Capítulo 4 4

Capítulo 4

Luca entró a escondidas en la habitación de Mila cuando apenas había amanecido.

No tocó. Simplemente abrió la puerta con la misma facilidad con la que había escalado muros toda su vida y la cerró a su espalda. Mila estaba de pie junto a la cama, con el cabello suelto y una camiseta holgada. Al verlo, no se sorprendió del todo. Solo levantó una ceja.

—¿Qué sabes de lo que pasa entre ellos? —preguntó él sin preámbulos.

Mila cruzó los brazos.

—Si eres tan poderoso, averígualo tú mismo.

Luca avanzó. La empujó contra la pared con una mano en su pecho, no con violencia suficiente para lastimarla, pero sí con la fuerza de un hombre que había perdido el control. El cuerpo de ella quedó atrapado entre el muro y el suyo.

—Contesta.

Mila lo miró a los ojos sin parpadear.

—Se ven desde hace unos meses. A escondidas. Hoteles, coches con cristales polarizados, llamadas a altas horas de la noche, no se que más quieres que te diga.

Luca apretó la mandíbula.

—¿Carla sigue siendo virgen?

Ella soltó una risa corta, amarga.

—No creo que vayan al Hotel Imperial a jugar dominó.

El silencio que siguió fue pesado. Luca se sintió como el mayor idiota del mundo. Había creído cada palabra, cada promesa, cada “esperemos a casarnos”. Se apartó de ella y caminó por la habitación, pasando una mano por el rostro.

No podía cancelar el matrimonio. Faltaba menos de un día. Las dos familias necesitaban esa unión para cerrar los negocios en el extranjero y fortalecer las rutas en Italia. Un escándalo público ahora no solo destruiría la alianza: lo humillaría frente a todos los capos que ya lo miraban como el Don intocable. La vergüenza sería peor que la traición.

Fue entonces cuando vio las maletas en la cama de Mila. Varias abiertas todavía y a medio llenar.

—¿Qué es esto?

—Después de la boda me voy —respondió Mila con voz tranquila—. Mi padre quiere casarme con uno de sus amigos viejos. Solo para deshacerse de mí. Prefiero desaparecer antes.

Luca se giró hacia ella.

—¿Por qué me quieres? —preguntó de pronto—. He sido malo contigo. ¿Recuerdas cuando Carla mintió y dijo que le habías jalado el cabello? Ordené que te lo cortaran todo. Estuviste casi calva durante meses. Yo di la orden.

Mila bajó la mirada un segundo. Cuando la levantó, había algo doloroso y cansado en sus ojos.

—Tú nunca vas a entenderlo. Pero no te preocupes. El día que te cases con mi hermana… dejas de ser alguien para mí.

Luca no lo pensó. La tomó de la cintura con ambas manos y la besó con una urgencia desesperada. Fue un beso lleno de rabia, de deseo, de todo lo que no podía decir en voz alta que lo quemaba por dentro. Mila respondió un instante… y después lo empujó con fuerza y le dio una cachetada seca.

—No. No voy a permitir que te burles de mí ahora que ya sabes quién es Carla. Déjame en paz.

Luca se quedó quieto, con la mejilla ardiendo y la respiración agitada. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió de la habitación.

Muy temprano, antes de que el sol terminara de salir, Carla entró en la habitación de Mila sin tocar.

Llevaba un vestido naranja fluorescente, corto, de tela barata y corte ridículo, y se lo lanzó encima de la cama.

—Ponte esto. O ve en jeans. Me da igual. Solo espero no volverte a ver en la vida. Te odio. Siempre te he odiado.

Mila miró el vestido y después a su hermana. No dijo nada. Cuando Carla salió, cerró la puerta con calma, abrió una de las maletas y sacó un par de jeans oscuros y una camisa blanca sencilla. Se vistió con ellos.

Mila estaba acostumbrada a ser la deshechada, a las humillaciónes de su hermana, desde que llegó a la casa tanto ella como su padre la humillaban.

Le pegaban sin razón, la dejaban de comer por días y la encerraban, así que irse era su mejor opción.

Al llegar a la iglesia, Don Vittorio la interceptó en la entrada lateral. Su rostro estaba rojo de vergüenza y furia.

—Eres una desgracia. Odio el día en que me metí con tu madre.

Mila lo miró sin parpadear.

—Yo también maldigo el día en que ella se enamoró de ti.

Vittorio levantó la mano. Por un segundo pareció que iba a golpearla. Entonces recordó las cámaras, los invitados, las apariencias. Bajó el brazo con esfuerzo.

—Después de la boda te vas a la casa de mi amigo. Quieras o no.

Mila no respondió. Entró a la iglesia con la cabeza alta.

Luca ya estaba en el altar.

Estaba ebrio. No de forma discreta. El whisky se le notaba en los ojos vidriosos, en la forma en que se balanceaba ligeramente y en el vaso que aún tenía en la mano cuando el sacerdote intentó hacerle una seña para que lo escondiera. Los invitados murmuraban. Los hombres de ambas familias intercambiaban miradas incómodas. Nadie se atrevía a decir nada en voz alta.

Cuando Carla apareció por el pasillo, todos alabaron su belleza. El vestido blanco era perfecto, el velo impecable, la sonrisa de novia soñada. Pero la ceremonia quedó opacada por el estado de Luca. El sacerdote habló más rápido de lo normal. Las promesas se dijeron entre murmullos. Cuando finalmente los declaró marido y mujer, Luca no se inclinó a besar a Carla.

En cambio, levantó la mano y pidió una copa a uno de sus hombres.

El silencio se volvió incómodo.

Luca tomó el vaso, bebió un trago largo y miró a todos los presentes: a Vittorio, a los capos, a los aliados, a su nueva esposa.

Su voz, aunque pastosa por el alcohol, se escuchó clara en toda la iglesia.

—A partir de esta fecha, Carla García es mi esposa legal.

Hizo una pausa. Sus ojos buscaron a Mila, que permanecía de pie al fondo, con los jeans y la camisa blanca, sin adornos.

—Y Mila García… es mi amante oficial.

El murmullo se transformó en un estallido de escándalo. Carla se puso blanca. Vittorio dio un paso adelante y luego se detuvo. Nadie se atrevió a moverse.

Luca dejó el vaso vacío sobre el altar, tomó a Carla del brazo con una posesión fría y empezó a caminar hacia la salida como si nada hubiera pasado.

Detrás de ellos, Mila se quedó inmóvil.

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