Dieciocho

—¡Lizzie!—gritó Emilia cuando acababa de terminar de arreglarme—. ¡Lizzie!

—¡Sí!—respondí no menos fuerte y salí del baño—. ¡Oh, Dios mío!

Emilia estaba con los brazos cruzados y me miraba fijamente en la sala. No era la expresión en el rostro de Emilia lo que me asustaba, sino la figura detrás de...

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