Capítulo 3 Entre hilos
ANTONELLA
Faltan tres minutos para las tres de la tarde.
Apoyo las palmas de las manos sobre el espejo del baño de empleadas, intentando recuperar el control de mi respiración.
«Sus medidas no me prenden lo suficiente», retumba la voz de Marco en mi mente como un eco venenoso.
Suelto una risa amarga y me mojo la cara con agua helada. Qué hombre tan despreciable. Es exactamente el tipo de patán arrogante que estoy acostumbrada a ver en las noticias y revistas de la élite: millonario, ególatra, con la necesidad ridícula de pisotear el orgullo de quien se cruce en su camino.
Pero no importa. No estoy aquí para gustarle, ni para que me considere su tipo, ni para entrar en su lista de conquistas semanales. Estoy aquí por mil euros a la semana. Con ese dinero puedo pagar el tratamiento de rehabilitación de mi madre de los próximos tres meses y asegurar que Chloé no tenga que dejar la escuela. Si para conseguirlo tengo que soportar los insultos y los comentarios sarcásticos de un riquillo engreído, me tragaré el orgullo las veces que sea necesario.
Tomo el ascensor privado que lleva al piso superior y miro el mensaje que llega a mi telefono.
«Antonella, los medicamentos de mamá ya se terminaron. La farmacia dice que no puede fiarnos otra caja».
Aprieto los dientes y escribo una respuesta rápida: «Tranquila, Hoy mismo los compro».
Guardo el teléfono justo cuando las puertas del ascensor se abren con un suave pitido.
Al fondo del pasillo, está la oficina del don juan de tres pesos.
Avanzo a pasos lentos, sintiendo este trabajo mas como una tortura que como un alivio para mis problemas economicos.
—Entra, Antonella. No te quedes parada en la puerta como si fueras a salir huyendo.
Trago saliva con dificultad. ¿Cómo supo que estaba allí? ¿Acaso tiene cámaras en cada rincón de este edificio?
Empujo la puerta con firmeza y paso al interior.
La oficina es gigantesca y al mismo tiempo aterradora, no porque sea oscura o fea, sino porque el aura del hombre que la ocupa es demasiado para mi.
Marco está de pie junto a uno de los maniquíes, vistiendo únicamente su pantalón de vestir y una camisa blanca de vestir con las mangas remangadas hasta los codos.
Me mira de arriba abajo, deteniéndose en la bata que llevo abotonada hasta el cuello.
—Llegas con cuarenta segundos de retraso —dice sin amabilidad —. Y te dije claramente que vinieras preparada.
—Estaba en el taller terminando de guardar mis cosas, señor Santoro —respondo, manteniendo la voz lo más neutra y profesional posible—. Estoy lista para el ajuste.
—Entonces quítate la bata y sube a la tarima —ordena sin mirarme, ajustando las gafas de montura negra que lleva puestas para examinar un dibujo.
Siento una punzada de incomodidad en el estómago. Aunque soy la modelo de tallaje y mi trabajo consiste en probarme las prendas de prueba, la sombra de su presencia en esta oficina a puerta cerrada me pone los nervios de punta.
Me desabrocho la bata con dedos torpes y la dejo sobre una silla de piel. Me he quedado en la ropa interior de prueba: un conjunto básico en color carne, sin encajes ni adornos, diseñado específicamente para no alterar las medidas de las prendas. La brisa del aire acondicionado me eriza la piel de inmediato.
Camino hacia la tarima circular y subo el pequeño escalón, cruzando los brazos sobre mi pecho en un gesto instintivo de defensa.
Marco deja los bocetos sobre la mesa, se quita las gafas con lentitud y gira sobre sus talones para mirarme.
Su mirada se clava en mi cuerpo con la misma intensidad fría y analítica que vi en el taller, pero esta vez hay algo más. Sus ojos oscuros recorren la curva de mi cintura, el contorno de mi cadera y la línea de mis piernas descubiertas. No hay la menor prisa en su inspección. Es una mirada pesada, física, que hace que el aire de la oficina se vuelva denso y sofocante.
—Baja los brazos, Antonella —ordena —. No puedo medir una prenda si te escondes como si fuera a atacarte.
—No me estoy escondiendo —miento.
—La colección cápsula Seta Nera es la línea más sensual y peligrosa que he diseñado en tres años —comienza a decir, desabrochando el cierre posterior de la prenda mientras me observa a los ojos—. No es para mujeres timoratas. Es para mujeres que dominan la habitación antes de pronunciar una sola palabra.
—Entonces se equivocó de modelo —escupo con sarcasmo—. Yo no tengo el menor interés en dominar ninguna habitación.
—Oh, no te equivoques, principessa —una sonrisa burlona se dibuja en la comisura de sus labios —. No busco que domines la habitación. Busco que el vestido se ajuste a ti de tal forma que parezca una segunda piel. Ahora, date la vuelta.
Me giro de espaldas a él, apretando los puños, "menudo idiota"
Siento el roce frío de la seda sobre mis hombros, seguido de inmediato por el calor abrasador de sus dedos y un escalofrío violento me recorre la espina dorsal desde la nuca hasta la cintura. Intento no jadear, pero el contraste entre la seda fría y el calor de sus manos es una tortura.
—Tienes la piel fría —murmura —. ¿Tienes frío o es que la presencia de tu jefe te pone nerviosa?
—Es el aire acondicionado —respondo de golpe —. Y usted no me pone nerviosa, señor Santoro. Me pone impaciente. Quiero terminar esto para irme a mi casa.
Marco suelta una risita baja cargada de diversión. Sus manos bajan por el borde del vestido, ajustando la tela sobre la curva de mis caderas con una lentitud exasperante.
—Impaciente... me gusta esa palabra —dice, rodeándome para quedar de nuevo frente a mí —. Pero las cosas buenas llevan tiempo. Y esta colección requiere horas de trabajo sobre tu cuerpo.
Nuestras miradas se cruzan a escasos centímetros de distancia y me molesta que no me está mirando como a una modelo más. Me está estudiando como si fuera un acertijo que está decidido a descifrar.
—Marco... —un golpe seco en la puerta rompe la burbuja de tensión de golpe.
La puerta de la oficina se abre sin previo aviso y un hombre alto, vestido con un traje de corte impecable y una actitud de absoluta confianza, entra a la estancia.
—Marco, necesito los expedientes de la proveedora de seda de Milán antes de que...
El recién llegado se detiene en seco a mitad de la oficina al ver la escena: Marco parado sobre la tarima, ajustando el escote del vestido sobre mi cuerpo casi descubierto, y yo rígida con las mejillas ardiendo.
Reconozco al hombre de inmediato por las fotos de las revistas de negocios. Es Dante D'Angelo. El magnate de la alta moda y socio principal de la firma.
Dante me mira de arriba abajo con una ceja elevada y una sonrisa socarrona dibujándose en su rostro.
—Vaya, Marco —dice Dante con tono divertido —. Veo que el trabajo de taller en la oficina de presidencia se ha vuelto mucho más detallado de lo normal. ¿No me vas a presentar a tu nueva... colaboradora?
