Capítulo 2 Capítulo 2

Me posicioné frente a él. Ambas manos alzadas, un pie frente al otro y mis respiraciones pausadas. Estaba sudando en exceso, mi coleta de caballo era un revoltijo de cabello después de tantas caídas y mis mejillas se sentían calientes. La ventaja de la piel morena oscura era que no dejaba entrever fácilmente los moretones, pero después del entrenamiento seguramente tendría varios en las piernas.

Hice una finta, fingí que lo iba a atacar, pero me quedé en mi lugar, de esa forma fue él quien se movió hacia mí y lo desconcerté. Esquivé dos duros golpes y lancé una patada baja, él la bloqueó fácilmente y contraatacó. Me agachaba, saltaba, subía, bajaba, golpeaba y pateaba. Era más fácil esquivar golpes que bloquearlos, además de que lastimaba menos y siempre fue lo más sencillo para mí.

Ambos jadeábamos, nos mirábamos con ferocidad y ninguno cedía terreno. Vi una gota de sudor escurrir por la sien de Lucas, al fin se estaba cansando. Me lancé hacia él con la mano alzada lista para dar un golpe en el cuello, Lucas lo previó y rápidamente lo bloqueó, sin embargo, fui más lista y me tiré hacia el suelo propinándole una fuerte patada en el abdomen y desestabilizándolo al momento.

Con mi otra pierna pateé su tobillo y provocó su caída. Soltó un quejido de dolor y se quedó tirado en la colchoneta. Me puse en pie y lo miré con orgullo desde arriba.

Lucas me sonrió, no con una sonrisa burlona, si no una de satisfacción. Le extendí la mano para ayudarlo a levantarse, sus ojos cafés analizándome con cierto orgullo. Fui consciente de su mano rodeando la mía, de su calor irradiando hacia mí, de nuestros jadeos por el cansancio, pero tal vez por algo más...

Que tal vez solo lo estaba imaginando.

—¿Cómo va el entrenamiento?

Ambos nos sobresaltamos y nos separamos, aunque no estábamos haciendo nada malo.

Mi padre nos miraba desde el umbral de la sala de combate. Su nombre era Raymundo, un hombre imponente de tez clara como la nieve y una quijada fuerte. Era de los mejores y el ejemplo a seguir de Lucas... Y sí, también el mío. Tenía una trayectoria ejemplar, cargaba varias muertes de toda clase de místicos, excepto de un dragón porque ningún montero podía jactarse de ello.

—Acabo de patearle el trasero.

Lucas me miró irritado, habían sido tres derrotas contra una victoria. Lucas se entretuvo guardando todo en su lugar y acomodando nuestro caos.

—Muy bien, ahora descansen —miró a Lucas—. Ambos. Hoy hay luna nueva, en punto de las diez vamos a salir.

La maldita luna nueva. Los vampiros y las brujas eran unos sanguinarios de lo peor, amantes de la oscuridad y de la sangre, siempre tenían que dejar un cochinero.

Dependiendo de la fase lunar, eran los místicos que salían a cazar. El primer día de luna llena los hombres lobo y los guerreros monstruo tenían la facultad de cruzar al plano terrenal para comer, alimentarse y llenar fuerzas hasta que llegara el siguiente mes. Durante el primer día de cuarto menguante salían los elementales y en teoría los dragones (nadie había visto a uno), en cuarto creciente aparecían los hechiceros y los espectros, estos dos realmente no necesitaban la sangre en crudo, era más bien el dolor y en el caso de los espectros; un cuerpo.

Siempre lograban salirse con la suya, sí, deteníamos a muchos, pero muchos otros lograban su cometido. Era desesperante.

El plano astral, su hogar, solo les permitía el paso una vez al mes, nosotros, por el contrario, podíamos ir y venir de plano astral a terrenal y viceversa, pero cruzar sería un suicidio.

Asentí a mi padre quien nos lanzó una última mirada y salió de la habitación.

—Entonces hoy es día de caza —Lucas apenas asintió, algo en él había cambiado— ¿Ya sabes en dónde te tocará?

—Posiblemente en el sur.

Mi facción era la del norte. La ventaja de provenir de una familia de Monteros antiguos era que teníamos ciertos beneficios como el no tener que viajar a otros estados o incluso otros países. Había Monteros esparcidos por todo el mundo, de todas las nacionalidades y razas. Y mientras algunos debían cambiar de lugar de residencia cada mes, nosotros nos quedábamos en la capital por siempre.

Me despedí de él, tímida, esperando hallar el valor para decirle algo más, para quedarme un solo segundo más con él. Pero fue en vano, pues mi mente se quedó en blanco y simplemente me fui de ahí. <<Maldita cobarde, tal vez un día solo deberías besarlo y ya>>. Podía matar vampiros, pero no declarar mi amor, estaba destinada al éxito.

El enojo que sentí hacia mí fue tal, que de pronto apareció mi instinto asesino. Al menos esa noche podría cargarme a unos cuantos místicos.


La bruja no hacía nada, estaba sentada en el suelo dentro de un círculo de hierbas que ella misma puso. Su rostro surcado por gruesas cicatrices aunado a algunos granos sobresalientes de la piel, era repugnante. Lo que más odiaba de los místicos es que eran feos, pero de alguna forma lograban cautivar y tenían un atractivo inconcebible.

Excepto los vampiros, claro, ellos eran hermosos. Algunas razas de los fey también, pero mucho menos.

La bruja abrió los ojos, sintiendo nuestra llegada. Eran dos globos oculares con una pupila en forma de estrella y su iris irregular de color verde olivo. Miró fijamente hacia el frente, su cuello tenso como una liga a punto de reventar. Sus fosas nasales aletearon, olfateándonos. Oh, no, fuimos descubiertos.

La carta que siempre jugábamos los monteros era la de la sorpresa, el elemento de conmoción nos otorgaba mucha ventaja tomando en cuenta que los místicos tenían muchas más habilidades que nosotros como humanos. Y en ese momento estábamos metidos en un problema.

Varios pasos resonaron, su eco esparciéndose por el callejón solitario. Mi compañera señaló hacia abajo y vi a un chico, desde ahí no habría podido calcularle una edad, pero se veía ebrio, confundido y como un asno total. Caminaba a trompicones mientras fingía hablar con alguna mujer imaginaria e intentaba seducirla para llevarla a su casa. Entendía que estuviera ebrio, pero ¿Por qué tenía que meterse a un callejón tenebroso?

Entonces entendí que la bruja no nos había notado a nosotros, lo había notado a él. Por el momento seguíamos de incógnito. En cuánto lo atacara, nosotros la atacaríamos a ella.

El chico se detuvo al ver a la bruja, tuvo que dar algunos pasos para estabilizarse y poder mantenerse en pie. La bruja sonrió mostrando una dentadura pútrida y filosa, pero de alguna forma el chico logró no cagarse encima y seguir como si nada pasara.

—Halloween se adelantó ¿qué no? —soltó una carcajada—. Buen disfraz, eh.

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