Capítulo 3 3

Capítulo 3

Soltó a Carla y se agachó frente a Mila. La tomó del mentón con cuidado, obligándola a levantar la cara. Había una marca roja en la mejilla, el labio hinchado y los ojos húmedos de rabia más que de dolor. Pero no lloraba.

Luca sintió algo frío y peligroso instalarse en su pecho.

—Vuelve a la casa —ordenó a los escoltas sin apartar la vista de Mila—. Y tú —miró a Carla—, regresa a la mesa. Ahora.

Carla abrió la boca para protestar, pero la expresión de Luca la hizo callar. Dio media vuelta y se alejó, rígida de indignación.

Cuando quedaron solos, Luca ayudó a Mila a ponerse de pie, le ayudo a cubrirse pues su vestido quedó hecho añicos

—¿Estás bien?

Mila lo miró en silencio. No sabía que contestar.

Luca no esperó a que nadie preguntara.

—Llévenla a una de las habitaciones del segundo piso —ordenó a dos de sus hombres—. Que venga un médico de inmediato. Y que nadie más entre.

Mila no protestó. Caminaba con dificultad, la espalda marcada por los latigazos del cinturón, pero mantenía la cabeza erguida. Luca la siguió con la mirada hasta que desapareció por las escaleras. Solo entonces regresó al comedor.

Carla lo esperaba de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados. Vittorio permanecía sentado, el ceño fruncido.

—¿Qué te sucede con ella? —preguntó Carla en cuanto lo vio—. Mila es mala, Luca. Desde el día que llegó a nuestra casa me ha hecho la vida imposible. Celos, mentiras, intentos de humillarme… ¿Ahora la defiendes?

Vittorio apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Carla es tu prometida. Siempre debe tener el primer lugar. No olvides eso.

Luca se sirvió una copa de vino con calma antes de responder.

—Lo mejor es evitar escándalos. Falta un día para la boda. No quiero que Mila invente historias y dañe la reputación de Carla como la novia perfecta. Eso es todo.

Carla se acercó, le tomó la cara con ambas manos y lo besó con suavidad.

—Sabía que solo lo hacías por protegerme —susurró—. Porque nos amamos, nunca la apoyarias.

Luca asintió una sola vez.

—Me encargaré de que Mila se vea perfecta para la boda. No quiero chismes. Ni un solo rumor de que le pegas a tu hermana, aunque lo merezca.

Carla y Vittorio intercambiaron una mirada de alivio. Creyeron entenderlo todo: el Don solo protegía la imagen de su futura esposa. Se despidieron con gratitud y abandonaron la mansión poco después.

Cuando la casa quedó en silencio, Luca subió las escaleras.

La habitación olía a antiséptico. Una enfermera terminaba de limpiar las heridas de Mila, que estaba sentada en el borde de la cama, de espaldas a la puerta, cubierta solo por una sábana fina hasta la cintura. Las marcas del cinturón eran rojas e hinchadas a lo largo de su espalda.

—Puede retirarse —ordenó Luca.

La mujer dudó un segundo, pero obedeció. La puerta se cerró.

Luca se acercó. Tomó el algodón y el frasco de antiséptico que habían dejado sobre la mesita. Con dedos cuidadosos empezó a pasar el algodón sobre las heridas. Mila se tensó al primer contacto.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella con la voz rota—. Siempre me has odiado.

—No te odio —respondió él sin levantar la vista—. Solo cuido de Carla.

Mila soltó una risa burlona que terminó en un sollozo.

—Carla es más fuerte de lo que crees y no es la víctima que piensas.

Luca no contestó. Sus dedos siguieron el contorno de una marca especialmente profunda. La piel de Mila era caliente, suave bajo las heridas. No pudo evitarlo. El dedo se detuvo, delineó despacio la curva de su espalda y, sin pensarlo del todo, inclinó la cabeza y dejo un beso ligero sobre una zona sin heridas.

Besitos que empezaron a bajar suavemente. Mila se apartó de inmediato, girándose hacia él. La sábana se le resbaló un poco, dejando ver el comienzo de sus pechos.

—¿Qué haces?

Luca se enderezó. Por un segundo pareció arrepentido.

—Perdón. Yo… te vi anoche. En tu habitación. Masturbándote.... Pensando en mí.

El silencio se volvió espeso. Mila abrió los ojos, el color subió a sus mejillas y trató de levantarse, avergonzada, buscando la ropa.

—Detente. —La voz de Luca fue baja, pero firme. Ella se quedó quieta. —Solo es curiosidad —continuó él—. Porque… pensabas en mí. A pesar de lo malo que he sido contigo.

Mila no respondió con palabras. Se acercó, lo tomó por la camisa y lo besó.

El beso fue desesperado, hambriento. Luca respondió al instante. La tomó de la cintura, la atrajo contra su cuerpo y la guió hacia la cama. Mila dejó caer la sábana. El vestido desgarrado ya no estaba; solo su piel blanca marcada y el temblor de alguien que, por primera vez, se entregaba.

Se besaron con urgencia. Las manos de Luca recorrieron su espalda con cuidado de no lastimar las heridas. Mila jadeó contra su boca cuando él la acostó.

—Sé cuidadoso —susurró ella—. Todavía soy virgen.

Luca se detuvo en seco.

Se separó de ella como si se hubiera quemado. Se sentó en el borde de la cama, respirando con fuerza, pasando ambas manos por el cabello.

—No. Amo a Carla. Nunca le haré daño. Ni a ella… ni a ti de esta forma, no le seré infiel a mi Donna con su hermana.

Mila se quedó mirándolo en silencio durante varios segundos. Después se incorporó, recogió la sábana y se cubrió. Se vistió con movimientos rapidos, sin mirarlo a la cara al principio.

Cuando terminó, levantó la vista. Había una sonrisa triste y casi burlona en sus labios.

—Tú no sabes quién es Carla.

Luca frunció el ceño.

—Estás celosa. Celosa de que tu hermana es mejor que tú en todo. Más elegante, más respetada, más merecedora. No inventes historias solo porque te duele mi rechazo.

Mila soltó una risa corta e irónica.

—Eres un Don. El hombre más peligroso de esta ciudad. Y aún así eres ingenuo. Patético.

Se acercó a la puerta. Antes de salir, se giró.

—Si de verdad quieres descubrirlo… mañana a las siete de la noche. Hotel Imperial. Espera en la entrada, verás la verdad de tu novia perfecta.

La puerta se cerró detrás de ella.

Luca se quedó solo en la habitación, con el olor de ella todavía en las sábanas y la confesión de la noche anterior quemándole la lengua. La intriga fue más fuerte que la lógica.

Al día siguiente, a las siete en punto, estaba estacionado frente al Hotel Imperial.

No tuvo que esperar mucho.

Carla llegó en un auto negro con cristales polarizados. Bajó con un abrigo largo y gafas oscuras, aunque ya era de noche. Un segundo después apareció un hombre alto, de cabello castaño y sonrisa confiada: Nataniel, su primo casi su hermano.

Carla no dudó.

Se lanz

ó a sus brazos y lo besó con una pasión que Luca nunca le había visto a élla. Entraron juntos al hotel sin mirar atrás.

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