Capítulo 1 Un cuerpo no es mercancia
ANTONELLA
Estoy de pie frente al espejo de tres cuerpos del vestidor principal, observando cómo la modista ajusta con alfileres el dobladillo. Tengo los brazos extendidos a los lados, rígida como una estatua de yeso, sintiendo cómo cada alfiler que roza mi piel es un recordatorio punzante de la humillación a la que me someto por necesidad.
—No te muevas, Antonella, por el amor de Dios —rezonga Signora Chiara, la jefa de taller, mientras saca otro alfiler de entre sus labios apretados—. Si la costura queda torcida un solo milímetro, el señor Santoro manda a rehacer el lote entero y nos tendrá trabajando hasta la medianoche.
—Llevo dos horas en esta misma posición, Signora —respondo con la garganta seca —. Mis piernas están acalambradas.
—Pues te aguantas —espeta sin mirarme, ajustando la tela sobre mi cadera—. Te pagan quinientos euros a la semana para ser un maniquí viviente, no para quejarte. Hay cincuenta chicas afuera desando estar en tu lugar.
Aprieto los dientes para no responderle como se merece. Quinientos euros. Esa es la única razón por la que no mando al diablo a esta mujer y a toda esta empresa de mierda. Apenas llevo cuatro días trabajando en Santoro Textiles como modelo de tallaje. Y si no fuera porque cada centavo de ese sueldo va directo a la cuenta del hospital de mi madre ya me hubiera largado.
Esta misma mañana, pasé por la comisaría central por quinta vez en el mes y me atendió el mismo oficial de cara aburrida que ni siquiera se molestó en mirar mi expediente.
«Lo sentimos, señorita Mercier. Las cámaras del cruce no captaron la placa del deportivo. El caso sigue abierto, pero sin nuevos testigos no hay mucho que hacer», me dijo mientras masticaba una dona rancia.
Sigue abierto. Esas palabras me queman las entrañas. Mi padre lleva tres años bajo tierra y mi madre, sigue postrada en una silla de ruedas con los dolores destruyéndole la columna, mientras el bastardo alcohólico que los arrolló en esa carretera sigue libre, disfrutando de su vida como si no hubiera destrozado la nuestra.
Por eso estoy aquí. Tragándome el orgullo. Aguantando que me pinchen con alfileres y me traten como un objeto de utilería.
—Quítate el abrigo largo y ponte los tacones altos para la prueba final —ordena levantándose con dificultad—. El señor Santoro acaba de bajar de la oficina de presidencia y viene a revisar el entalle de la línea de noche.
El corazón me da un vuelco, pero no de emoción, sino de pura aversión.
En solo cuatro días he escuchado suficientes chismes en los pasillos para saber quién es Marco Santoro. El heredero del imperio. El dueño absoluto de esta empresa. Las costureras hablan de él con una mezcla de veneración y miedo, mientras que las modelos suspiran por su rostro y su billetera sin fondo. Dicen que cambia de mujer cada fin de semana, y que siempre les da una buena cantidad de dinero para que se alejen de el.
Un sinvergüenza con dinero, eso es lo que es.
Me arreglo el escote del vestido frente al espejo. La prenda es ceñida, de un escote pronunciado que deja al descubierto mis hombros y gran parte de mi espalda, eso es lo que mas odio de este trabajo, tener que mostrar la piel.
De repente, la puerta de madera fina del taller se abre de golpe y las tres costureras que estaban charlando en la mesa de corte se quedan inmóviles y bajan la mirada de inmediato.
—Chiara, dime que la muestra de seda negra está lista antes de que pierda la paciencia con los compradores franceses —la voz entra antes que el hombre. Es grave, profunda y cargada de una autoridad natural que hace que el aire del lugar se vuelva pesado.
Miro hacia la entrada por el reflejo del espejo.
Ahí está él. Marco Santoro en carne y hueso. Tiene el cabello oscuro, la mandíbula marcada por una sombra de barba de dos días y unos ojos oscuros, casi negros, que transmiten peligro.
Se detiene a mitad del taller. Su mirada pasea por el espacio hasta que se clava en mí a través del espejo.
No me mira a la cara. No busca mis ojos. Desliza su mirada lentamente desde mis tacones, subiendo por la curva de mis piernas aprisionadas en la seda, deteniéndose en el ceñido de mi cintura y parándose de forma descarada en mi pecho. Es una inspección lenta, invasiva y carente de cualquier pudor. Me está devorando con la mirada como si fuera una pieza de carne colgada en un escaparate a la venta.
Siento cómo la sangre me sube al rostro a mil por hora. No por timidez, sino por una rabia hirviente que me nubla el juicio. Estoy harta. Harta de los hombres poderosos que creen que pueden mirar a las mujeres como si fueran de su propiedad.
Me doy la vuelta en la tarima, encarándolo directamente y rompiendo todas las pautas de protocolo.
—Mi cuerpo sirve para medir las tallas de la nueva colección, no para que usted se satisfaga la vista —escupo las palabras sin pensar — y deje de mirarme como un viejo morboso, eso es asqueroso.
El tiempo parece detenerse. A mi lado, Signora Chiara ahoga un grito y se lleva las manos a la boca, soltando la cinta métrica al suelo. Las demás costureras se quedan heladas, mirándome como si estuviera loca.
¿Por que dije eso? - me pregunto a mi misma cargada de miedo.
El imbecil no se inmuta. Ni siquiera pestañea. En lugar de estallar en ira o mandarme a la calle a gritos, una sonrisa lenta, calculadora y malevola se dibuja en sus labios. Se mete las manos en los bolsillos de sus pantalones y camina hacia la tarima con pasos pausados, como un depredador que acaba de encontrar una presa que intenta morder.
—¿Cómo me has llamado? —pregunta en un susurro divertido — ¿viejo morboso?
Trago saliva con dificultad. De cerca, el impacto de su presencia es aplastante. Mis pulmones se niegan a trabajar correctamente y un latigazo de pánico real me atraviesa la espina dorsal al ver la frialdad en el fondo de sus ojos oscuros.
Dios mío, ¿qué acabo de hacer?
La imagen de mi madre en la silla de ruedas apretando las manos por el dolor y la cara de mi hermana pidiendo dinero para sus libros me golpean como un mazo. Si este hombre me despide ahora mismo, no tendré cómo pagar la medicina de esta noche. Perderé la única fuente de ingresos que tenemos.
—Yo... yo no sabía que usted era el señor Santoro —miento descaradamente, y aborrezco el temblor evidente que se me escapa en la voz.
—Oh, pero ya lo sabes —responde mientras sonrie con maldad —. Antonella, la modelo de pasarela que habla más de la cuenta y se despeina.
Me quedo de piedra. ¿Sabe mi nombre?
—Me gusta la gente con carácter, principessa —añade en un tono tan bajo que solo yo puedo escucharlo—. Pero ten cuidado. En este imperio, las reglas las pongo yo. Y te juro que vas a rogar por probarte cada uno de mis trajes.
