Capítulo 2 Las reglas de juego

MARCO

​Ver el pánico cruzando los ojos de esa mujer es un espectáculo que no esperaba disfrutar tanto.

​Sigue parada sobre la tarima, rígida como una barra de acero, con el escote de seda negra subiendo y bajando al ritmo acelerado de su respiración. Un segundo atrás parecía una fiera dispuesta a arrancarme los ojos, llamándome viejo morboso frente a todo mi personal de taller, y ahora la realidad de su audacia la tiene al borde del colapso.

​—Señor Santoro... yo le pido una disculpa en nombre del taller —interviene Chiara con la voz temblorosa, dando un paso al frente y apretando las manos contra su delantal—. Es la chica nueva, no conoce las normas, yo misma me encargo de tramitar su despido ahora mismo...

​—Silencio, Chiara —ordeno sin apartar la mirada de la rubia. Mi voz no es alta, pero el tono hace que la jefa de taller dé un paso atrás y cierre la boca de inmediato.

​Camino despacio alrededor de la tarima, evaluándola como el depredador que acaba de acorralar a una criatura extraña. Sé muy bien quién es. No leo los expedientes de contratación del personal junior, pero esta mañana su rostro apareció en mi escritorio. Antonella Mercier. Veintidós años, sin experiencia previa en pasarelas, contratada por Antuan, el mayor imbecil de la empresa, su recomendacion para que entre no tiene ninguna validez y simplemte la mujer tubo suerte de que no tenemos modelos con las tallas de la nueva coleccion de Dante.

​Pero hay algo en su postura que no encaja con las chicas que suelen llegar a este edificio. No hay deseo de agradar en sus ojos. No hay esa coquetería barata ni la desesperación por llamar mi atención. En su mirada solo hay desprecio. Un odio puro y visceral que no logro comprender, pero que enciende algo peligroso en mi pecho.

​—¿Así que piensas que soy un viejo morboso, principessa? —pregunto, deteniéndome justo a su espalda.

​Puedo ver el vello de sus hombros erizarse por la cercanía. Ella no se gira, pero mantiene la vista fija en mi reflejo en el espejo.

​—Dije que estaba mirando de forma inadecuada —responde, intentando sostener la voz, aunque el temblor en sus labios la traiciona—. Y no soy su principessa. Me llamo Antonella.

​Aprieta las manos a los lados, ocultando los puños cerrados entre los pliegues de la tela. Me agrada que intente mantener la fachada de valiente aun cuando sé que por dentro se está desmoronando.

​—Para mí eres lo que yo decida que seas mientras lleves puesta una sola prenda confeccionada por mi empresa —me inclino levemente para quedar a su altura —. Chiara dice que debería despedirte. Un solo gesto de mi mano y estás en la calle antes de que termine la hora. Sin referencias. Sin finiquito. Sin nada.

​Al escuchar la palabra dinero, un destello de dolor y rabia cruza sus ojos oscuros. Di en el blanco. Nadie trabaja de modelo de tallaje por amor al arte; el noventa por ciento lo hace por necesidad, pero en ella la necesidad huele a desesperación pura.

​—Haga lo que tenga que hacer —dice entre dientes, elevando la mentón con un orgullo absurdo—. No voy a rogarle y no voy a permitir que me vean como carne fresca.

​Sonrío porque la tentación de romper ese orgullo me quema las manos.

​—Despedirte sería demasiado fácil, Antonella —camino de vuelta hacia el frente de la tarima y miro a Chiara—. Cancela las pruebas de la línea casual para la tarde. A partir de hoy, la señorita Mercier será mi modelo exclusiva de ajuste para la colección cápsula Seta Nera.

​Chiara abre los ojos como platos.

—¿Exclusiva, señor Santoro? Pero la colección cápsula requiere sesiones privadas de patronaje en la oficina de presidencia...

​—¿Acaso no hablé claro? —la corto con frialdad.

​—Sí, señor. Entendido.

​Vuelvo a clavar mis ojos en Antonella. Su rostro ha perdido todo el color. Sabe perfectamente lo que significa: trabajará directamente bajo mi supervisión, en mi planta, a puerta cerrada, probándose cada uno de los vestidos que salgan de mi mesa de dibujo.

​—Tu sueldo se duplica a partir de este instante —añado, viendo cómo sus pupilas se dilatan por el impacto—. Mil euros a la semana. Pero a cambio, quiero puntualidad absoluta, cero insolencias y disponibilidad cada vez que necesite ajustar una prenda. ¿Aceptas el trato o prefieres cruzar esa puerta y buscarte la vida en otra parte?

​Sé que no puede negarse. Sé que el dinero la tiene acorralada y la curiosidad me dice que si busco mas a fondo voy a tener en mi mano su tan preciado orgullo.

​Antonella traga saliva, apretando los dientes con tanta fuerza que la línea de su mandíbula se marca con violencia. Me mira con un odio tan denso que casi puedo tocarlo en el aire.

​—Acepto —susurra, y las palabras le saben a veneno — pero solo soy modelo, mi cuerpo solo sera usado para sus prendas.

— ¿ Que le hace pensar que quiero su cuerpo para algo mas?

— Solo quiero dejarlo claro — alza sus ojos para encararme — uno nunca se sabe lo que pasa por la cabeza de los hombres.

No puedo evitar sonreir ante sus palabras, se de lo que habla, en el mundo del modelaje no todas las mujeres crecen por tener talento.

— No es necesario, puede estar segura de que usted no es mi tipo.

— ¿Por qué tengo cerebro? — responde con burla.

— No, porque sus medidas no me prenden lo suficiente.

— excelente, entonces voy a trabajar el tiempo que se requiera — acepta sonriente.

​—Excelente —me acomodo los puños de la camisa y le dedico una sonrisa cargada de arrogancia—. Empiezas esta tarde a las tres en mi oficina. Ponte algo fácil de quitar, Antonella, la que a la pasarela no llega pero se despeina. No me gusta perder el tiempo.

​Me doy la vuelta y camino hacia la salida del taller. Mientras la puerta de madera se cierra a mis espaldas, escucho el suspiro ahogado de las costureras y el silencio helado que deja mi presencia.

​Esa mujer cree que puede desafiarme. Cree que puede mirarme desde arriba solo porque lleva un disfraz de virtud. No tiene idea de dónde se ha metido. En mi imperio, la seda no es lo único que se moldea a mi antojo...

y te juro, Antonella Mercier, que vas a terminar cayendo a mis pies como todas las demás.

​Hasta el dia de hoy no hay mujer que me haya dicho que no, y tu no vas a ser la primera, este juego acaba de empezar y mi nuevo juguete me va a dar los mejores dias de mi vida.

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