Capítulo 5 5

Capítulo 5

Mientras el resto de las familias, los invitados y los aliados se dirigían hacia el gran salón de fiestas entre risas forzadas y murmullos, el estudio del Don quedó cerrado. Solo cuatro personas permanecían dentro: Luca, Carla, Vittorio y Mila.

El aire estaba denso, cargado de perfume caro, alcohol y humillación. Carla lloraba sin control. El vestido de novia, blanco e impecable hace apenas una hora, ahora estaba arrugado. El maquillaje se le deshacía en negros ríos por las mejillas. Se había quitado el velo y lo apretaba entre los dedos como si todavía pudiera aferrarse a la imagen de la esposa perfecta.

Vittorio caminaba de un lado a otro del estudio como un animal herido. Cada paso hacía crujir la madera antigua del suelo. De vez en cuando se detenía frente a Luca y lo señalaba con el dedo tembloroso.

—¡Has humillado a mi hija frente a todos! —gritó, la voz quebrada por la rabia—. ¡A mi hija favorita! ¿Qué clase de hombre hace eso el día de su propia boda? ¡Es una ofensa que no voy a olvidar, Morretti! ¡Has manchado el nombre de los García delante de todos los que importan!

Carla no miraba a su padre. Sus ojos, enrojecidos y llenos de odio puro, estaban clavados en Mila. Esta permanecía de pie junto a la ventana, todavía con los jeans oscuros y la camisa blanca sencilla, sin una sola joya, sin maquillaje, con el cabello suelto y la espalda recta. Parecía la única persona en la habitación que no se estaba desmoronando.

De pronto Carla soltó un grito gutural y se lanzó contra ella.

—¡Puta! —escupió, agarrándola del brazo con uñas afiladas—. ¡Te metes con mi hombre solo por envidia! Siempre has querido lo que es mío. ¡Siempre! Desde el día que llegaste a esa casa como la basura que eres…

Luca se interpuso antes de que pudiera rasguñarla. Con una sola mano tomó a Carla del hombro y la obligó a retroceder varios pasos. Su voz, cuando habló, fue helada.

—No es más puta que tú.

Carla se quedó congelada. Los ojos se le abrieron de par en par, la boca entreabierta, como si no hubiera entendido las palabras. El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar.

En ese preciso instante la puerta del estudio se abrió de un golpe seco.

Nataniel entró tambaleándose. Tenía el labio inferior partido, un ojo casi cerrado por el moretón, sangre seca en la ceja y la camisa manchada. Apenas podía mantenerse en pie. Dos de los hombres de Luca lo habían “acompañado” hasta allí.

Carla soltó un grito ahogado y corrió hacia él, olvidando por completo a Mila.

—¡Nataniel! ¿Qué te hicieron? ¿Quién te tocó? Dios mío…

Se arrodilló a su lado, tocando las heridas con manos temblorosas, limpiándole la sangre con los dedos como si pudiera borrar lo que era evidente. Luca observó la escena con una sonrisa sin ninguna gracia.

—Vittorio —dijo sin levantar la voz, pero cada palabra cortó el aire—. Tu hija no llegó virgen al altar. Llegó después de meses siendo la amante de mi primo.

El viejo se llevó una mano al pecho. El color se le drenó del rostro de golpe. Por un segundo pareció que iba a caerse. Se apoyó en el respaldo de una silla y respiró con dificultad.

—Carla… —su voz salió ronca—. Aclara esto. Ahora mismo.

Ella levantó la cabeza. El pánico brillaba en sus ojos avellana. Se puso de pie con torpeza, todavía sosteniendo el brazo de Nataniel.

—Es mentira. Todo es mentira de Mila. Nataniel y yo solo somos amigos. Nos veíamos a escondidas para ayudarlo con algunos asuntos del negocio. Nada más. Te lo juro por nuestra madre. Te lo juro…

Luca soltó una risa baja, casi divertida. Se acercó al escritorio, se sirvió un trago de whisky sin prisa y bebió un sorbo antes de hablar.

—Nataniel —ordenó, y su tono no admitía negativa—. Di la verdad. Ahora. Y no se te ocurra mentir otra vez.

El hombre miró a Carla con algo parecido a lástima… o a alivio. Después bajó la cabeza. Cuando habló, la voz le salió pastosa por el labio hinchado.

—Sí. Todo este tiempo me la he comido. En hoteles de lujo, en su habitación cuando la casa estaba vacía, en el asiento trasero del coche… Carla es una puta en la cama. De las que gimen y piden más. Pero para mí no es nadie. Solo era un juego. Una forma de pasar el rato mientras ella se creía la única, la especial, la intocable.

Cada palabra cayó como un martillazo.

Vittorio dio un paso adelante. La bofetada que le propinó a Carla fue tan fuerte que la hizo caer de lado sobre la alfombra persa. El sonido seco resonó en las paredes del estudio. Ella soltó un gemido de dolor y se llevó la mano a la mejilla, donde ya empezaba a formarse la marca roja.

—Me has decepcionado —escupió el viejo, la voz temblando de una mezcla de rabia y vergüenza profunda—. Me has deshonrado. A mí. A la familia. A todo lo que construimos durante décadas. Eres exactamente igual que tu madre: débil y falaz.

Se giró hacia Luca e inclinó ligeramente la cabeza. El gesto le costó más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta.

—Puedes cancelar el matrimonio si lo deseas, Don Morretti. Tienes todo el derecho. No habrá represalias de mi parte. Anularé lo que sea necesario.

Luca lo miró durante varios segundos largos. Después negó lentamente con la cabeza y dejó el vaso sobre el escritorio.

—No. Carla seguirá siendo mi esposa legal. La sociedad verá exactamente lo que yo quiero que vea: una unión sólida entre las dos familias. Los negocios en el extranjero y las rutas de Italia no se tocan. Nadie debe dudar de la alianza.

Se acercó entonces a Mila. Ella no se había movido de su sitio junto a la ventana. Luca la tomó de la cintura con una posesión clara, casi brutal, y la atrajo contra su cuerpo. Antes de que pudiera apartarse, la besó.

Fue un beso largo, profundo, deliberadamente público. Una declaración. Cuando se separó, sacó del bolsillo interior de la chaqueta el anillo de la familia Morretti: una pieza antigua de oro negro con un diamante central oscuro, el mismo que solo se entregaba a la mujer que el Don reconocía verdaderamente como suya.

Se lo deslizó en el dedo anular de Mila con lentitud, asegurándose de que todos lo vieran.

—Pero mi mujer… será ella.

Carla soltó un sonido entre sollozo y grito. Vittorio apartó la mirada hacia el suelo. Nataniel permaneció callado en el suelo, sabiendo que cualquier palabra adicional podía costarle la vida esa misma noche.

Mila bajó la vista al anillo. Brillaba pesado y frío en su dedo. El diamante capturaba la luz del escritorio. Durante un segundo nadie respiró en el estudio.

Mila se quitó el anillo. Lo sostuvo un instante entre los dedos y se lo puso de nuevo en la palma abierta de Luca.

—¿Qué te hace creer que yo quiero ser tu amante? —preguntó, la voz baja pero llena de indignación tan clara que cortó el aire—. ¿Que porque mi hermana te engañó ahora yo tengo que recogerte? ¿Que porque me deseas de repente me voy a arrodillar agradecida?

Dio un paso atrás, la espalda perfectamente recta, la mandíbula tensa. Sus ojos oscuros brillaban de orgullo herido y de dignidad.

—No soy un consuelo. Ni un premio de consolación. Ni tu puta oficial para limpiar tu orgullo. Puedes casarte con ella para la sociedad. Puedes follártela o no. Me da exactamente igual. Pero no me uses. Yo no soy tuya. Nunca lo he sido. Y no lo seré solo porque ahora te conviene.

Luca cerró los dedos alrededor del anillo con fuerza suficiente para que los nudillos se le pusieran blancos. Sus ojos grises, todavía nublados por el alcohol de la ceremonia pero peligrosamente claros, se clavaron en Mila.

Había algo nuevo en esa mirada. No solo deseo. No solo posesión.

Ella era un reto.

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