Capítulo 4 Territorio privado
MARCO
Maldigo en silencio a Dante D'Angelo y a su pésima costumbre de entrar a mi oficina sin golpear.
No me muevo un solo milímetro y mantengo mis manos posicionadas a los lados de la cintura de Antonella, sintiendo a través de la seda cómo su cuerpo se pone rígido como una piedra bajo mi tacto. Su respiración se vuelve errática y veo cómo un tinte carmesí furioso le asciende desde el escote hasta la base del cuello. Está avergonzada, acorralada y furiosa, una combinación que la hace ver absurdamente tentadora.
Desvío la mirada hacia la puerta con absoluta molestia. Dante sigue apoyado en el marco de madera, con esa sonrisa arrogante y burlona que utiliza cuando cree que ha atrapado a alguien con las manos en la masa, pero en mi cabeza solo maldigo el hecho de que el cuerpo de esta mujer este a la vista de alguien mas.
—¿No te enseñaron a tocar antes de interrumpir una sesión de patronaje, Dante? —pregunto con voz molesta.
—¿Tocar? En tu oficina la puerta siempre está abierta, Santoro... a menos que estés ocupado haciendo "ajustes de alta precisión" —Dante da dos pasos hacia el interior, cruzándose de brazos mientras recorre a Antonella con una mirada rápida. —. Aunque debo admitir que esta vez tu gusto para los prototipos ha mejorado considerablemente.
Siento a Antonella dar un tirón seco hacia atrás, intentando zafarse de mi agarre en la tarima. El movimiento es tan brusco que el broche provisional de la espalda se suelta, amenazando con dejar caer la parte superior del vestido. Reacciono por instinto: pongo mi mano derecha sobre su cadera para fijarla en el sitio y con la izquierda sostengo la tela firme contra su pecho antes de que quede expuesta.
La distancia entre ella y yo se reduce a cero. Su espalda choca contra mi tórax y el aroma a lavanda y piel tibia me golpea de lleno los sentidos.
—Quieta —le murmuro al oído —. Si te mueves, el vestido se cae. Y dudo que quieras darle un espectáculo gratuito a mi socio.
—Suélteme —susurra ella entre dientes, con las pupilas dilatadas por la mezcla de pánico y rabia.
—Te soltaré cuando te ordene bajarte de la tarima, no antes —respondo en el mismo tono imperceptible.
Alzo la vista hacia Dante, clavándole una mirada que le deja muy claro que estoy para sus cosas en este momento.
—Se llama Antonella Mercier —digo en voz alta, dirigiéndome a Dante mientras aseguro el alfiler de la espalda con dedos rápidos y precisos—. Es la nueva modelo exclusiva de la colección Seta Nera. Y no es una "colaboradora", es parte del personal.
Dante arquea una ceja, claramente divertido por la postura defensiva que acabo de adoptar sin darme cuenta. En todos los años que llevamos siendo socios y amigos, jamás me ha visto personalmente involucrado en el ajuste de una modelo de tallaje en mi propia oficina.
—Entendido —responde Dante, dando un paso atrás con las manos en los bolsillos—. Solo venía por las muestras de la seda que prometiste enviarme a primera hora. Pero veo que la colección cápsula te tiene bastante... absorbido. Te espero en mi despacho en dos horas.No te demores, Marco. Los compradores de Milán no tienen la paciencia que tú pareces haber encontrado hoy.
Imbecil oportuno - pienso para mi mismo queriendo sacarlo a empujones.
Con un guiño burlón hacia Antonella, Dante da media vuelta y sale de la oficina, cerrando la doble puerta de caoba tras de sí.
El silencio vuelve a caer sobre la habitación.
Suelto la cintura de Antonella y doy un paso atrás. Ella no pierde un solo segundo: gira sobre sus talones en la tarima, jalando la tela sobre su pecho con ambas manos, mirándome como si fuera un monstruo a punto de devorarla.
—Es un imbécil —escupa las palabras con rabia, refiriéndose a Dante—. Y usted es peor por permitir que me mire de esa manera.
Una risa seca se me escapa del pecho. Me acomodo los puños de la camisa, disfrutando de cómo el color vuelve a sus mejillas.
—Dante D'Angelo es el dueño de la mitad de la alta moda en esta ciudad, principessa —camino hacia mi escritorio y tomo la libreta de anotaciones—. Y en cuanto a ti, deberías agradecer que sostuve la prenda. De lo contrario, habrías terminado desnuda frente a uno de los hombres más influyentes de Italia.
—¡Prefiero eso a que sus manos me toquen! —exclama, dando un paso abajo de la tarima.
Mi sonrisa desaparece de golpe, soy un hombre al cual las mujeres le sobran, modelos de las agencias mas famosas del mundo han querido mi atencion, y esta mujer aborrece el simple hecho de trabajar cerca de mi.
¿Acaso está loca? - si eso debe de ser, de lo contrario no entiendo como es que no me desea y esa actitud de asco ya me tiene arto.
—Escúchame bien, Antonella —digo con una voz tan grave que vibra en el aire—. Estás cobrando mil euros a la semana para que mis manos toquen la tela sobre tu piel cuantas veces sea necesario para que este trabajo quede perfecto. Si no puedes tolerar el contacto profesional de tu diseñador, la puerta está bien abierta. Puedes volver a tu vida miserable y buscar quién te pague esa suma por quedarte parada en un rincón.
Veo el impacto de mis palabras golpear directo en su orgullo. Sus labios tiemblan, pero aprieta los puños con tanta fuerza que las nudillos se le ponen blancos. Sé que el dinero es su punto débil. Sé que hay una urgencia detrás de sus ojos que la obliga a tragarse el veneno.
—No voy a renunciar —susurra, sosteniéndome la mirada con una valentía que me descoloca—. Haga su maldito trabajo, señor Santoro. Ajuste el vestido cuantas veces su cerebro le pida que lo haga y dejeme irme.
¿Me acaba de decir bruto?- no, eso no puede ser.
Me quedo en silencio un par de segundos, estudiando cada rasgo de su rostro. Hay algo en ella que me saca de quicio y la unica razon por la que sigue aca es porque sus medidas son justo lo que necesito en este momento y no tengo ganas de buscar a alguien mas.
—Bien —digo, tomando la cinta métrica de la mesa—. Date la vuelta. Todavía nos quedan dos horas de trabajo... y no tomo las medidas varias veces porque mi cerebro no trabaje bien , es solo que yo las cosas las hago perfectas.
— Aja si como diga.
No se que carajo estoy haciendo aguantandola, y mientras reniego internamengte me dedico a pasar mis manos por su cuerpo aun cuando se que lo odia. Y creo que yo lo odio mas, pero por alguna estupida razon, no puedo parar de hacerlo.
