No soy ella.

Me quedé en la puerta, una mano en el marco, la otra aún sujetando la carpeta. Sage yacía ligeramente vuelta hacia la ventana, medio enterrada en sábanas blancas, la camiseta verde que le había puesto suave contra su piel. Las máquinas parpadeaban con su ritmo tranquilo, marcando el tiempo para ambo...

Inicia sesión y continúa leyendo