Capítulo 5 Seduccion de pacotilla
ANTONELLA
Llevo más de una hora parada sobre esta dichosa tarima circular, con el cuello tenso, las piernas temblándome y la espalda a punto de estallar, y el imbecil se dedica a deslizar sus dedos sobre la seda de mi vestido con una lentitud desesperante, fingiendo que está midiendo los milímetros de una costura cuando en realidad sé que solo quiere fastidiarme.
—Si sigue pasando la cinta métrica por el mismo sitio, se le va a desgastar la tela —digo entre dientes.
—Perfeccionismo, principessa —responde él desde mi espalda —. Te dije que yo hago las cosas perfectas.
Antes de que pueda responderle y mandarlo al diablo, el sonido estridente de unos tacones de aguja resonando con prisa en el pasillo rompe la tensión de la oficina. La puerta se abre de par en par sin que nadie se moleste en llamar antes.
—¡Marcotito de mi vida! —una voz empalagosa retumba en la habitación.
Giro levemente la cabeza y veo entrar a una mujer despampanante. Piernas kilométricas, un bronceado artificial perfecto, cabello castaño peinado con ondas de salón y un vestido tan ceñido que parece pintado sobre su cuerpo. Es Chantal, una de las supermodelos estrella que he visto en las portadas de las revistas de moda que la asistente de vestuario tiene en el sótano.
Avanza contoneándose, ignorando por completo mi presencia sobre la tarima.
—Chantal —dice Marco, soltando finalmente la tela de mi vestido —. Te dije en la mañana que mi secretaria te daría una cita para la prueba de la línea de calzado la próxima semana.
—Ay, mi amor, pero es que no podía aguantar las ganas de verte —la mujer se le abalanza encima, pasándole sus uñas larguísimas y decoradas por el hombro —. Además, dejaste tu reloj de oro en la mesa de noche de mi departamento el sábado... y pensé que era la excusa perfecta para venir a devolvértelo en persona.
Suelto un bufido ahogado antes de poder detenerlo. El sábado. Las costureras no mentían ni un poco, este hombre cambia de cama con la misma facilidad con la que cambia de pañuelo.
Marco no se aparta del toque de la mujer. Al contrario, dibuja esa sonrisa perezosa y devoradora que me asquea y le desliza una mano por la cintura con una familiaridad descarada.
—Siempre tan considerada, Chantal —murmura —. Déjalo sobre el escritorio.
Chantal camina hacia el escritorio de cristal y solo cuando va a dejar el reloj parece notar mi presencia y puedo darme cuenta de que no le agrado para nada, su cara de pocos amigos me lo deja mas que claro y la verdad es que no puede importarme menos.
—¿Y ella quién es, Marco? —pregunta haciendo un puchero ridículo —. ¿Una nueva pasante de los talleres del sótano? Pobrecita, se ve tan pálida y despeinada... Deberías mandar a pedirle un sándwich o un café, parece que se va a desmayar en cualquier momento.
La sangre me hierve en las venas a mil por hora, ¿Me esta diciendo muerta de hambre?.
—Es Antonella, la nueva modelo de tallaje —responde Marco, y me molesta ver la chispa de diversión que se le enciende en los ojos al notar cómo se me tensa la mandíbula—. Estamos haciendo un ajuste exclusivo para la colección Seta Nera.
—Ah, de tallaje... claro, para las chicas que tienen medidas comunes —chilla Chantal, soltando una risita tonta —. Bueno, mi amor, ¿a qué hora terminas con la sirvienta de las telas? Pensaba que podíamos ir a comer a ese restaurante elegante en el centro, el donde me compraste la pulsera de diamantes...
¿La sirvienta de las telas?
Hasta aquí llegué, el tono despectivo con el que me mira y la arrogancia de Marco acariciándole la espalda mientras me tiene a mí parada sobre una tarima como si fuera un pedazo de madera, sobrepasa cualquier límite de mi paciencia.
—Si me permite interrumpir su profunda conversación, señorita —intervengo con una voz tajante —. "La sirvienta de las telas" tiene un nombre. Y si el señor Santoro pudiera concentrarse dos minutos enteros en hacer su trabajo en lugar de atender a su agenda de conquistas de pacotilla, todos podríais irnos a casa a tiempo.
La mujer parpadea despacio, procesando mis palabras con una dificultad evidente, como si estuviera intentando traducir un idioma desconocido.
—¿Qué... qué fue lo que dijo esta niña? —pregunta confundida —. ¡Marco! ¿Escuchaste cómo me habló? ¡Es una maleducada y una grosera! ¡Mándala a la calle ahora mismo!
Marco, lejos de molestarse o ponerse furioso, suelta una risita baja y oscura. Abandona el costado de Chantal y camina con pasos lentos hacia la tarima, fijando sus ojos en los míos con una fascinación peligrosa.
—Parece que mi modelo de tallaje tiene opiniones muy formadas sobre mi vida privada —dice él, deteniéndose a escasos centímetros —. ¿Pasa algo, Antonella? ¿Te molesta que atienda a mis visitas o es que te da envidia no ser la que está sentada en mi escritorio?
—¿Envidia? —suelto una risa seca, cargada de puro desprecio —. No me haga reír, señor Santoro. Solo me da un poco de lástima ver cómo algunos hombres se las dan de grandes conquistadores e indomables, cuando en realidad solo necesitan un desfile de mujeres despistadas e ingenuas para alimentar un ego que evidentemente tienen acomplejado. Es el clásico patrón del don Juan de tres pesos: mucho dinero, trajes a la medida, autos deportivos y absolutamente nada por dentro.
Chantal se lleva las manos a la boca, totalmente indignada y roja de rabia.
—¡Oye! ¡A mí no me dices ingenua, muerta de hambre! ¡Mi bolso de mano cuesta más que el sueldo de tu vida entera!
—Chantal, cállate —la corta Marco sin desviar un solo milímetro su mirada de mi rostro.
Marco da un paso más arriba en la tarima. La sombra de su cuerpo me cubre por completo y el calor que emana me obliga a apretar las manos a los lados.
—Un don Juan de tres pesos... —repite él en un susurro grave que me eriza los vellos de la nuca—. Tienes una boca muy grande para ser una simple chica que depende del cheque que firmo cada viernes, principessa.
—Solo digo la verdad —sostengo la mirada aunque siento que el corazón me va a estallar dentro del pecho por la cercanía—. Hay hombres que creen que pueden comprar el mundo con una pulsera de diamantes o una cena costosa. Pero la realidad es que a algunas mujeres no nos impresionan sus fajos de billetes. Nos causan repulsión.
Marco acerca su mano derecha a mi rostro y, antes de que pueda reaccionar o hacerme a un lado, sus dedos atrapan mi barbilla con firmeza obligándome a sostenerle la mirada a escasos milímetros de la suya.
—Me fascina cuando intentas convencerme de que me odias, Antonella —murmura acercándose tanto que su aliento cálido golpea directamente mis labios—. Porque mientras más veneno escupes por esa boca, más ganas me dan de demostrarte lo equivocada que estás sobre mí... y te juro que vas a tragarte cada una de tus palabras antes de que termine esta colección.
— ja, no me haga reir, prefiero volverme lesbiana antes que ser una mas de sus huecas amantes....
