Capítulo 7 El alma de la fiesta
Emma
El trayecto en el auto de lujo es un calvario de silencio absoluto. Lo único que rompe la tensión en el aire son los maullidos desolados de Antonio José desde su jaula de transporte.
—Tranquilo, mi amor, no pasa nada —le murmuro con voz infantil, pegando el rostro al plástico para que me vea—. Todo está bien. Muy pronto estaremos de regreso en casa, te lo prometo.
Desde el asiento contiguo, escucho un bufido exasperado que sale de los labios del príncipe de los cretinos. Sé perfectamente por qué lo hace: le parece un chiste ridículo que yo llame "casa" al lugar de donde acabamos de salir. Y la verdad es que sí, me da un poco de vergüenza recordar la cara que puso cuando entró a mi apartamento y vio ese espacio casi vacío y destartalado. Pero mis deudas me están ahogando, los acreedores no me dan tregua y mi sueldo, aunque no es malo, se me va entero pagando intereses.
De todas formas, mi situación económica no es problema suyo y no pienso darle explicaciones de nada.
Poco a poco, siento cómo el auto va disminuyendo la velocidad hasta que finalmente aparcamos. Cuando giro la cabeza para mirar por la ventana, me quedo con la boca abierta. Una mansión colosal de arquitectura moderna, iluminada majestuosamente, nos recibe en medio de una propiedad privada gigantesca. Entiendo perfectamente por qué mi apartamento le pareció un cuchitril robado: la casa donde yo vivo no es ni la mínima octava parte de lo que es esta fortaleza de millonario.
Agarro la jaula de Óscar Antonio con cuidado y me bajo del vehículo, mirando todo con cierta timidez.
—Adelántate, un empleado bajará el resto de tus cosas —dice Ian con su habitual tono de mando, colocándose a mi lado—. Te mostraré la casa.
Hago un esfuerzo por no parecer intimidada y acelero el paso para ponerme a su altura. Sin embargo, al caminar demasiado rápido, un leve mareo me sacude todo el cuerpo. La vista se me nubla por un segundo y el piso parece moverse bajo mis pies. Me detengo en seco, sujetando con fuerza la jaula del gato para no perder el equilibrio.
Antes de que pueda tambalearme, una mano firme y cálida me sostiene del brazo con fuerza.
—¿Estás bien? —pregunta Ian. Su voz ha perdido un poco de esa frialdad áspera.
Cierro los ojos durante un par de segundos, respirando profundo hasta que el mundo deja de dar vueltas, y asiento.
—Sí… sí, estoy bien. Solo fue un pequeño mareo.
Al abrir los ojos, me encuentro con la cara de Ian a muy pocos centímetros de la mía. Me está mirando con la quijada apretada y los ojos fijos en los míos.
—Si los mareos regresan, recuerda lo que dijo el médico: tenemos que volver al hospital de inmediato —advierte, sin soltarme el brazo todavía.
—No ha sido nada, de verdad —trato de calmarlo, acomodándome el cabello con la mano libre—. Simplemente me bajé demasiado rápido del carro.
Me examina con sospecha, buscando cualquier señal de que le estoy mintiendo, pero al no encontrar nada, suelta mi brazo y me hace una seña para que avance.
Cruzamos el umbral de la entrada y no puedo evitar dejar salir un silbido de asombro mientras observo el vestíbulo de techos altos, pisos de mármol y lámparas de cristal.
—Vaya… Ya entiendo por qué ha creído que a mi apartamento se le metieron los ladrones —comento con ironía, mirándolo de reojo—. Pero lamento informarle, señor presidente, que no todo el mundo nace en cuna de oro.
En un instante, veo cómo una chispa de furia pura se enciende en los ojos de mi jefe. Se detiene bruscamente y se gira hacia mí, encarándome.
—¿Y quién demonios te ha dicho a ti que yo nací en cuna de oro? —sisea con una voz tan baja y peligrosa que me hiela la sangre.
Abro la boca para responder que es obvio, pero me detengo a tiempo. Me siento repentinamente tonta. La verdad es que no recuerdo nada de su vida privada ni de sus orígenes; simplemente he hecho conjeturas vacías basándome en su traje caro y su actitud de rey del mundo. Vuelvo a cerrar la boca.
—Exacto. Deberías aprender a mantener la boca cerrada cuando no estás enterada de nada —me espeta, dándome un paso al frente—. Todo esto lo he conseguido con mi propio esfuerzo. Me he ganado cada maldito centavo que tengo y no me avergüenzo de ello.
Trato de recuperar la postura y no dejarme pisotear.
—Está muy bien que se lo haya ganado todo con su esfuerzo, señor Sterling —replico con firmeza—, pero eso no le da ningún derecho a juzgar la manera en que vivimos los demás.
Un silencio pesado y denso se instala entre los dos. Solo se escucha la respiración agitada de ambos, una tensión eléctrica que se corta de pronto al oír unos pasos apresurados sobre el mármol.
—¿El señor Sterling ha llegado ya? —dice una voz amable.
Una mujer de unos sesenta o setenta años, vestida con un impecable uniforme de ama de llaves, aparece en el vestíbulo y nos mira a ambos con una mezcla de sorpresa y confusión.
—María, vine antes de lo previsto —dice Ian, recuperando de inmediato su compostura fría—. Te presento a Emma. Se va a estar quedando con nosotros un tiempo.
La mujer abre mucho los ojos, visiblemente impresionada de que su jefe traiga a una mujer a su casa. Sin embargo, en lugar de poner mala cara, se adelanta hacia mí con una enorme y cálida sonrisa.
—Hola, un gusto —saludo yo, sintiéndome un poco fuera de lugar.
—Bienvenida, señorita, bienvenida —dice María con dulzura, acercándose a mí—. Oh… ¿eso que lleva ahí es un gato?
—Sí, este es Óscar Antonio —respondo, enseñándole la jaula con orgullo—. No podía venirme sin él.
—¡Pero qué cosa tan preciosa! ¡Qué gato tan lindo! —exclama la mujer con verdadero entusiasmo.
Un rugido ahogado de frustración sale de la garganta del cretino de mi jefe. Me niego rotundamente a mirarlo y me enfoco en la amable ama de llaves.
—Disculpe, María, ¿dónde puedo colocar el comedero y el baño del gato? —le pregunto.
—Por favor, sígame, yo le muestro donde…
—María —interrumpe Ian, dando un paso al frente con tono dominante—. Emma tuvo una concusión cerebral. El médico ordenó reposo absoluto y nada de esfuerzos físicos ni actividades pesadas. Te agradezco que lo tengas en cuenta.
—¡Ay, por Dios! Entendido, señor —reacciona María de inmediato, intentando quitarme la jaula de las manos—. Démelo a mí, señorita Emma, yo me encargo de todo.
Me giro hacia mi jefe, fastidiada por su actitud de sobreprotección dictatorial.
—No estoy lisiada, señor Sterling —le digo entornando los ojos.
—Y mientras el médico no dé el visto bueno, vas a seguir al pie de la letra lo que él diga —me corta Ian con voz tajante, mirándome desde su altura—. No quiero ningún tipo de complicación bajo mi techo.
Resoplo, cruzándome de brazos.
—Vaya… Definitivamente es usted el alma de la fiesta, ¿verdad?
—Parece que se te olvida con quién estás hablando, Valdés —sisea, dando un paso hacia mí—. Soy tu jefe.
En ese instante me cae el veinte. Siento un cubo de agua fría sobre la cabeza. Con el choque del accidente y la amnesia, se me ha olvidado por completo que este hombre no es solo un tipo arrogante con el que estoy discutiendo, sino el hombre que paga mi sueldo y de quien depende mi estabilidad laboral. Le he estado hablando de forma odiosa sin ningún filtro.
Me obligo a tomar un respiro profundo, trago saliva y lo miro a los ojos, adoptando una postura profesional y sumisa.
—Disculpe, señor Sterling… Tenga paciencia. Todo esto ha sido demasiado para mí: la amnesia, no recordar mi último año, tener que venir a su casa… Pero le prometo que no volverá a suceder.
Ian me sostiene la mirada durante unos segundos infinitos, evaluando si mi disculpa es sincera.
—Eso espero —dice al fin, dando media vuelta—. Sígueme. Voy a mostrarte tu habitación.
Subimos por una majestuosa escalera de caracol hasta el segundo piso. Nos detenemos frente a una doble puerta de madera oscura. Al abrirla, me quedo sin aliento: la habitación asignada es sencillamente enorme, decorada con un gusto impecable y elegante. Es prácticamente del tamaño de todo mi apartamento.
—Tienes tu propio baño allí —señala él con apatía—. Puedes tomar cualquier cosa que necesites de la cocina, pero trata de no incendiar la casa.
Aprieto los puños tras mi espalda para no responderle como se merece.
—En realidad, sí lo he pensado —murmuro entre dientes.
Antes de que pueda añadir nada más o defender mi honor, unos golpes secos y apresurados en la puerta interrumpen el momento. María aparece en el pasillo, con la cara pálida y una expresión de puro pánico.
—Señor Sterling… —dice la mujer con la voz temblorosa—. Lo buscan abajo.
Ian frunce el ceño, molesto por la interrupción.
—¿Quién es, María?
El ama de llaves traga saliva antes de soltar la bomba:
—Es su padre, señor. Su padre está abajo y exige verlo.
En un segundo, la atmósfera de la habitación cambia drásticamente. Veo cómo Ian aprieta la quijada con tanta fuerza que los músculos de su cara se tensan al límite. Sus ojos se oscurecen por completo, llenos de un odio y un peligro que no le había visto hasta ahora.
Se gira bruscamente hacia mí y me apunta con un dedo inquisidor.
—Ni se te ocurra salir de esta habitación —me ordena con un hilo de voz frío y cortante.
Sin esperar mi respuesta, sale a zancadas del dormitorio y cierra la puerta de un golpe, dejándome sola, con las palabras en la boca y el corazón latiéndome a mil por hora.
