Capítulo 2 2

Capítulo 2

Luca llegó a su estudio con la sangre todavía caliente.

Cerró la puerta de un golpe seco, se quitó la chaqueta y la lanzó sobre el sillón de cuero. Fue directo al bar, sirvió una generosa copa de whisky. El líquido le quemó la garganta, pero no fue suficiente para borrar la imagen.

Mila.

Sobre la cama, cabalgando aquella almohada con la espalda arqueada, los pechos moviéndose al ritmo de sus caderas, la boca entreabierta y los ojos cerrados de placer. Se movía como si supiera exactamente qué necesitaba su cuerpo. Como si no le importara nada más que sentir. Luca apretó el vaso con fuerza. Podía oír todavía su voz rota diciendo su nombre.

Cerró los ojos.

Y la imaginó encima de él.

En su fantasía, Mila ya no estaba sola. Estaba a horcajadas sobre sus caderas, desnuda, con el cabello rubio cayéndole sobre los hombros y la piel blanca brillando de sudor. Él la tenía agarrada de la cintura mientras ella se movía arriba y abajo, tomándolo completo. Cada vez que bajaba, él le daba una nalgada firme. Mila gemía más fuerte con cada palmada, apretándolo más, moviéndose más rápido, buscando su propio placer sin vergüenza.

Luca le apretaba las nalgas, guiándola, enseñándole el ritmo, empujando. En la fantasía ella miraba hacia abajo, con esos ojos oscuros llenos de deseo, y susurraba su nombre otra vez mientras se corría.

Luca abrió los ojos de golpe.

El vaso temblaba ligeramente en su mano. Se pasó la otra por la cara, intentando ordenar los pensamientos.

No.

Amaba a Carla. Se iba a casar en dos días. No podía engañarla. Y mucho menos con la media hermana que ella odiaba, la misma a la que él mismo había castigado más de una vez para mantenerla lejos.

Eran ideas sucias, peligrosas, que no debían existir. Se obligó a terminar el whisky de un trago y sacó el teléfono.

Llamó a su consigliere.

—Organiza una cena para esta noche —ordenó sin preámbulos—. En mi casa. Quiero a Vittorio y a sus hijas. Antes de la boda. Que sea formal.

Colgó antes de que el hombre pudiera hacer preguntas.

Horas más tarde, la mansión de Luca estaba lista cuando llegó la familia García, la diferencia entre las dos hermanas era imposible de ignorar.

Carla entró primero, radiando elegancia. Vestido negro de diseñador que le marcaba la figura con precisión, joyas discretas pero caras, el cabello perfectamente recogido.

A su lado, Mila caminaba un paso detrás. Llevaba un vestido sencillo, de tela barata, sin marca, de un color neutro que no le hacía ningún favor. A Luca le costó no mirar cómo la tela simple se ajustaba a sus curvas, cómo el escote modesto no lograba ocultar del todo la plenitud de su pecho.

Carla sonrió con dulzura al ver a Mila dudar en el umbral del comedor.

—Ve a ayudar en la cocina, Mila. Tienes que ganarte el plato de comida, ¿no?

Luca intervino antes de pensarlo.

—No. Mila es parte de la familia. Que se siente con nosotros.

Carla lo miró sorprendida, pero no discutió en voz alta. Solo apretó la mandíbula y tomó asiento a su derecha. Vittorio ocupó el lugar de honor. Mila se sentó al final de la mesa, en silencio, con la espalda recta y la mirada baja.

La cena transcurrió entre conversaciones de negocios. Carla habló con seguridad sobre la organización, sobre los nuevos contactos, sobre cómo ella y Luca dirigirían todo juntos después de la boda. Vittorio escuchaba con orgullo.

—Estoy orgulloso de los dos —dijo el viejo, levantando la copa—. Sé que serán grandes líderes para la familia. El futuro está en buenas manos.

Carla sonrió, complacida. Luego giró la cabeza hacia Mila con una expresión casi inocente.

—Hablando de futuro… he estado pensando. Mila no puede quedarse sola para siempre. Sería bueno que se case. Tío Salvatore, el hermano de tu padre, Luca… está viudo y necesita compañía. Podría ser un buen arreglo.

Luca la miró con frialdad.

—Es un viejo de cincuenta y tantos

—Asi le enseña a mi hermana y ella lo cuida.

Mila levantó la vista por primera vez. Sus ojos oscuros brillaban de rabia.

—No voy a permitir que se burlen de mí —dijo con voz clara, aunque temblaba ligeramente—. Ni ahora ni nunca.

El silencio que siguió fue absoluto.

Carla se levantó de golpe. La cachetada resonó seca en la habitación. Mila giró la cara por el golpe, pero no retrocedió.

—Eres solo una bastarda —escupió Carla—. No tienes derecho a opinar. No eres nadie.

Vittorio frunció el ceño, pero su voz fue firme:

—Obedece a tu hermana, Mila. Ella será una Donna. Tú debes aprender tu lugar.

Mila se levantó despacio. Se pasó la lengua por el labio inferior, donde ya se marcaba un leve corte.

—Prefiero vivir en la calle antes que bajar la cabeza ante ella —dijo con calma helada.

Salió del comedor sin esperar respuesta. Carla suspiró, como si estuviera agotada de tratar con una niña difícil, y se dirigió a los dos escoltas que esperaban junto a la puerta.

—Llévenla al jardín. Quiero hablar con ella… como hermanas.

Los hombres asintieron. Mila no se resistió cuando la tomaron del brazo y la guiaron hacia las puertas que daban al exterior. Carla los siguió con una sonrisa educada para los que quedaban en la mesa.

Luca esperó exactamente treinta segundos.

Después se levantó y caminó hacia el jardín.

Encontró a las dos mujeres lejos de la casa. Carla tenía la mano extendida. Uno de los escoltas le había entregado su cinturón de cuero. El primer latigazo ya había caído.

Mila estaba de rodillas sobre la hierba, con una mano apoyada en el suelo y la otra cubriéndose el costado. El vestido sencillo se había desgarrado un poco en el hombro. Había marcas rojas empezando a formarse en la piel.

Carla levantó el brazo otra vez.

—Nadie se mete conmigo, ¿entendiste? Nadie. Te voy a hacer la vida imposible hasta que aprendas…

Luca llegó en tres zancadas. Agarró la muñeca de Carla en el aire, con tanta fuerza que el cinturón cayó al suelo.

—Suficiente.

La voz de

l Don no admitía discusión. Carla lo miró sorprendida, casi ofendida.

—Luca, ella…

—Dije suficiente.

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