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Ella no se detuvo. Al contrario, bajó la boca hasta la de él, hambrienta. Igualó su apetito, la boca abierta para la de él, la lengua azotándole la suya. Él sabía a vino y a algo más peligroso. Ella alzó la cabeza otra vez y lo miró fijamente.

—Lo sé —susurró—. Quiero que te corras. Déjame, Derek.

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