Capítulo 6 Capítulo 6
Saqué otro cuchillo de mi vaina y con ese clavé su otra ala en el tronco, su grito fue música para mis oídos. Ya no había más brillo divertido en sus ojos, su expresión ya no era relajada, ahora solo tenía miedo, miedo de mí.
Los siguientes dos minutos los dediqué a desollarla viva, a hacerle sentir tanto dolor como ella planeaba hacérmelo a mí, pero entonces el rostro de mi hermano apareció de nuevo en mi mente, esta vez era el real. <<No soy un asesino>>. Había dicho y él no quería que yo lo fuera, pero me convertí en una de las mejores. Él no estaría orgulloso de este arranque de ira. Tenía que matarla, sí, pero no tenía que hacerla sufrir.
Alcé el arma que había caído al suelo, saqué el seguro y accioné el gatillo. El hada se deshizo en un líquido plateado que se evaporó antes de tocar el suelo. Mi compañero fue liberado en ese momento y todo volvió a la normalidad.
Aún tenía el corazón al mil por hora, mis respiraciones eran pesadas y duras, sentía las mejillas arder y temblaba demasiado a pesar de que no hacía una pizca de frío.
—¿Estás bien? —pregunté a mi compañero para distraerme—. Disculpa, fui débil.
Él se levantó y sacudió las hojas de sus ropas.
—¿Débil? —se acercó a mí—. Viv, estuviste increíble. Nadie, al menos que yo conozca, ha podido resistir al engaño de un hada imitadora —me miraba anonado—. Creí que estábamos perdidos. Yo una vez logré salvar a mi abuelo de una imitadora, pero él solo no pudo salir —me sonrió—. Serás una increíble Montera Celestial. En este momento podría inclinarme ante ti y jurarte lealtad.
Asentí, pero me sentía destrozada, incompleta, agotada. El enfrentamiento con el hada imitadora abrió una herida que no sabía que tenía. Y en ese momento no me sentía nada bien.
De regreso al cuartel, entregamos nuestras armas para que fueran limpiadas y fuimos al comedor para alimentarnos como si hubiésemos corrido un maratón. Siempre que volvíamos me sentía cansada y hambrienta, además de sedienta. Solo eran cuatro o cinco salidas al mes, pero necesitaba descansar como por tres días.
Estaba terminando mi pollo asado cuando Lucas se dejó caer en la butaca frente a mí. Se veía cansado, por supuesto, generalmente él llegaba ileso, pero aquella vez tenía un rasguño en la cara y el labio amoratado.
—¿Qué te pasó?
La realidad de que podíamos morir siempre la teníamos presente, pues había noches en que podíamos tener una baja, dos bajas o incluso tres. Las mejores noches eran las que no tenían una sola muerte. Cada que salíamos la muerte acechaba, pero nos era algo tan ajeno que no nos despedíamos como si fuera la última vez, no nos decíamos lo que teníamos pendiente. Podíamos morir, pero nadie pensaba en ello hasta que realmente pasaba.
Nos volvíamos menos sensibles, menos emocionales y eso es lo que nos hacía menos humanos a pesar de que éramos humanos.
—Un elfo se puso pesado —dijo en un tono que le restaba importancia—. Hirió a un compañero, pero nada grave, estará bien.
Se centró de lleno en su comida y yo lo observaba como una chica enamorada. No podía ser que aún después de tanto tiempo, siguiera queriéndolo. Yo solía engañarme diciéndome que él no podía saber mis sentimientos, que sabía encubrirlos tan bien que solo alguien muy observador se daría cuenta. Pero no era así, más de dos compañeros me habían preguntado si sentía algo por él, una chica con la que no me llevaba en absoluto incluso se burló diciéndome que era tan poco discreta, que daba pena.
Así que él debía saber algo, sospecharlo si quiera. Pero prefería no pensarlo porque si él sabía y no me había dicho nada al respecto, significaba que no le importaba o que no era lo suficientemente importante para él. Y eso me rompería el corazón.
—¿Fuiste a que te revisaran?
—Es solo un rasguño con unas ramas, no estaban envenenadas ni nada.
Se encogió de hombros y habló con un tono de voz que dio entender que el asunto estaba zanjado. Últimamente estaba de muy mal humor. Era porque se acercaba la fecha en que su familia fue asesinada, cada año era lo mismo, una vez que pasaba la fecha, volvía a ser el Lucas de antes. Aquel calculador, sarcástico, protector y gentil Lucas.
Viéndolo hacer algo tan mundano como comer, me di cuenta de que lo podía perder tan fácil como la chica que fue asfixiada por los gnomos, vi como cargaban su cuerpo para llevarlo a la morgue del cuartel. Tenía una ventaja con él, pues al contrario que los demás, él vivía bajo el techo de mis padres, a él lo veía a diario mientras que a los demás solo los veía el primer día de una nueva fase lunar.
Y debía aprovecharlo. Tanto así que no podía pasar un momento más sin confesarle que lo quería... No, que lo amaba. Que podía dar mi vida por él sin pensarlo y que jamás permitiría que alguien le hiciera daño, que él sería más prioridad que incluso mis padres cuya relación padre-hija se deterioró con la partida de mi hermano. Porque era ahora o nunca, tal vez para la siguiente fase lunar alguno de los dos no estaría.
Abrí la boca para decir algo, pero entonces una montera que salió en su primera caza llegó a sentarse a mi lado.
—Háblenme de lo que sea —estaba despeinada y se veía fatigada—. Solo no mencionen místicos.
Si recordaba mi primera caza, tampoco fue muy agradable, deseaba olvidarla. Y no la olvidé, pero sí la superé.
—Mañana tengo examen de química —dije con fastidio—. Odio la escuela, en serio.
Y es que era tan distinto ser estudiante que montero. Pero no éramos monteros a tiempo completo, mis padres tenían un trabajo con el que mantenían los gastos, ellos mismos estudiaron, mamá en modelo híbrido y mi papá en línea, pero a fin de cuentas tenían su licenciatura. Y, por ende, yo tenía que asistir a la escuela y entregar tareas, preparar exámenes y dar lo mejor de mi para ser una humana responsable. Mantenerme por mí misma.
Yo no iba por un diez, yo no iba por ser la destacada de la clase ni por ganar la olimpiada matemática, mis padres eran felices si yo aprobaba así fuera con un seis. Y dado que mi prioridad era prepararme para ser Montero Celestial, solo iba a la escuela porque era obligatorio.
Me había perdido de fiestas, amistades, de algún chico que pudo haberse interesado. Yo era la chica que nadie sabía que estaba en el salón a menos que estuviera al lado. Veía a las chicas hacer pijamadas, arreglarse para las fiestas, ir a plazas, coquetear con chicos y hacer deportes de manera extracurricular mientras yo iba al cuartel a entrenar. Era una rutina que me mantenía ocupada y evitaba que me lamentara por no tener una adolescencia normal.
