Capítulo 6 El reflejo en el espejo

MARCO

​«Prefiero volverme lesbiana antes que ser una más de sus huecas amantes».

​Las palabras de Antonella retumban en mi cabeza como una cachetada ridicula. La rabia me enciende las venas, pero antes de que pueda apretar más su barbilla y responderle como se merece, Chantal suelta un chillido de indignación que rompe el momento.

​—¡Es el colmo, Marco! —grita la modelo, bajándose del escritorio a toda prisa con los tacones resonando contra el piso—. ¡No vas a permitir que una muerta de hambre que viste ropa de remate me llame hueca en tu propia cara! ¡Exijo que la despidas ahora mismo o le digo a mi agente que cancele la campaña de la próxima semana!

​Antonella ni siquiera se inmuta. Se suelta de mi agarre con un movimiento limpio, acomodándose la bata sobre los hombros mientras mira a Chantal con una calma desesperante.

​—Si fueras un poco más lista, sabrías que tu agente no va a cancelar nada —dice Antonella con voz serena y lógica impecable—. Si rompes el contrato con Santoro Italia por una pataleta de celos, la cláusula de rescisión te costaría la mitad de tus ganancias del año. Y dudo mucho que el señor Santoro vaya a pagarte la multa solo para complacer tu berrinche.

​Chantal se congela a mitad del pasillo, parpadeando desorientada.

—¿De qué... de qué cláusula estás hablando? Mi agente dijo que yo era la estrella de esta marca.

​—Eres la imagen de una línea casual, no la dueña de la empresa —responde Antonella, cruzándose de brazos sobre la tarima con una postura elegante que hace ver a la supermodelo como una aficionada—. Además, si tan segura estás de tu lugar aquí, ¿por qué viniste a devolver un reloj un martes por la tarde en lugar de esperar a que él te busque? Un hombre que realmente te valora no se deja un reloj de oro "olvidado" para que tú sirvas de mensajera. Se asegura de volver por él... y por ti.

​El rostro de Chantal pasa del rojo de la ira a una palidez ridícula. Se gira hacia mí con los ojos suplicantes, buscando desesperadamente que yo desmienta lo que acaba de escuchar pero la verdad es que la modelo de tallaje esta diciendo la verdad.

​—Marco... dile que es mentira —balbucea Chantal con un hilo de voz—. Dile que tú me dejaste el reloj a propósito porque querías que viniera a verte... ¿cierto?

​Me quedo completamente rígido al lado de la tarima. El silencio en la oficina se vuelve incomodo y no se como decirle a Chantal que si fuera asi, ya la hubiera buscado, pero no se como, en mi vida puedo ser muy hablador cuando de conquistar se trata pero al momento de ser sincero es dificil complacer a una mujer que solo sirvio para un proposito

​Chantal, en su absoluta falta de inteligencia, acaba de validar punto por punto todo lo que Antonella dijo, y es que si es una mujer ingenua, manipulable, que usa excusas baratas para rascar un poco de mi atención. Le está dando la razón en la cara a la chica que acaba de llamarme "don Juan de tres pesos".

​La ira me quema el pecho con una fuerza que pocas veces he sentido. No estoy enojado con Chantal por ser tonta; siempre supe lo que era. Estoy furioso porque Antonella manejó la situación con una inteligencia tan fría y descarada que me dejó expuesto en mi propio territorio.

​—Chantal —digo con una molestia que no me aguanto ni yo mismo —. Toma tus cosas y vete.

​—Pero, Marco...

​—Dije que te vayas —la corto con una firmeza que no admite réplica—. La sesión de patronaje ha terminado por hoy. Pásale a mi secretaria la factura del taxi y no vuelvas a mi piso sin una cita previa.

​Chantal abre la boca para protestar, pero al ver la tormenta en mis ojos, agarra su bolso de diseñador con manos temblorosas y sale corriendo de la oficina, dejando tras de sí solo el eco seco de sus tacones y la puerta retumbando al cerrarse.

​Nos quedamos solos.

​Giro lentamente hacia la tarima. Antonella sigue allí parada, mirándome con una sonrisita de suficiencia que me tienta a cometer una locura.

​—Vaya —murmura ella, dando un paso abajo de la tarima con absoluta tranquilidad—. Parece que su colección no es lo único que necesita ajustes, señor Santoro. Su criterio para elegir compañía también deja bastante que desear.

​Paso en tres zancadas la distancia que nos separa, acorralándola contra el borde de la mesa de dibujo antes de que pueda dar un solo paso hacia la salida. Apoyo las dos manos sobre la madera, a ambos lados de sus caderas, dejándola atrapada entre mi cuerpo y la mesa.

​—Te diviertes mucho, ¿verdad, principessa? —susurro con la voz ronca de rabia, inclinándome hasta que mi frente casi toca la suya—. Te crees muy lista jugando a la psicóloga con mis empleadas.

Esta mujer me va a sacar canas verdes - pienso mientras admiro cada uno de los detalles de sus ojos, la desgraciada es hermosa e inteligente y eso no se porque me molesta como la mierda.

​—No juego a nada —responde sin bajar la mirada —. Solo dije lo que era evidente. Si no le gusta que la gente vea la realidad de su vida, busque amantes que tengan un poco más de cerebro... o aprenda a disimular mejor.

​—Te aseguro que sé muy bien cómo manejar mi vida —mi mano sube por su cintura, apretando la tela de su bata hasta sentir la calidez de su piel debajo—. Y a partir de mañana, vas a aprender a medir esa boca, Antonella. Porque este "don Juan de tres pesos" es el único que puede salvarte o hundirte en esta ciudad.

​Antonella se sostiene firme, apoyando las palmas de sus manos en mi pecho para mantener un centímetro de distancia, y me sonríe con una frialdad que me enloquece.

​—Inténtelo, señor Santoro —desafía en un susurro—. A ver quién se hunde primero.

— En serio, ¿Me estas retando? — Pregunto incredulo.

Tantas mujeres que han pasado por mi cama y ninguna ha sido tan odiosa y desagradable como esta.

— Tomelo como quiera, no me cuesta nada callar bocas...

— Yo no soy cualquiera — Reniego.

— Para mi todos son iguales.

Su seguridad me calienta la sangre y antes de hacer una estupidez decido terminar por hoy porque no estoy dispuesto a darle la razon, me alejo furioso y me siento mientras ideo formas de hacer que se trague sus palabras.

— Vete a casa, la inspiración se me acaba de ir.

Sonrie de forma victoriosa y en menos de tres munutos se cambia y sale del lugar a pasos ligeros como si estar cerca de mi, le desagradara mucho.

— Que tenga una feliz noche señor Santoro.

No me molesto en responder, solo me quedo ahi pensando en sus plabras y deseando romperla para que me respete.

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