Capítulo 6 6

Capítulo 6

Mila no esperó una respuesta.

Dio media vuelta y salió del estudio dejando atrás a Luca con el anillo cerrado dentro del puño.

Carla soltó una risa amarga entre lágrimas.

—¿Lo ves? —dijo, señalando la puerta por donde había desaparecido su hermana—. Esa es Mila. Siempre hace lo mismo. Se hace la orgullosa, la víctima, la que no quiere nada, hasta que consigue exactamente lo que busca.

Luca giró la cabeza hacia ella.

—Cállate.

Carla abrió los ojos.

—¿Perdón?

—Dije que te calles.

La voz del Don fue tan fría que incluso Vittorio dejó de moverse.

Luca guardó el anillo en el bolsillo interior de su chaqueta y miró a Nataniel, que seguía sentado en el suelo con el rostro golpeado.

—Sáquenlo de mi casa.

Dos hombres entraron de inmediato.

Nataniel intentó ponerse de pie.

—Luca, espera. Somos familia.

—Precisamente por eso sigues respirando.

Nataniel palideció.

Los hombres lo tomaron de los brazos y lo arrastraron hacia la salida.

Carla quiso seguirlo, pero Luca la detuvo con una sola mirada.

—Tú te quedas.

—Está herido.

—Y tú eres mi esposa. Deberías recordar cuál de las dos cosas te preocupa más delante de mí.

Carla apretó los labios.

Vittorio se aclaró la garganta.

—Debemos resolver esto con calma. Lo ocurrido hoy no puede salir de estas paredes.

Luca soltó una risa sin humor.

—Lo ocurrido hoy pasó delante de más de cien personas.

—Entonces debemos controlar la versión.

—Yo controlaré la versión.

Vittorio entendió la advertencia.

Luca caminó hasta el escritorio.

—Carla seguirá apareciendo públicamente como mi esposa. Asistirá conmigo a los eventos necesarios y sonreirá cuando tenga que hacerlo. Pero nuestro matrimonio termina detrás de las puertas de esta casa.

Carla se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Luca la miró.

—Que no vuelves a entrar en mi habitación.

—Luca…

—No vuelves a tocarme. No vuelves a besarme. Y, sobre todo, no vuelves a hablarme de amor.

Carla respiró con dificultad.

—Fue un error.

—Meses acostándote con Nataniel no son un error.

—Yo estaba confundida.

—Entonces disfruta de tu confusión lejos de mi cama.

Carla comenzó a llorar otra vez.

Pero Luca ya no estaba escuchándola.

Solo podía pensar en Mila.

Subió al segundo piso y encontró abierta la puerta de la habitación que ella había usado la noche anterior.

Las maletas estaban sobre la cama.

Mila doblaba una camisa y la metía dentro de una de ellas.

Luca se quedó en el umbral.

—¿Qué haces?

—Lo que iba a hacer antes de que decidieras convertir mi vida en un espectáculo.

Cerró la maleta.

Luca entró.

—No puedes irte.

Mila soltó una pequeña risa.

—Claro que puedo.

—No.

Ella se giró.

—No soy tu esposa.

—Lo sé.

—No soy tu amante.

La mandíbula de Luca se endureció.

—También lo sé.

—Entonces no tienes ningún derecho sobre mí.

Mila tomó la maleta y caminó hacia la puerta.

Luca se interpuso.

Ella levantó la vista.

—Quítate.

—No.

—Luca.

—Todo el mundo acaba de escucharme anunciar que eres mi amante. Aunque tú lo hayas rechazado, eso no importa para los enemigos de nuestras familias. Desde este momento eres un blanco.

Mila lo observó durante varios segundos.

—Qué conveniente.

—¿Qué?

—Ahora resulta que no me dejas salir porque quieres protegerme.

—Es la verdad.

—No. La verdad es que hace dos días ni siquiera me mirabas.

Aquello lo hizo callar.

Mila apretó el asa de la maleta.

—Durante años Carla decía algo sobre mí y tú lo creías. Me amenazabas. Me castigabas. Me tratabas como si yo fuera basura porque ella decía que lo merecía.

Luca bajó la mirada un instante.

—Mila…

—Ordenaste que me cortaran el cabello.

Él tensó la mandíbula.

—Lo recuerdo.

—Yo también.

Mila dejó la maleta en el suelo.

—¿Sabes por qué Carla dijo que le había jalado el cabello aquel día?

Luca permaneció en silencio.

—Porque encontró una fotografía tuya debajo de mi almohada.

Él levantó los ojos.

Mila sonrió con amargura.

—Tenía diecinueve años. Era una estúpida enamorada. Ella encontró la fotografía y empezó a burlarse de mí. Me dijo que alguien como tú jamás miraría a una bastarda como yo. Intenté quitársela y ella empezó a gritar.

Luca sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.

Recordaba perfectamente aquel día.

Carla había llorado frente a él.

Había dicho que Mila la atacó por celos.

Y Luca, furioso, había dado la orden.

—¿Por qué no dijiste nada?

Mila lo miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—¿A quién?

Él no respondió.

—¿A mi padre, que siempre le creía a ella? ¿A ti, que me mirabas como si te molestara respirar el mismo aire que yo? ¿A los hombres de la casa que obedecían a Carla porque sabían que algún día sería la esposa del Don?

Mila negó con la cabeza.

—Aprendí muy pronto que defenderme solo empeoraba las cosas.

Luca sintió una presión desagradable en el pecho.

—¿Qué más hizo?

Mila tomó nuevamente la maleta.

—No importa.

—A mí sí.

—Ahora.

La palabra lo golpeó.

Mila se acercó.

—Ahora te importa. Porque me viste desnuda. Porque escuchaste que decía tu nombre. Porque descubriste que Carla te engañaba y de repente empezaste a mirarme.

Luca sostuvo su mirada.

—No es solo eso.

—¿Entonces qué es?

No tuvo respuesta.

Mila sonrió sin alegría.

—Exactamente.

Intentó rodearlo.

Luca no se movió.

—Te quedarás aquí esta noche.

—No.

—Hasta que decida cómo protegerte.

—No necesito que me protejas.

Una voz masculina sonó desde el corredor.

—Por supuesto que necesitas protección. Especialmente de ti misma.

Mila se quedó rígida.

Don Vittorio estaba frente a la puerta.

Carla permanecía varios pasos detrás de él.

El viejo entró sin pedir permiso.

—Recoge tus cosas —ordenó—. Regresas conmigo.

Mila soltó una carcajada seca.

—Acabas de decir exactamente lo contrario de lo que quiero hacer.

—No te pregunté.

Vittorio señaló las maletas.

—Mañana irás a casa de Salvatore. Ya hablé con él. Después del escándalo de hoy necesitamos cerrar ese asunto cuanto antes.

Luca frunció el ceño.

—¿Qué asunto?

—Su matrimonio.

Mila cerró los ojos por un segundo.

Carla cruzó los brazos detrás de su padre.

—Sería lo mejor para todos.

Luca la miró.

—Nadie te pidió tu opinión.

Carla apretó los dientes.

Vittorio continuó:

—Salvatore la quiere. Él necesita una mujer joven en casa y Mila necesita un esposo que le enseñe disciplina.

—Tiene cincuenta y ocho años —dijo Mila.

—Y dinero.

—Ya tiene tres hijos mayores que yo.

—Mejor. No tendrá que darte hijos si no quiere.

Mila palideció.

Luca avanzó un paso.

—No va a casarse con él.

Vittorio levantó la mirada.

—Es mi hija.

—Es adulta.

—Y sigue bajo mi apellido.

Mila se adelantó antes de que Luca pudiera responder.

—No necesito que él hable por mí.

Miró a su padre directamente.

—No voy a casarme con Salvatore.

Vittorio endureció la expresión.

—Lo harás.

—No.

—Mila.

—Puedes golpearme. Encerrarme. Dejarme sin comer otra vez si quieres. No me importa.

Luca giró lentamente la cabeza hacia Vittorio.

—¿Dejarla sin comer?

El viejo guardó silencio.

Mila comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

Carla intervino.

—Está exagerando. Siempre exagera.

Luca volvió los ojos hacia ella.

—¿La dejaban sin comer?

—Cuando se portaba mal había castigos.

—¿Cuántos días?

Carla no respondió.

Luca miró a Mila.

Ella apartó la vista.

Eso fue suficiente.

—Todos fuera —ordenó Luca.

Vittorio frunció el ceño.

—Luca…

—Fuera de mi casa.

—Tenemos que hablar.

—Mañana.

La voz de Luca cambió.

Ya no era el hombre humillado por una infidelidad.

Era el Don.

—Y escucha esto con atención, Vittorio. Mila no se casa con nadie hasta que ella misma decida hacerlo.

El rostro del viejo se endureció.

—No puedes decidir sobre mi familia.

Luca se acercó hasta quedar frente a él.

—Entonces considéralos asuntos míos desde el momento en que decidiste traerlos a mi casa.

Vittorio comprendió que seguir discutiendo sería un error.

Tomó a Carla del brazo.

—Nos vamos.

Carla se resistió.

—Pero yo soy su esposa.

Luca la observó.

—Puedes quedarte en el ala este si quieres mantener las apariencias. Pero no vuelvas a acercarte a Mila.

Carla miró a su hermana con odio.

—Ella destruyó todo.

Mila soltó una risa baja.

—Te acostaste con otro hombre durante meses, Carla. Creo que hiciste un buen trabajo tú sola.

Carla dio un paso hacia ella.

Luca se interpuso inmediatamente.

—Una vez más —dijo—. Solo una vez más intentas tocarla y olvido que eres mi esposa.

Carla palideció.

Vittorio la sacó de la habitación.

Cuando la puerta se cerró, Mila tomó su maleta.

—Yo también me voy.

Luca suspiró.

—Mila.

—No voy a vivir aquí viendo cómo juegas a tener esposa y amante.

—No eres mi amante.

—Perfecto. Entonces abre la puerta.

Luca la miró durante unos segundos.

—Quédate una semana.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Siete días.

—¿Para qué?

—Para solucionar el problema que creé esta mañana.

Mila cruzó los brazos.

—Tú no solucionas problemas. Los amenazas hasta que desaparecen.

—Eso también funciona.

Ella estuvo a punto de sonreír, pero se contuvo.

Luca lo notó.

—Una semana —repitió—. Tendrás habitación propia. Nadie entrará sin tu permiso. No voy a tocarte. No tienes que comer conmigo ni hablarme si no quieres.

—¿Y Carla?

—No podrá acercarse a ti.

—¿Y mi padre?

—Tampoco.

Mila lo estudió.

—¿Qué quieres a cambio?

Luca tardó en responder.

—Nada.

Ella negó.

—Los hombres como tú siempre quieren algo.

Luca metió la mano en el bolsillo y sacó el anillo que había intentado darle.

Lo dejó sobre la cómoda.

—Entonces quédate hasta que descubras qué quiero.

Salió de la habitación.

Mila miró el anillo durante varios segundos.

Después lo tomó.

Caminó hasta la puerta y lo lanzó al pasillo.

—¡Y llévate esto!

Luca se detuvo.

Miró el anillo en el suelo.

Después a ella.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

Mila cerró la puerta de golpe.

Horas después, Luca estaba sentado en su estudio.

Ya no había bebido.

Sobre el escritorio tenía varios documentos.

Su consigliere permanecía de pie frente a él.

—Quiero saber todo sobre Mila García —dijo Luca.

—¿Todo?

—Desde que llegó a esa casa.

El hombre asintió.

—¿Qué estoy buscando?

Luca recordó su cabello cortado.

Los latigazos.

La forma en que Mila había dicho que la dejaban sin comer.

—Mentiras.

Su consigliere frunció el ceño.

Luca apoyó los brazos sobre el escritorio.

—Quiero saber cada acusación que Carla hizo contra ella. Cada castigo. Cada vez que Vittorio permitió que alguien la tocara. Cada hombre con quien intentaron casarla.

El hombre volvió a asentir.

—¿Y Salvatore?

Los ojos de Luca se enfriaron.

—Empieza por él.

El consigliere salió.

Una hora después regresó.

Esta vez llevaba una carpeta.

La dejó frente a Luca.

—Creo que deberías ver esto.

Luca la abrió.

Había fotografías.

Informes.

Una denuncia retirada.

Una mujer hospitalizada.

Otra que abandonó el país.

Y una tercera esposa muerta después de caer por las escaleras.

Luca levantó lentamente la mirada.

—¿Vittorio sabía esto?

—Sí.

El silencio se hizo pesado.

Luca cerró la carpeta.

—Entonces mañana tendré una conversación con mi suegro.

No sabía que, al otro lado de la puerta entreabierta, Mila había escuchado cada palabra.

Y por primera vez desde que llegó a aquella casa, no supo si debía temerle a Luca Morretti…

o empezar a creer que quizá estaba dispuesto a destruir a cualquiera que intentara volver a hacerle daño.

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