Capítulo 4 No quiero ser tu juguete

Victoria trabajaba concentrada en los últimos detalles de la colección de invierno. Mientras ajustaba un par de diseños, su joven ayudante, recién entrada en la mayoría de edad, le narraba con entusiasmo cómo había sido su primera experiencia vacacional lejos de la supervisión de sus padres.

Sin embargo, su mente estaba ocupada por completo en otra cosa: Blake Moreau. Nina le había enviado un correo con información detallada sobre ese hombre, al que no podía dejar de pensar. Según su amiga, él tenía buena reputación.

Blake no solo era un genio, sino también el billonario más joven de América, propietario de un centenar de edificios en Chicago, entre ellos gimnasios, cafeterías, escuelas y hasta emisoras de radio. Hijo del afamado neurocirujano Dr. Ryder Moreau y de la icónica diseñadora Dayana Moreau, quien además era su jefa, Blake mantenía un vínculo profesional estrecho con la familia de Victoria. Además de todo eso, era modelo de alta costura y un hombre cuya presencia imponía.

Él era, sin lugar a dudas, perfecto en cada aspecto. Y aunque Victoria sentía que estaba al borde de enamorarse de él, no podía predecir si eso traería consigo un desenlace feliz.

La interrupción llegó cuando alguien llamó a la puerta de su despacho. Para su sorpresa, no se trataba de su hermana como esperaba, sino de la misma Dayana Moreau. La mujer, de una elegancia que parecía desafiar el tiempo, sonrió ampliamente al cruzar el umbral. Con más de cincuenta años, Dayana lucía tan joven y radiante que podría pasar por su hermana.

—Hola, Victoria —saludó Dayana.

—Buenas tardes, señora Moreau —contestó Victoria, poniéndose de pie y estrechando su mano. Dayana, vestida con un diseño exclusivo de Louis Vuitton, estaba espectacular, lo que llevó a Victoria a preguntarse si su propia madre había logrado conservar la gracia de esa manera con el paso de los años.

—¿Cómo avanzan tus dibujos? —le preguntó la diseñadora, dedicándole una sonrisa aprobadora.

Victoria suspiró y le mostró el diseño en el que había estado trabajando. Al verlo, Dayana se mostró encantada.

—Esto es extraordinario, Victoria. Estoy tan contenta de haberte encontrado. Esta colección será revolucionaria, tanto como el cambio de género de Dínora Carson —comentó entre risas, mientras examinaba detenidamente a la joven diseñadora y le tomaba una mano.

—Hoy te he visto salir de uno de los coches de Blake. ¿Cuándo lo conociste? No quiero ser indiscreta, querida, pero tenía curiosidad —preguntó de pronto, lo que provocó que un rubor subiera con rapidez a las mejillas de Victoria.

Tomando aire para calmarse, ella respondió con serenidad, aunque jugaba nerviosamente con su collar mientras lo hacía.

—Lo conocí ayer, durante una visita a la oficina de mi hermana. Esta mañana se ofreció a traerme en coche y acepté. ¿Por qué le sorprendió, si puedo preguntar? —añadió, alzando los ojos hacia los de Dayana.

Dayana sonrió de manera enigmática antes de responder.

—No me malinterpretes. Eres una joven preciosa, sin duda, pero no encajas con el tipo de mujer que Blake suele frecuentar —explicó.

Victoria entendió el mensaje a la perfección. No era "su tipo". Qué mensaje tan claro, gracias.

—El señor Moreau solo tuvo un gesto de cortesía. Entre nosotros no hay nada —declaró Victoria, mirándola directamente.

—De todas formas, Blake es algo mayor para ti. Seguro que un día conquistarás a un príncipe encantador —dijo Dayana con una risa ligera, despidiéndose antes de salir del despacho.

Victoria quedó en silencio. "¿Quién necesita un príncipe encantador cuando puedes aspirar a alguien como Blake Moreau?", pensó, aunque la duda persistía: ¿era posible tenerlo cuando ni siquiera encajaba en lo que él buscaba?

Quizás lo que había sentido solo era deseo. O tal vez, algo más.

Victoria, molesta por la conversación reciente con la señora Moreau, decide buscar información sobre Blake en su iPad. Las imágenes que encuentra la desaniman: mujeres de cabellos dorados, de una belleza casi irreal, aparecen junto a él, reforzando la idea de que jamás podría competir. Sus pensamientos se vuelven sombríos al imaginarse como un simple capricho pasajero para un hombre como él. Después de todo, ¿no sería eso lo más probable? Tendría su momento y luego la dejaría por una de esas mujeres perfectas, más cercanas a su ideal.

Esa idea la atormentaba. Pero al mismo tiempo, Victoria se prometió que no volvería a ser utilizada, ni siquiera por alguien como Blake, por más irresistible que le pareciera.

Fue su hermana, Livia, quien la sacó de esos pensamientos al entrar a su despacho. Con un traje pantalón blanco impecable. Su cabello trenzado y el escote del atuendo complementaban su figura con un equilibrio perfecto entre sofisticación y sensualidad.

—Vamos a comer fuera, hace un día precioso, y Lucien está esperándonos abajo —anunció Livia. Guardó rápidamente su tableta en el cajón, tomó su bolso y siguió a su hermana.

Durante el trayecto en el ascensor, Victoria, lanzó una pregunta que sabía que la haría sonrojar.

—¿Qué hay entre Lucien y tú? —inquirió.

Livia, sin perder su elegancia característica, confesó:

—Me gusta mucho, pero no sé qué piensa él. Acaba de salir de una ruptura difícil y no quiero precipitarme. Veremos cómo avanza.

Victoria le dio una mirada cómplice y, antes de salir del ascensor, agregó:

—Bueno, yo creo que te mira con un gran flechazo, pero si decides esperar, hazlo con seguridad. Aunque, si no eres tú, ¿entonces quién? —bromeó antes de saludar a Lucien, quien las esperaba.

Más tarde, mientras las risas llenaban el auto por las bromas de Lucien y Livia, los pensamientos de Victoria volvieron a vagar hacia Blake. Le deseaba, y no podía negarlo. El simple recuerdo de su voz esa mañana había sido suficiente para encenderla. Pero sabía que no quería convertirse en un accesorio ocasional para él, alguien con quien solo satisfaciera sus caprichos mientras otras mujeres más adecuadas lo acompañaban en público. No estaba dispuesta a convertirse en un juguete para nadie.

De repente, Lucien interrumpió sus reflexiones con una pregunta inesperada:

—¿Con quién estás de acuerdo, Victoria?

Sobresaltada, ella apenas logró responder con una sonrisa nerviosa.

—No tengo ni idea de qué iba la discusión, pero, como Livia es mi hermana, estoy de acuerdo con ella —dijo, causando más risas entre los tres.

En la comida, la conversación cambió a temas familiares, y Livia preguntó si Victoria había hablado con su hermano Ezra. Al confirmar que él llegaría pronto, la conversación se desvió nuevamente, pero el semblante de Victoria permanecía serio.

—¿Qué pasa contigo? —preguntó Livia mientras subían al auto de Lucien. —Tus pensamientos están más enredados que mi cabello después del sexo —añadió con una sonrisa traviesa.

Ella sabía que su hermana podía leerla como un libro abierto, pero en esta ocasión decidió mantener sus sentimientos en secreto. En cambio, se excusó con un tema sensible.

—Hoy hablé con la señora Moreau y no pude evitar pensar en mamá. Eso me dejó algo baja de ánimo —confesó, exhalando profundamente.

Livia endureció el rostro.

—Deja de torturarte con ella, Victoria. Mamá nos dejó, y yo la odio por cada día que no estuvo con nosotros. Sé que todavía tienes esperanzas, pero deberías aceptar la realidad: ella no volverá.

Ese comentario cerró la conversación. Victoria dejó que Livia creyera su mentira, aunque su mente seguía atrapada en el dilema de Blake. Sabía que tenía que enfrentar al hombre antes de que fuera demasiado tarde. Necesitaba cerrar cualquier puerta que pudiera abrirse a algo que no estaba dispuesta a tolerar. Mejor ser feliz sola que miserable en una relación unilateral.Esperaba que él entendiera, porque si no lo hacía, el problema sería aún mayor.

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