toma una bolsa enorme de comida para gatos, una caja de arena y varias chucherías más, y me las pone prácticamente en los brazos.

—Voy a ir a recoger algo de ropa ya que estoy aquí, no me demoro.

Ni siquiera deja espacio a que me niegue porque ya se fue hacia la única habitación que parece que hay en este cuchitril.

No puedo evitar inclinar la jaula y mirar directo al rechoncho animal que está dentro y que parece evaluarme con el mismo recelo que lo hago yo.

—Como te cagues mis zapatos te dejo en un restaurante chino ¿Entendido?

El animal bufa y me muestra los colmillos con rabia, pero me limito a tomar eso como una respuesta.

No puede decir que no le he avisado.

—Listo. Ya podemos irnos —anuncia apareciendo con un bolso de mano que se ve tan miserable como el resto de lo que hay en este apartamento y que no concuerda para nada con la sonrisa victoriosa con la que la chica me mira.

Es una loca de remate, joder. Y ahora la voy a llevar a mi casa.

Ese pensamiento me cae como una bomba.

Me quedo allí de pie, en medio de un departamento vacío, sosteniendo un saco de comida para gatos de diez kilos y un arenero, mientras una empleada amnésica y su gato obeso me preceden camino al auto.

Esto va a ser un absoluto desastre, me digo a mí mismo mientras los sigo hacia la salida, sintiendo que mi impecable vida acaba de arruinarse por completo.

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