Capítulo 3 Capítulo 3

El montero al mando nos hizo una seña para colocarnos en nuestros lugares, íbamos a rodear a la bruja para evitar que escapara. Y entonces comenzaríamos a disparar con todo nuestro arsenal y quien lograra acercarse más a ella le clavaría una daga en la cabeza o el pecho. Si se podía en el ojo mucho mejor.

—Ven —al contrario que todo ella, la bruja tenía una voz encantadora—. Únete, querido, a la fiesta de la luna.

—¿La fiesta qué? —el tipo se rascó el cuello—. Si tienes drogas yo le entro.

Tuve que aguantarme las ganas de reír para moverme en silencio y con cautela hasta llegar a mi posición, justo detrás de la bruja. Preparé mis dos pistolas con balas de cobre, tenían buen alcance y la bala explotaba en cuánto tocaba carne, hueso, metal o lo que fuera que impactara. De esa forma haría más daño.

El chico caminó hasta llegar al círculo, miró desconfiado, su instinto al fin presentándose.

—Vamos, no seas tímido —la bruja se puso de pie—. Dime qué quieres y puedo ver si lo hago realidad.

Las brujas hacían magia negra basándose en el dolor. Ellas no necesitaban grandes cantidades de sangre, aunque beberla les agradaba, pero lo que requerían eran solo unas pocas gotas y el dolor que una herida ocasionaba. A más dolor, más poder y estando muerto uno no podía sentir dolor, así que ellas prolongaban la muerte hasta que no se podía más. No tenía idea de lo que planeaba para ese chico, pero tenía suerte de que estuviéramos ahí.

El chico dio un paso hacia el interior del círculo y nos dieron la orden.

En el silencio más bonito, caímos sobre la bruja. Esta rugió enfadada y nos lanzó hacia atrás, su hechizo mandándonos a volar. Colisioné contra unos botes de basura y rápidamente me repuse. El chico gritó y corrió, pero la bruja lo atrapó en dos segundos.

—¡Déjame, no me toques!

La risa de la bruja fue terrorífica. El tipo gritó.

—Oye, ¿No sabes que no es no?

Me paré frente a ella, la pistola en alto apuntando directo a su cabeza. Volvió a reír, esta vez sonó intranquila.

—Oh, dulce niña, no te metas con lo que no entiendes —ronroneó—. Ven, ayúdame con este y te compartiré poder.

Sonreí.

—Gracias, pero no gracias —me aclaré la garganta para más dramatismo—. Ahora, por favor suéltalo y permíteme meterte una bala en la cabeza.

La bruja gruñó, aventó al tipo que fue a caer sobre unas bolsas de basura y se lanzó contra mí. Accioné el arma y con un atronador chasquido la bala salió y se enterró en su hombro derecho. Soltó un alarido de dolor y se miró la herida, un agujero por el que salía sangre verde espesa y fétida que apestaba a mierda.

—Creo que te hace falta un baño.

Esquivé su zarpazo y rodeé hasta la pared, para entonces mis compañeros se habían repuesto y luchaban contra la bruja. La amarraban, ella cortaba con sus garras, recibía balas y soltaba quejidos de cuando en cuando. En un momento dado, tomó un puñado de hierbas y las lanzó hacia un compañero, este estornudó y sus ojos se colorearon del verde de la bruja, acto seguido, de su boca comenzó a salir sangre a borbotones.

Una compañera gritó, pero no se distrajo mucho, pues apuntó con su arma y dio en el cuello de la bruja. Esta cayó al suelo gritando, un maldito grito ensordecedor. Fue suficiente como para llegar a ella y clavarle la daga una y otra vez.

Inmediatamente mi compañero dejó de vomitar sangre, cayó al suelo, su piel pálida se notaba enfermiza. No sabía qué le había hecho la bruja, pero definitivamente se veía mal. Entre los tres que quedábamos lo cargamos hasta llevarlo de vuelta al cuartel. Intentaron salvarle la vida, pero fue imposible, se había desangrado.

—Viv la mató —comentó una de mis compañeras—. Fue un espectáculo hermoso. La bruja no tuvo oportunidad.

La bruja había cobrado una vida. No la del humano ebrio que seguramente seguiría dormido sobre las bolsas de basura, si no la de un montero joven que era el líder de una facción. Ellos no se dignaban a hacer un funeral sencillo, cuando alguien caía en batalla los funerales eran ostentosos, llenos de lujos para celebrar lo que fue en vida y honrar la muerte. El de él no fue la excepción.

Fue hasta que terminó el funeral, que Lucas se acercó.

—Te buscan —dijo con su tono neutral de siempre—. Es algo importante.

Llegué a la enorme sala de juntas en dónde todos los Monteros de gran categoría estaban, eran los líderes de las grandes familias, las más antiguas; era el Consejo. En cuánto entré sentí la presión caer sobre mí, todos me miraban analizándome, viendo a través de mí.

—Buenos días, tardes ya.

Ya me había puesto nerviosa.

—Viviana, bienvenida al consejo.

Dijo un hombre delgado, pero con expresión feroz. Daba miedo. Sonreí tímida, no sabía qué hacía ahí ni qué esperaban de mí.

—Me mandaron llamar, claro que no iba a decir que no.

Me odié en ese momento, solo debía decir que el gusto era mío y ya. Miré hacia el lugar de mis padres, mi mamá me miraba con algo de pena, pero sonrió confortante. Mi padre ni siquiera me veía, seguro lo había decepcionado. Sabía que Lucas estaba cerca, no era necesario verlo para sentir que estaba ahí.

Por el infierno mismo, estaba haciendo el ridículo frente a todo el maldito consejo de Monteros. Quise hacer un agujero bajo tierra y meterme hasta que a todos se les olvidara mi nombre. Por pura suerte no volteé a ver a Lucas, de esa forma me ahorraría su mirada de reproche, aquella mueca de desaprobación que hacía con los labios cuando algo no le parecía y su indiferencia, lo peor de todo.

La montera mayor, la más vieja (y eso que solo tenía cincuenta y uno) se puso en pie, me sonrió amigable y se acercó a mí.

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